Capítulo 7
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Arturo Abad Rocamonte
—A cambio de no tramitar una demanda en contra de Grupo Rocamonte, queremos poner una condición muy clara —la voz del señor Alcázar era firme, seca como un martillazo—: no habrá indemnización para su novia. Vivía con él, sí, pero no queremos que esa mujer esté presente ni en el funeral ni en el entierro. No recibirá nada de usted ni de nadie.
Lo miré con incredulidad, moviendo la cabeza de un lado a otro. Aquellas palabras me parecían de una crueldad que ni siquiera yo había contemplado.
—Nuestro hijo estaba a punto de casarse con esa mujer barata —la señora Alcázar escupió cada palabra con odio contenido—. Lo manipuló, lo alejó de nosotros, le lavó el cerebro. La queremos destruida. Usted nos entenderá, señor Rocamonte… En los negocios, cuando hay una piedra en el camino que amenaza nuestros planes, se aplasta sin remordimientos.
Sentí cómo mis labios se apretaban en una línea dura. No era la primera vez que escuchaba algo así; en el mundo empresarial la compasión rara vez tiene cabida.
—Entiendo —respondí con voz grave, dejando que el silencio arrastrara la tensión unos segundos más.
La señora Alcázar se inclinó hacia adelante. Sus ojos eran fríos como cuchillas.
—Esa chica vendrá. La conocemos, buscará respuestas. Pero usted guardará silencio sobre el paradero del cuerpo de nuestro hijo. No le dará nada. Ni verdad ni consuelo.
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, maliciosa, calculadora. Y entonces lo vi con claridad: lo que para mí había comenzado como una tormenta empresarial podía convertirse en un acuerdo conveniente. Si aceptaba, me libraba de un problema inmediato y podía enfocar mis fuerzas en salvar lo realmente importante: la reputación de Grupo Rocamonte.
Me llevé la mano a la barbilla, como quien sella mentalmente una jugada ganadora en una partida de ajedrez.
—Está bien —dije con calma, modulando cada palabra como un pacto escrito en piedra—. Mantendré el secreto. Nadie sabrá dónde está el cuerpo de su hijo. Y la indemnización se tramitará exclusivamente para ustedes.
Clavé en ellos una mirada firme, con ese filo de advertencia que reservaba para quienes se atrevían a subestimarme.
—Pero recuerden: espero la misma discreción de su parte. No olviden que el primer señalado por negligencia ha sido él. Y, si intentan algo contra mí… —mi voz bajó, grave, con una frialdad que heló la sala—, no duden que pelearé, porque estoy seguro de que este accidente tiene una explicación y voy a encontrarla.
Los acompañé hasta la puerta, despidiéndome con la cortesía de un anfitrión intachable, aunque dentro de mí bullía un cóctel de tensión y triunfo contenido. Los vi marcharse con la certeza de que no deseaba volver a cruzarme con ellos jamás.
…
Ana Paula Lago
Ya habían pasado tres días desde el derrumbe en la Plaza Antara. Tres días en los que la vida se había detenido para mí.
El cuerpo de mi prometido seguía desaparecido; era el único que faltaba por encontrar y, aunque intentaba aferrarme a la idea de que aún estaba vivo, mi mente me traicionaba con imágenes crueles, pensamientos oscuros que me destrozaban por dentro.
Mis padres insistieron en venir a verme, pero no podía permitir que me vieran hecha pedazos. No soportaría sus miradas de compasión. En cambio, Laura, mi hermana mayor, había estado viniendo cada tarde con mis sobrinos, tratando de arrancarme sonrisas que no encontraba en ninguna parte. Ella me ofreció quedarme en su casa unos días, rodeada de su familia, pero rechacé la idea de inmediato. No quería salir de aquí.
Este departamento era lo único que me unía a Carlos. Su aroma todavía impregnaba las sábanas; su ropa permanecía colgada en el clóset como si en cualquier momento fuera a entrar y vestirse para ir a trabajar. Me tumbaba sobre su lado de la cama durante horas, abrazada a su almohada, fingiendo que aún estaba conmigo. Era un autoengaño doloroso, pero era lo único que mantenía mi corazón latiendo.
Había dejado de ir a la clínica. Lili, mi amiga y compañera de guardias, movió cielo y tierra para que me tomaran esas ausencias como vacaciones adelantadas. Se lo agradecía desde lo más profundo de mi alma; ella era como una hermana para mí. Pero ni siquiera esa preocupación lograba aliviar el vacío que sentía. Vivir sin Carlos me parecía imposible. Era como pedirle a una flor que siguiera respirando sin sol.
Las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo mientras me hacía «bolita» en la cama, abrazada con desesperación a lo único que me quedaba de él. Mis ganas de vivir se desvanecían poco a poco, y solo la esperanza de que aún estuviera vivo me mantenía aquí.
El sonido de mi celular irrumpió en medio del silencio. Me sobresalté, secando como pude mi rostro húmedo. Era Laura.
—¿Ana? —Su voz sonaba seria, contenida—. En el canal nueve está ahora mismo una conferencia de prensa sobre el derrumbe. Quien está hablando es el dueño de la constructora.
Tragué saliva, intentando aclarar mi garganta.
—Gracias por avisarme —respondí con un hilo de voz antes de colgar.
Me quedé un instante inmóvil, con el celular apretado contra el pecho. Después lo solté lentamente sobre la cama. Una mezcla de miedo y ansiedad me recorrió por completo. Tal vez allí, en esas palabras transmitidas en vivo, encontraría las respuestas que necesitaba… o tal vez terminaría de perder la poca esperanza que aún me quedaba.
