Capítulo 6

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—¿Qué pasa?

—Señor, aquí están los padres del arquitecto Alcázar. Desean hablar con usted —dijo mi secretaria con un tono que revelaba su propia incomodidad.

Cerré los ojos unos segundos, respirando hondo. Sentí el peso de esa noticia como una losa.

—Hazlos pasar —murmuré, y el suspiro que escapó de mis labios fue más largo de lo que hubiera querido.

La puerta se abrió y los Alcázar entraron con paso firme, envueltos en un aire de dignidad rota. Me puse de pie de inmediato; lo menos que podía hacer era recibirlos con el respeto que exigía el momento.

—Bienvenidos a Grupo Rocamonte Construcciones, señores Alcázar. —Mi voz sonó más suave de lo habitual, casi quebrada, aunque procuré mantener el temple—. Lamento profundamente conocerlos en estas circunstancias. Quiero que sepan que estamos investigando las causas del accidente. Y les aseguro que Grupo Rocamonte no es responsable.

La señora Alcázar me atravesó con una mirada helada, cargada de dolor y rabia contenida.

—Eso es lo que usted asegura —dijo con amargura—. Nosotros solo queremos justicia para nuestro hijo.

Sentí cómo mi garganta se secaba. Aquella mirada no era fácil de sostener; no había rastro de intimidación en ellos, sino una fuerza fría, acostumbrada a este tipo de batallas. Comprendí de inmediato que llegar a un acuerdo que me beneficiara por completo no sería sencillo.

Me incliné ligeramente hacia adelante, abandonando los rodeos.

—Hablemos con franqueza. Sé que son empresarios influyentes en el estado y entiendo la magnitud de su dolor. Por eso pregunto directamente: ¿qué piensan hacer respecto a lo ocurrido? Estoy dispuesto a indemnizarlos como corresponde. Y, si es necesario, enfrentaré la demanda.

Nos sentamos. El silencio pesaba, y nuestras miradas se midieron como espadas en un duelo silencioso. Sabía que, si esto se tensaba un poco más, me vería obligado a usar recursos que prefería reservar para mis enemigos, no para unos padres en duelo.

El señor Alcázar habló al fin, con la voz áspera, cargada de resentimiento.

—Hoy, de madrugada, encontraron a nuestro hijo entre los escombros. Sin vida. —Sus palabras se clavaron en mí como un hierro ardiente—. Era nuestro único hijo varón. Nuestro heredero. ¿Tiene idea de lo que significa perder a un ser tan querido?

Sentí un nudo en el pecho. Entreabrí los labios y, por un instante, el hombre de hierro que todos conocían se quebró en mi interior.

—Lo siento mucho —dije, y mi voz salió más baja, más humana—. También yo perdí a mi esposa… hace tres años, en un accidente. —Exhalé, recordando la oscuridad de aquel día, el vacío que aún me perseguía cada noche—. Créame, sé lo que es quedarse con un hueco en el alma que nada puede llenar.

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