Capítulo 76
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Arturo Abad Rocamonte
Casi estuve a punto de arruinarlo todo, dejándome llevar por los malditos celos.
Era una maldición… esa sensación que me carcomía por dentro, que me hacía dudar, incluso cuando ella me miraba con ternura. Todos los días me atormentaba la misma pregunta:
¿Algún día me mirará como alguna vez lo miró a él?
Ese pensamiento no me daba tregua. Bastaba verla sonreír cuando recordaba a Carlos para que todas mis inseguridades despertaran otra vez. Una daga invisible que se clavaba más profundo cada vez que pronunciaba el nombre de él con ese respeto, como si aún le perteneciera una parte de su alma.
No podía confesárselo. Si lo hacía, ella me miraría con lástima o, peor aún, se alejaría. Y perderla… perderla sería como dejar de respirar.
Respiré hondo, intentando recuperar la compostura.
Ana dormía entre mis brazos. Su respiración era pausada, cálida, su cabello desordenado cubría parte de mi pecho. Después de nuestra ardiente reconciliación, los dos habíamos quedado exhaustos. No dormimos en toda la noche. Su piel aún conservaba el rastro del deseo, y el mío… la necesidad de no soltarla jamás.
Cerré los ojos. Necesitaba dormir, descansar la mente y acallar las voces que no me dejaban en paz.
Y lo logré… aunque solo por un momento.
…
—Ana… te he extrañado tanto —susurró una voz que me heló la sangre.
Abrí los ojos dentro del sueño. Él estaba ahí. Carlos Alcázar.
—Nada ni nadie volverá a separarnos —dijo antes de besarle el cuello, y ella arqueó la cabeza hacia atrás con una sonrisa cargada de felicidad.
Mi cuerpo se paralizó.
No podía moverme. No podía gritar.
—Jamás amaré a alguien que no seas tú, eres el amor de mi vida, Carlos —susurró ella con una sonrisa seductora.
Mis puños temblaban. Quería correr hacia ella, arrancarla de sus brazos, pero era como si el suelo me tragara.
Él giró el rostro y me miró con aire de victoria, mientras sus manos la recorrían sin pudor, mientras ella se entregaba… sin resistencia, sin remordimiento.
No soporté más.
Caí de rodillas.
—¡Ana! —grité con desesperación, sintiendo cómo la voz se quebraba en mi garganta.
Ella se volvió hacia mí. Sus ojos, antes llenos de dulzura, ahora eran fríos, ajenos.
—No te amo, Arturo… —dijo con una frialdad que me partió el alma, antes de besar a Alcázar con un deseo que me desgarró por dentro.
—No… no… ¡noooo! —mi grito se perdió entre la oscuridad.
…
Abrí los ojos de golpe.
Mi respiración era agitada, el corazón me latía a mil por hora y tenía el cuerpo empapado en sudor.
Pasé la mano por la frente, intentando calmarme.
Una pesadilla. Solo una maldita pesadilla.
Dejé caer la cabeza sobre la almohada y giré para mirarla. Ana seguía dormida, tranquila, ajena a la tormenta que me devoraba por dentro. Su rostro sereno contrastaba con el caos que había en mí.
La amaba… Dios, cuánto la amaba.
Pero cada vez me costaba más vivir con estas inseguridades, con estos fantasmas que no me dejaban en paz.
Tenía que deshacerme de ellos.
Tenía que hacerlo… antes de que me destruyeran.
…
Había invitado a Ana a comer en casa, y aceptó con una sonrisa que me desarmó. Lisa ya nos esperaba allá, impaciente como siempre.
Durante la comida, el ambiente fue cálido y familiar. Ana reía con mi hija, la ayudaba a cortar su comida, y por momentos sentí que todo en mi vida tenía sentido solo por verlas juntas.
La invité a quedarse un rato más, incluso a dormir, pero me respondió con esa dulzura firme que tanto la caracteriza.
—Otro día, Arturo. Quiero descansar lo más posible para poder enfrentar mañana las miradas de mis compañeros en el hospital.
