Capítulo 62
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Ana Paula Lago
Un mes después…
Era absurdo, lo sabía, pero sentía los nervios agolpándose en mi pecho como si fuera la primera vez que iba a verlo.
Después de todo este tiempo, después de tantos silencios, de noches llenas de dudas… estaba a punto de buscarlo.
Roberto me había dicho que su madre le había confirmado que Arturo no estaba saliendo con nadie.
Esa pequeña chispa de esperanza bastó para convencerme de intentarlo.
Quizá… esta vez podríamos empezar desde cero.
Respiré hondo antes de bajar del auto. Me quedé unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante, preguntándome si estaba haciendo lo correcto. Un mes atrás no habría tenido el valor de estar ahí. Ahora tampoco estaba segura de tenerlo, pero al menos había dejado de huir.
Mientras caminaba hacia la puerta principal del edificio de la Constructora Rocamonte, el viento frío de la mañana me despeinaba el cabello.
A cada paso, me imaginaba su rostro: la sorpresa, esa media sonrisa que tanto extrañaba.
Pero en cuanto me acerqué a la entrada, la voz áspera del guardia me detuvo de golpe.
—Usted no puede pasar —dijo con sequedad, extendiendo un brazo frente a mí.
Me detuve en seco, sin comprender.
—Vengo a ver a Arturo Abad —respondí con calma, aunque mi voz sonó más frágil de lo que hubiera querido.
El hombre frunció el ceño y, para mi sorpresa, el hombre dio un paso al frente, bloqueándome el paso con firmeza.
—El señor Abad pidió que no la dejáramos pasar.
Su frase fue como un golpe directo al pecho.
—¿Qué… qué está diciendo? —pregunté, con la garganta cerrándoseme—. ¿Arturo no quiere verme?
La punzada en el pecho se volvió un nudo difícil de tragar. Bajé la mirada, avergonzada, sintiendo cómo la ilusión comenzaba a resquebrajarse.
Sin decir más, di media vuelta. No iba a rogar. No otra vez.
Pero entonces escuché una voz familiar, amable, que me llamó por mi nombre.
—¡Señorita Lago! Espere, por favor —era Sam, el asistente de Arturo. Venía casi corriendo desde el estacionamiento.
Me giré con torpeza, tratando de recomponerme.
—Hola Sam, buenas tardes, vine a ver al señor Arturo —dije, intentando mantener una compostura que se me escapaba—, pero el guardia acaba de decirme que él prohibió mi entrada, no quiere verme.
Sam arqueó una ceja, confundido, y luego pareció entender.
—¡Ah! —exclamó, llevándose una mano a la frente—. Sí, eso debe ser por una vieja orden, desde la primera vez que usted vino a reclamar por el accidente de la plaza Antara.
—¿Desde entonces? —pregunté, algo incrédula.
—Sí, pero no se preocupe —me dijo sonriendo con amabilidad—. Es muy probable que al señor Abad se le haya olvidado levantar esa restricción. Estoy seguro de que, si él supiera que está aquí, se alegraría mucho, dejaría la junta en la que está ahora sin pensarlo dos veces.
Su tono era tan sincero que me desarmó. Mi corazón empezó a latir con fuerza otra vez.
—¿De verdad cree eso?
—Créame, señorita. El señor Arturo no es el mismo desde que usted desapareció. —Hizo una pausa y bajó la voz, casi en confidencia—. Si me permite, puedo ayudarla. Tengo en el auto una libreta, puede escribirle un recado. Se lo entregaré personalmente.
Sentí el rubor subir a mis mejillas.
—Está bien… sí, le escribiré algo —contesté, casi en un susurro.
Caminamos juntos hasta el auto estacionado a unos metros del mío. Sam abrió la puerta del copiloto y sacó una libreta y un bolígrafo.
El corazón me temblaba mientras escribía, las palabras fluyendo entre nervios y esperanza. No puse mucho… solo lo suficiente. Algo que él entendería.
Cuando terminé, cerré la libreta con suavidad y se la tendí.
—Gracias, Sam. De verdad.
Él sonrió con calidez.
—No es nada, señorita. Créame… el señor la ha extrañado mucho todo este tiempo.
Bajé la mirada, mordiéndome el labio para contener la emoción.
—Yo también —murmuré, apenas audible.
Mientras me alejaba, sentí el corazón vibrar dentro del pecho.
Cerré la puerta del auto y me permití unos segundos para respirar.
El papel donde había escrito el recado para Arturo aún guardaba el calor de mis manos. No sabía si él lo leería con una sonrisa o con esa mirada fría que me había dedicado la última vez que nos vimos.
Pero quise creer… que sería la primera opción.
Suspiré, encendí el motor y justo cuando me disponía a salir del estacionamiento, el celular comenzó a vibrar sobre el asiento del copiloto. Al ver el nombre en la pantalla, apreté los labios.
Contesté después de dudar unos segundos.
—Hola, Roberto.
Su voz sonó más ligera que de costumbre, casi burlona.
—Hola, doctora… ¿Recuerdas que prometiste hablarle de mí a Lily?
Rodé los ojos, dejándome caer contra el respaldo.
—Sí, pero solo si dejabas atrás todas esas sombras que te atormentan, ¿recuerdas? Cuando te decidieras a buscar a mi amiga para una relación seria… —dije con un tono paciente, aunque algo de advertencia se filtró entre mis palabras.
Del otro lado escuché una risa baja, casi irónica.
—Te comento que justo ahora estoy en mi nueva oficina. He decidido fundar mi propia constructora, junto a algunos socios conocidos. Ya no voy a perder tiempo con mi familia… ni en hacerle la vida imposible a tu amorcito.
Su voz se volvió más pausada, más grave.
—Los dejaré ser felices… solo si yo también consigo mi felicidad.
Mi respiración se detuvo un instante. Aquella frase no sonaba a paz, sonaba a amenaza envuelta en seda. Y, sin embargo, sabía que Roberto no hablaba con malicia —al menos no del modo que lo hacía antes—, sino desde un rincón herido de su alma que aún no sabía cómo curar.
Apreté el volante con fuerza.
—Roberto… —dije en voz baja, buscando mantener la calma—. Has avanzado mucho. No eches todo a perder.
—No lo haré, doctora, tu tranquila que ya tienes un pequeño rinconcito en mi corazón oscuro —respondió él con un tono más suave—. Asistí a todas las sesiones que me recomendaste. Y… creo que por fin dejaré el recuerdo de Clara solo para mí, pero he decidido que ya no afectará mi vida.
Cerré los ojos, sintiendo un nudo en la garganta.
Durante meses había visto su evolución, cómo el hombre arrogante que alguna vez intentó controlarlo, todo se desarmaba poco a poco frente a sus propios fantasmas.
—Está bien —susurré finalmente—. Cuando llegue a casa, hablaré con Lily. Le daré tu número, pero dependerá solo de ella si decide llamarte. Yo solo le diré que… has hecho un gran esfuerzo por ser mejor persona.
Del otro lado hubo un silencio breve, seguido de un suspiro que me pareció genuino.
—Eso es todo lo que necesito, Ana. Lo demás déjamelo a mí.
La llamada se cortó, dejando solo el zumbido tenue del aire acondicionado y mi propio reflejo en el retrovisor.
Miré el teléfono unos segundos más, sintiendo una punzada extraña entre el pecho y el estómago. No era miedo exactamente… era la certeza de que todo estaba a punto de moverse otra vez, y que ni siquiera yo sabía hacia dónde.
Encendí el auto, solté el aire lentamente y conduje rumbo a casa, con la esperanza de que esta vez —por fin— todo saliera bien.



