Capítulo 12
Los días siguientes al funeral de papá fueron muy oscuros. Me la pasaba encerrada en mi habitación. Greta y Marcelo se mudaron a la casona de mis padres junto con mi sobrino. Mi madre me prohibió salir del rancho; dijo que estaba enterada de mis andanzas con Margarita y que me olvidara de seguir viéndola.
Estaba triste, deprimida. Mis ojos ardían y mi corazón estaba deshecho. Pasaba muchas horas mirando la tarjeta que Santiago me había dado; ya hasta me sabía su dirección de memoria de tantas veces que la había leído.
En mi encierro se me había ocurrido la loca idea de huir a la Capital y buscarlo, pero no podía. Era mi último año de bachillerato y necesitaba terminar. Le prometí a papá que algún día yo me encargaría del rancho y planeaba cumplir mi palabra, aunque ahora, más que nunca, era difícil. Marcelo se creía el dueño de todo el rancho que un día fue de mi padre, pero ese poder solo mamá se lo había concedido. Ella confiaba ciegamente en él y también en Greta, y de alguna manera eso me molestaba.
Fred pasaba casi todo el día en las tierras del padre de su novia y con sus amigos. Me sentía tan sola. Parecía que todo el mundo se había olvidado de que existía.
Finalmente, decidí salir. No podía defender lo que era de mi padre encerrada. Necesitaba enfrentarme a ellos, a mamá, a Marcelo y a Greta.
Me duché y me cambié. Limpié las lágrimas que salieron de mis ojos al ver la fotografía de papá. Lo extrañaba mucho. No olvidaba las promesas que le hice ni las que él me hizo.
Salí de mi habitación y bajé las escaleras. Escuché ruido en el despacho de papá, así que me asomé. Mamá estaba junto a Greta y Marcelo, me di cuenta por sus voces, pero había alguien más, una voz masculina. Apenas iba a pegar la oreja para escuchar cuando oí pasos que se acercaban hacia la puerta, así que di unos pasos atrás enseguida.
Del despacho de mi padre salió un hombre. Lo conocía, era el abogado de papá.
—Christa, buen día. Me hubiera gustado hablar contigo, pero tu madre dijo que estabas enferma.
Fruncí el ceño mientras miraba a mamá. Ella y los demás me clavaron la mirada.
—No estoy enferma —dije con voz seca. Si ellos me fulminaban con la mirada, yo haría lo mismo. No sería un corderito frente a ellos.
—Sí lo está, licenciado. Hablaré con Christa después de que se recupere. Muchas gracias por todo.
—Pero… —dijo el hombre.
Algo me decía que había algo extraño en su mirada. Parecía querer decirme algo, pero no sabía qué.
—Vamos, licenciado. Por ahora ya no necesitamos de sus servicios —se adelantó a decir Marcelo, tomando al abogado del brazo.
Miré cómo este prefirió no decir nada y caminó junto a Marcelo hasta la puerta de salida.
Volví a mirar a mi madre.
—¿Qué ocurre, mamá? ¿Por qué le dijiste al abogado que estaba enferma?
Mi madre me miró con desdén.
—El abogado solo vino a hablarme sobre los bienes que tu padre me dejó. No tenías por qué estar presente. Aún eres menor de edad, así que tu presencia no es requerida.
—Dime, por favor, que no dejarás que Marcelo se haga cargo del rancho.
Greta se adelantó y me dio una bofetada. Mi mejilla ardió.
—Si tanto te molesta que Marcelo haga el trabajo de papá, vete de aquí, Christa. Siempre fuiste la favorita de papá, ¿no te bastó con eso?
Podía sentir el coraje que transmitían sus palabras. Yo amaba tanto a papá como a mamá, pero me dolía que me trataran de esa manera.
—¡Mamá, di algo! —le recriminé, cansada de todos sus malos tratos.
Mi madre me miró. Su rostro era tan gélido que me hizo estremecer.
—Ya lo dijo Greta. Si tanto te molestan mis decisiones, puedes irte, hacer lo que quieras, vivir como la salvaje que siempre has sido. Pero si decides quedarte, será bajo mis órdenes porque soy tu madre.
Fruncí las cejas. ¿Por qué me estaba pasando esto a mí?
Greta sonreía al ver cómo mamá me hablaba. Di un paso hacia ella. Era mi madre y yo también necesitaba de ella. Las lágrimas comenzaron a derramarse por mis mejillas.
—Mamá, yo te quiero. ¿Por qué me tratas así? —chillé.
Mi madre me tomó por los hombros y me empujó contra la pared.
—¿Por qué no pudiste ser más como Greta? ¿Por qué no te pareces en nada a mí? ¿Y por qué tu padre…? —apretó la quijada con fuerza y me miró con rabia—. Fue un tonto al poner todas sus esperanzas en una chiquilla buena para nada.
En ese momento apareció Marcelo y mi madre le ordenó que me llevara a mi habitación. No entendía qué pasaba ni por qué querían encerrarme de nuevo.
Marcelo me sujetó con rudeza y me arrastró hasta mi habitación. Cuando estuvimos dentro de mi cuarto, entrelazó sus dedos en mi cabello y susurró:
—Si te portas bien, tendré piedad contigo.
