Capítulo 71

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Roberto Abad Rocamonte

Después de dejar el hospital, tomé la avenida principal. La ciudad parecía respirar con calma después de la lluvia. Las luces se reflejaban sobre el pavimento, dándole al camino un aire casi cinematográfico. Solté un suspiro. Aquel niño del hospital había removido algo dentro de mí que todavía no lograba comprender. A mi lado, Lily observaba por la ventana con una sonrisa serena, y por un momento creí que el silencio entre nosotros era suficiente.

Hasta que la escuché.

—¡Ahí! —exclamó con entusiasmo, señalando hacia la derecha.
Seguí la dirección de su dedo y fruncí el ceño.
—¿Tacos? —murmuré, incrédulo.

Ella asintió con los ojos brillando como si hubiera descubierto un tesoro.

—Es un puesto callejero —respondí con tono reprobatorio, deteniéndome frente a la acera. Jamás había comido en un lugar así. Ni siquiera recordaba haberme detenido frente a un puesto de tacos en toda mi vida.

Lily me miró como si acabara de confesar un crimen imperdonable.
—¿No me digas que a Roberto Abad no le gustan los tacos? —entrecerró los ojos con una expresión que me provocó una sonrisa contenida—. Espera… —su tono se tornó burlón—. No comes en la calle, ¿verdad?

Apreté la mandíbula. La mujer sabía exactamente dónde golpear.

—No. Es insalubre —respondí seco—. No comeremos aquí.

Ella se inclinó hacia mí, tan cerca que su perfume me envolvió.
—No pensé que fueras tan delicadito —susurró con esa voz juguetona que podía hacerme perder el control—. Los mejores tacos son los de la calle. Además, no es tan “en la calle”, es una cochera.

—Eres doctora, Lily. Se supone que deberías desalentar este tipo de cosas —repliqué, buscando un punto a mi favor.

Sonrió con descaro.
—Soy una doctora que sabe disfrutar la vida. Una vez al año no hace daño… y si te enfermas, seré tu doctora personal. Lo prometo.

Exhalé con resignación. No podía con ella. Con un movimiento lento, tomé su rostro entre mis manos y acerqué su boca a la mía. Le robé un beso. Solo uno. Suficiente para sentir cómo su respiración se entrecortaba y su piel se encendía.

—Está bien —cedí en voz baja—. Pero si muero por una infección, será tu culpa.

—Hierba mala nunca muere, cari —replicó divertida.

—¿Cari? —arqueé una ceja.

—Cariño.

La besé, otra vez, más despacio, disfrutando el temblor que le recorrió la piel.
—Me gusta cuando me dices así, cariño —susurré contra sus labios.

Ella sonrojó, bajó del auto para escapar de mi sonrisa y tuve que contener la risa. La seguí.

El lugar no tenía nada que ver con los restaurantes que frecuento. Sillas de plástico, mesas con logotipos de refrescos, una pequeña parrilla al fondo y un par de ventiladores que apenas lograban mover el aire caliente. Sin embargo, Lily parecía encantada.

Nos sentamos y, mientras hojeaba la pequeña carta plastificada, me debatía entre mi instinto y el brillo de sus ojos. “Tacos de pastor, de bistec, campechanas…” Leí sin entender gran cosa.

Cuando el hombre que tomaba las órdenes se acercó, lo miré con incertidumbre.
—Una orden de bistec con todo para él también —intervino Lily antes de que abriera la boca.

Paso saliva, rindiéndome.

—¿Y de tomar? —pregunta el hombre.

Pensé en whisky, en vino, en cualquier cosa que no venga en botella de vidrio sudada.

—Dos cervezas oscuras, por favor —respondió ella antes de que yo pudiera hablar.

La miré con una mezcla de sorpresa y rendición.
—Bebes cerveza, ¿verdad? —preguntó divertida.

Sonrío apenas.

—¿Tú qué crees? —respondí con una media sonrisa, tomando la botella por el cuello y dándole un trago corto—. La última vez que tomé cerveza fue cuando estudiaba en la universidad. —Solté una risa suave, aunque en el fondo no tenía gracia—. Mi vida es muy aburrida, Lily. Soy un hombre amargado que, sin saber cómo, se ha enamorado de una mujer divertida.

Ella me miró con una mezcla de ternura y desconcierto que logró desarmarme.

—¿Desde lo de Clara? —preguntó con cuidado.

El nombre cayó sobre la mesa como una piedra. Levanté la vista hacia ella, sorprendido. No esperaba que lo mencionara. No después de aquel error imperdonable… aquella vez que, entre su respiración y la mía, la llamé por otro nombre.

Suspiré hondo.
—No sé si sea un buen tema para conversar entre nosotros —respondí con voz controlada, casi fría—. Llamarte por otro nombre fue probablemente la peor forma de lastimarte. No busco que lo olvides… solo quiero que sepas que nunca volverá a pasar. He decidido dejarla descansar en paz… y dejarme descansar a mí también.

Ella negó despacio.
—No me incomoda, Roberto. Pero… si nunca has hablado con alguien sobre eso, puedes hacerlo conmigo. Se supone que acordamos conocernos de verdad, ¿si es así, o no? 

La observé. Sus palabras me atravesaron más de lo que quisiera admitir.
Asentí en silencio, sin apartar la mirada.

—¿Por qué me ves así? —preguntó con una sonrisa nerviosa.