Sabía que decía la verdad. Ana jamás había aprovechado su amistad con Lily para sacar beneficio alguno, y ese sentido de ética era una de las cosas que más admiraba en ella.
Aun así, no pude evitar desear tenerla conmigo. Si dependiera de mí, ya la habría traído a vivir aquí, con Lisa y conmigo… pero no me arriesgaría todavía. No soportaría un “no” de sus labios. No ahora.
Después de comer, jugamos los tres en el jardín. Las risas de Lisa llenaban el aire, y Ana parecía disfrutar cada segundo. En esos momentos me resultaba imposible no imaginar un futuro juntos, uno donde esas escenas se repitieran cada tarde.
Cuando el reloj marcó las seis, el momento de la despedida llegó inevitablemente.
Ana le prometió a Lisa que pronto volvería a visitarla, y mi hija la abrazó con fuerza, negándose a soltarla. Esa imagen me derritió por dentro.
Le dije a Ana que pasaría a la oficina por unos documentos, pero la verdad era otra.
Tenía una cita pendiente con la verdad.
Sam me había facilitado una dirección. Según su investigación, Roberto había fundado una nueva constructora llamada Grupo Monterrey. El nombre me hizo hervir la sangre.
Ese era el nombre antiguo de la empresa familiar antes de que mi padre la renombrara como Grupo Rocamonte.
Mi hermano, una vez más, desafiando todo.
Renaciendo de las cenizas algo que él no construyó.
¿Mis tíos estarían involucrados? ¿Algún primo resentido? No lo sabía, pero pensaba averiguarlo.
Sonreí con ironía.
Ninguna constructora —nueva, vieja o resucitada— podría competir conmigo. Nadie.
Había llevado Grupo Rocamonte al punto más alto de su historia. Bajo mi dirección, la empresa se volvió sinónimo de excelencia, y todos en el medio lo sabían.
—¿En qué piensas? —preguntó Ana, observándome con atención.
Volteé hacia ella un instante, sin soltar el volante.
—¿Me creerías si te digo que cada día me enamoro más de ti? —susurré, esbozando una sonrisa.
La vi sonrojarse, bajar la mirada apenas, y en ese gesto tan suyo encontré algo parecido a la paz.
Tomé su mano y la entrelacé con la mía.
Ana era la mujer que me había enseñado a amar de nuevo.
Yo no quería hacerlo. No después de todo lo que viví con Clara, no después de haberme prometido que jamás volvería a entregar el corazón. Pero Ana… ella se metió en mi vida sin pedir permiso.
No solo me devolvió las ganas de reír, también la esperanza.
Y cuando la veo con Lisa… tan dulce, tan natural…
Sé que si algún día acepta unir su vida a la mía, seré el hombre más feliz del mundo.
Bajé del auto, rodeándolo con rapidez mientras abrochaba el botón de mi saco. Abrí la puerta de su lado y extendí la mano para ayudarla a bajar. Caminamos tomados de la mano hasta la entrada de su edificio.
—No me olvides… —susurré cerca de su oído antes de besarla suavemente.
—¿Cómo podría? Eres como un imán para mí, señor Abad —respondió con picardía, dibujando una sonrisa ladeada en mis labios.
—Te amo, Ana. No sabes cuánto.
—¿Por qué lo dices como si fuera una despedida? Si nos veremos en unos días otra vez —preguntó, algo confundida.
Respiré hondo.
—Lo sé… quizá ando demasiado sensible por lo de hoy —mi voz sonó más apagada de lo que pretendía—. Mejor bésame.
Unimos nuestros labios. La besé como si fuera la primera vez, con la misma ansiedad y ternura que me provocaba desde el principio.
—Te quiero, Arturo —dijo al separarse.
Sonreí, o al menos fingí hacerlo. Disimulando la punzada amarga que me provocó no escuchar un “te amo” de vuelta.
—Te llamo más tarde —me despedí con un último beso, acariciando sus mejillas rosadas. Era fácil perderme en lo bello de su mirada.
Ana entró a su departamento. Yo caminé hacia el elevador.