Después de eso, cerró la puerta con llave.
Me sentí atrapada, como si las paredes se cerraran a mi alrededor.
Pateé y golpeé la puerta, pero nadie abrió.
Mamá no podía estarme haciendo eso. ¿Por qué lo hacía? No entendía nada.
Los días siguientes fueron un martirio. Mamá ordenó a uno de los peones que me llevara y me recogiera en la puerta del bachillerato. No podía más. Estaba cautiva. Yo no había nacido para estar encerrada. Extrañaba montar a Rayo, pasear por los matorrales y nadar en la laguna. Extrañaba ver a Margarita.
Un día, regresando de la escuela, vi a lo lejos que Marcelo y mi hermano estaban discutiendo cerca de las caballerizas. Abrí la puerta de la camioneta aún en movimiento. Aproveché que avanzaba despacio y distraje al empleado de mamá para saltar.
Caí de pie y corrí hacia donde estaba Fred.
Al llegar, miré aterrada que tenía una escopeta en las manos y estaba bebido.
—¡Fred! ¿Qué haces? —exclamé, temerosa.
Mi hermano miraba con rabia a Marcelo. Él estaba a unos dos metros de distancia y se mantenía en guardia, pero no parecía asustado.
—¡Llama a la patrona! Que venga a calmar a su hijo o no respondo —gritó Marcelo al peón que había corrido tras de mí.
—Fred, dime algo. ¿Qué pasa? ¿Por qué estás así?
Él no dejaba de mirar a Marcelo. En un momento le apuntó con el arma directo a la frente, haciendo que Marcelo diera un paso atrás.
—Dile, dile lo que le están ocultando. Tú, mamá y Greta.
Fruncí el ceño. Estaba confundida.
Marcelo sonrió con sorna. Ni siquiera porque Fred tenía el arma apuntándole a la frente se le borraba aquella sonrisa malvada que parecía tan característica de él.
—¡Fred, no hagas una locura! —le pedí llorando—. Deja el arma, por favor.
Pero él no la bajaba.
—¡Este maldito quiere vender un rancho que no es suyo! —gritó mi hermano con rabia.
Mis ojos se dirigieron hacia Marcelo.
—No es verdad. La única persona que puede vender este rancho es tu madre. A mí solo me hicieron una oferta para que se la hiciera saber a doña Imelda.
—Ni siquiera mamá puede vender este rancho porque no es de ella.
—¿Qué dices? —pregunté, atónita.
—¡Fred, baja el arma! —se escuchó la voz de mi madre, quien ahora se encontraba entre Marcelo y él.
—¡No! ¡Le diré todo a Christa!
—¡Fred! ¡Soy tu madre, obedéceme!
Fred no la estaba escuchando y mis nervios estaban al límite.
—Fred, no dispares, por favor, hermanito. Te lo ruego. Eres lo único que me queda, tú y la abuela. Por favor…
Fred se detuvo a mirarme durante unos instantes. Pude ver el miedo en su mirada.
Pero justo cuando bajó la guardia, Marcelo se abalanzó para tratar de quitarle la escopeta.
Fred se resistió.
Fred y Marcelo comenzaron a forcejear por el arma. Todo sucedió tan rápido que no pude detenerlos. Les gritaba y les rogaba que la soltaran.
Un disparo resonó.
Fred cayó al suelo.
Mis gritos llenaron el aire mientras corría hacia él.
—¡Noooooo! —grité, perdiendo la voz.
—¡Freeeed! —gritó mi madre, desconsolada—. ¡Llamen a una ambulancia!
Me dejé caer de rodillas a su lado. Las lágrimas no dejaban de correr por mis mejillas.
Abracé a mi hermano.
—Fred, resiste… —chillaba, nerviosa.
—Chris… —susurró cerca de mi oído. Su voz era débil—. Chris…
—Aquí estoy, hermanito…
Acerqué mi rostro al suyo, pero me quedé petrificada al escuchar lo que me dijo.
—Vete lejos, muy lejos y no regreses… Siempre estarán sobre ti.
En ese momento mi madre se arrodilló frente a mí y me hizo a un lado. Estaba llorando al igual que yo.
Fred me rogaba con la mirada.
Yo no entendía por qué me estaba pidiendo eso. ¿Me estaba protegiendo de algo?
Miré a Marcelo.
Era la misma mirada que tenía cuando papá murió. No sentía ni un poco de culpa por lo que estaba pasando.
Greta y mi abuela llegaron. Ambas comenzaron a llorar.
Mamá anunció a gritos que Fred había muerto.
Inconscientemente, comencé a caminar hacia el interior de las caballerizas.
Monté a Rayo y salí a toda velocidad, alejándome del rancho sin importarme nada más.
Dejé que las lágrimas salieran mezcladas con el viento que agitaba mi cabello.
Mientras cabalgaba lejos del rancho, ese lugar que durante tantos años me hizo feliz y en el que pensé vivir toda mi vida, comprendí que ahora solo se había convertido en un recuerdo.
Me prometí a mí misma que algún día volvería, más fuerte, para reclamar lo que era mío.
No dejaría que papá hubiera creído en mí en vano.