—Porque me cuesta creer que estés aquí, pensé que nunca más volverías a hablarme —Bajé la voz, casi en un susurro—. Me siento agradecido por haberte conocido, Lily. Aún trato de descifrarte… eres libre, fresca, sencilla, pero también fuerte, decidida, valiente. —Hice una pausa, bajando la vista hacia su mano sobre la mesa—. Y esto… —dije señalando el puesto—. Nunca imaginé que una mujer como tú me pidiera cenar en un lugar así, siendo hija de dos doctores reconocidos, criada entre comodidades y rodeada de todo lo que el dinero puede comprar.

Ella suspiró con una leve sonrisa nostálgica.
—No sé en qué momento cambió mi mentalidad —admitió—. Siempre quise ser independiente. Mis padres viajaban mucho, así que aprendí a estar sola desde joven. Tengo dos hermanos mayores: uno dirige un hospital, el otro trabaja con mi padre en la empresa de aparatos médicos… y yo, ya sabes, administro el hospital que ya conoces. —Hizo una pausa, mirando al vacío unos segundos—. Supongo que tenerlo todo me hizo darme cuenta de que nada vale si no puedes usarlo para hacer el bien. Por eso hago esas actividades, como la de hoy. Me hace sentir viva. Mi padre dice que a las personas que hacen el bien siempre les va bien. Y… aunque no los veo tanto como quisiera, han sido un buen ejemplo para mí.

Asentí, observándola con detenimiento. Su sinceridad tenía un efecto hipnótico.
No había pretensión en ella, ni artificio. Solo verdad.

Cenamos. Y tenía que admitir que la comida no estuvo mal; el sabor era intenso, auténtico, y quizá eso mismo definía a Lily: autenticidad en su forma más pura.

Entre risas y miradas, las cervezas desaparecieron. Dos, tres… no conté. El tiempo se volvió algo difuso.

Cuando salimos del lugar, el aire fresco de la noche nos recibió. Caminamos despacio por la acera para llegar al auto. Ella iba a mi lado, me quité el saco poniéndoselo en los hombros, me agradeció con una sonrisa, y por alguna razón, me sentí en paz.

La observé de reojo. Su cabello se movía con la brisa, y en su rostro había serenidad. 

Siempre creí que necesitaba a alguien que se pareciera a mí. Ahora descubría que quizá necesitaba exactamente lo contrario. Lily era mi contraste, mi calma, mi impulso. Se amoldaba a mí en todo sentido… desde lo emocional, hasta aquello que ni siquiera me atrevía a nombrar.

Éramos dos polos opuestos que, por alguna extraña razón, encajaban a la perfección. Entonces supe con certeza que no quería volver a mi vida de antes. No después de conocerla.

El camino al departamento fue silencioso, pero el aire entre nosotros ardía. Podía sentirla, podía oler su perfume, y cada respiración suya hacía que mi autocontrol se tambaleara.

Cuando nos detuvimos frente a su puerta, la observo. La luz del pasillo cayó sobre su rostro y en sus ojos había una mezcla peligrosa de dulzura y desafío.
Deslizo los dedos por su cabello y llevo un mechón detrás de su oreja. Ella me mira, inmóvil.

—¿Puedo quedarme contigo esta noche? —mi voz sonó más grave de lo que esperaba, casi un ruego.

Lily se ruborizó; sus mejillas se tiñeron de un color suave que me resultó devastador. La deseaba. La había deseado cada noche desde la primera vez que la tuve entre mis brazos. Pero ella negó despacio, sin apartar la mirada.

—Quedamos en conocernos, ¿recuerdas? —susurró con firmeza—. Estoy cansada de que se burlen de mí, de darlo todo para que al final me decepcionen. No quiero que pase eso contigo.

Sus palabras me atravesaron. Tenía razón. Había sido ese tipo de hombre: el que disfrutaba, se iba y no miraba atrás. Pero no con ella. Con ella todo era distinto.

Di un paso más, quedando tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo.
—No quiero burlarme de ti, Lily. No quiero solo otra noche, quiero todas las que vengan después de esta. —Tragué saliva—. Aunque esta noche tenga que dormir sin ti, prometo respetar lo que decidas.

Ella me observó con una mezcla de sorpresa y ternura. Luego sonrió, esa sonrisa que desarmaba cualquier barrera que intentará mantener.
—Está bien —dijo, tomándome por la corbata y acercándome hacia ella—. Esta noche no habrá nada más… pero puedo darte un beso.

No me dió tiempo de responder. Sus labios encontraron los míos, y el mundo se apagó.
El beso fue lento al principio, pero pronto se volvió urgente, profundo. La sujeté por la cintura y la acerqué más a mí; su respiración se mezcló con la mía y sentí cómo mi cuerpo la reclamaba, cómo todo en mi gritaba su nombre.

La espalda de Lily se apoyó contra la pared y su respiración se confundió con la mía entre los besos. Cuando al fin nos separamos, ambos respiramos con dificultad.

—Entra… antes de que te coma a besos —le dije en voz baja, apenas controlándome.

Ella sonrió, me robó un último beso y abrió la puerta. Antes de cerrar, me lanzó una mirada que me dejó sin aire.

Me quedé frente a la pared, con la frente apoyada en ella, tratando de recuperar la calma.
Y entonces lo admití en silencio:
Estaba jodido.
Jodidamente enamorado de ella.

Suspiré, me pasé una mano por el cabello y reí para mí mismo.
—Genial, Roberto… —murmuré con sarcasmo—. Una noche sin Lily y con una imaginación demasiado activa.
Ya sabía perfectamente cómo va a terminar esto.

La risa se me escapaba entre los dientes. No había duda, estaba perdido…
Perdido por esa mujer que me volvía loco hasta en mis pensamientos.

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