Conduje directo al edificio donde, según Sam, Roberto había alquilado oficinas para su nueva empresa. Era una torre moderna, ubicada en el corazón de San Pedro. Había invertido una suma considerable, sin duda. Pero lo que más me intrigaba era de dónde había sacado el dinero. Roberto nunca fue precisamente un genio financiero.
Sentí el estómago revolverse al pensar que quizá alguno de nuestros tíos había sido su benefactor.
Entré al edificio y pregunté por él en recepción. La secretaria, una mujer joven y nerviosa, me indicó en qué piso se encontraba su oficina. Fui directamente hasta allí.
La puerta estaba abierta. Toqué el marco con los nudillos. Roberto levantó la vista; su rostro se iluminó con una sonrisa tan falsa que casi me dio risa.
—¡Qué milagro que me visitas, hermano! —soltó con tono irónico.
Lo observé con frialdad.
—¿Grupo Monterrey? Qué nombre tan original —repliqué con sarcasmo. Ni siquiera había tenido el valor de ponerle un nombre propio.
Apretó los dientes.
—Te estarás preguntando de dónde saqué el capital para invertir en esta nueva constructora. Bien, hermanito, te contaré: durante años he estado ahorrando e invirtiendo cuanto he podido. Además, hablé con los tíos; están tan encantados con la idea de que haya resurgido Grupo Monterrey que me cedieron fácilmente el nombre que tenían registrado desde hace tiempo. Se han unido a mí. Quieras o no, son excelentes arquitectos. Que nuestro padre haya sido tan avaricioso como para echarlos de Rocamonte… eso es otro asunto.
La sonrisa que dibujó en su rostro me revolvió las entrañas.
Mi cuerpo se llenó de escalofríos al escucharlo; con eso se estaba ganando el desprecio de papá de por vida.
—Pero ese es un asunto que hablaremos después, ¿a qué has venido? —soltó con la mandíbula contraída.
Los puños me dolían de apretarlos.
—¿Fuiste tú quien envió la nota del periódico? —mi voz salió ronca y caliente; lo miré como si quisiera atravesarlo.
—No sé de qué nota me hablas —se encogió de hombros con una sonrisa macabra—. Aaaahhh, la de la relación que tienes con Ana… viste que en una de esas notas la nombran como la viuda del arquitecto Alcázar.
Se burló. Noté cómo cada palabra era un puñal y la sangre me subía al rostro.
—Ella no es su viuda, nunca se casaron —reclamé, mordiendo cada sílaba.
—Mmm… esta vez no fui yo.
—No te creo.
—No me creas —respondió, su fastidiosa actitud, encendiendo todo mi temperamento. Di un paso adelante, queriendo arrancarle la máscara. Él abrió los brazos, desafiante—. ¿Quieres pelear? Tira el primer golpe —dijo, con esa arrogancia inmadura—. Como cuando éramos adolescentes, ¿recuerdas? La vez pasada me contuve por mamá, pero esta vez no pasará lo mismo.
Lo fulminé con la mirada. La furia ya no era apenas fuego; era lava. Me acerqué y le propiné un golpe cerca de la boca, y después otro a la mejilla. Se detuvo, como si los recibiera por cortesía: ni un movimiento para defenderse, ni una mueca de dolor.
Lo miré desconcertado. Él sonreía, demasiado alegre, como si hubiera ganado una partida.
—Ya tengo pruebas de que viniste a buscarme primero, gracias… ahora es mi turno —susurró con calma venenosa.
Di un paso atrás y, en un segundo, alguien me sujetó por los brazos: manos firmes que inmovilizaron mis muñecas. Antes de comprender quién —o por qué—, sentí un golpe contundente en el estómago que me dobló; el aire se fue de mis pulmones y la cabeza me dio vueltas. Un calor agudo me atravesó el diafragma; la presión me dejó sin palabras.
Lo último que sentí fue la sensación de ser dejado caer, la voz de Roberto como un eco lejano y la oscuridad que empezaba a cerrar los párpados. El mundo pareció comprimirse en un único punto de dolor mientras me desplomaba hacia las rodillas.
.
