Capítulo 53

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Lilian Caballero

A la mañana siguiente, me desperté antes que Roberto. Permanecí unos segundos inmóvil, mirando el techo de madera de la cabaña, tratando de recordar en qué momento había tomado aquella decisión. El cuerpo me dolía de una forma distinta, agradable por momentos, vergonzosa al siguiente. Cada músculo parecía recordarme que la noche anterior había cruzado una línea que juré no cruzar jamás.

Era la primera vez que me pasaba algo así después de tener relaciones; Roberto no era un hombre común, era fuego puro, instinto, deseo condensado. Un ser pasional por naturaleza… uno que no se conformaba con poco.

Me levanté con esfuerzo y fui al baño. El agua tibia de la ducha alivió un poco la tensión de mis músculos, aunque el recuerdo de sus manos sobre mi piel seguía allí, tan vivo que me hizo cerrar los ojos por un instante. Negué con la cabeza, intentando borrar de mi mente esas imágenes. Me sequé y me vestí con unos jeans y una blusa sencilla, de las que la chica de recepción había traído anoche.

Cuando salí, Roberto ya estaba despierto. Se incorporó en la cama con esa calma arrogante que parecía parte de su naturaleza.
—Buenos días, doctora, pensé que seguirías dormida un par de horas más —dijo sin más, antes de desaparecer en el baño.

Su voz sonó neutral, casi indiferente. Y, de algún modo, eso dolió más de lo que esperaba.

Salimos de las cabañas poco después de las seis de la mañana. El cielo aún estaba cubierto por una neblina suave, y el aire fresco golpeaba mi rostro mientras caminábamos hacia el auto. No dijimos mucho; el silencio entre nosotros era espeso, incómodo. Durante el trayecto, me acomodé en el asiento, recargué la cabeza en el cristal y, antes de darme cuenta, me quedé dormida.

Dormir fue una bendición. No tuve que mirarlo, ni enfrentar el torbellino de pensamientos que me perseguía desde anoche. La vergüenza me pesaba en el pecho. Vergüenza de mí. Porque, aunque no me obligó a nada, me dejé arrastrar por el deseo, me comporté como una mujer que había olvidado toda mesura, toda lógica. Me entregué por completo a un hombre que apenas conocía… y lo peor era que había disfrutado cada segundo.

El claxon de un auto me despertó de golpe. Abrí los ojos, sobresaltada, enderezándome en el asiento. El tráfico mañanero de Monterrey me dio la bienvenida con su caos habitual. Suspire.
De vuelta a la realidad, pensé con ironía. Nunca me había gustado el tráfico, pero por primera vez me resultó reconfortante.

—Te dormiste todo el camino —dijo Roberto con tono serio, sin apartar la vista del camino.

Asentí, frotándome los ojos.
—Hoy tengo que trabajar, entre otras cosas, como ir a comprarme un móvil nuevo. Esta siesta me mantendrá cuerda todo el día.

Lo vi sonreír apenas, divertido por mi comentario. Esa leve curva en sus labios me desconcertó; parecía tan natural, tan distinta al hombre de anoche.

Finalmente, el auto se detuvo en el estacionamiento del edificio donde vivía. No lo pensé demasiado: jalé la manija para salir cuanto antes. Pero su mano me detuvo, envolviendo la mía con firmeza.

—Oye, doctora… —aclaró la garganta antes de continuar—. Sé que te dije que lo de ayer solo sería una vez, pero si algún día cambias de opinión, llámame.

Me soltó despacio. Lo miré frunciendo el ceño, intentando descifrar si hablaba en serio o solo jugaba con mi reacción. Su mirada era expectante, directa, casi retadora.

—Ayer, mientras estabas dentro de mí, dijiste un nombre. Clara. Lo escuché muy bien… —hice una pausa, tratando de mantener la voz firme—. La verdad es que no me interesa repetir lo de ayer con alguien que fantasea con otra mientras me penetra. Eso me hace sentir usada, independientemente de que entre tú y yo no haya un vínculo emocional afectivo. Así que espero que cumplas tu promesa, señor Abad, de no volver a buscarme jamás. Porque yo espero no volver a verte en mi vida. Ya te quitaste las ganas, ahora déjame en paz.

Respiré hondo y añadí, con toda la frialdad que pude reunir:
—También te recuerdo que dijiste que eras un hombre de palabra. Puedes enviarme la factura de las cosas. Pagaré cada gasto en el que hayas incurrido conmigo.

El silencio que siguió fue denso. Roberto me miró con el ceño levemente fruncido, el rostro serio, los labios apretados. Había algo en su expresión —orgullo herido, tal vez—, pero no me importó. No podía permitirme dudar ni un segundo.

Abrí la puerta y salí sin mirar atrás. Caminé hasta el ascensor sin volver la vista, aunque el rugido de su auto retumbó en mis oídos segundos después, alejándose con rapidez.

Solo entonces exhalé. Largamente.

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