Capítulo 46

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Habían pasado poco más de dos horas desde que Rosario me trajo aquel bocadillo. El restaurante, que antes estaba casi vacío, había vuelto a llenarse. Era la hora de la comida y se notaba en el bullicio, en el olor a tortillas recién hechas, a carne asada y en las charlas que se cruzaban de mesa en mesa. Yo me mantenía en mi rincón, con la mirada distraída, jugando con la taza de café que me habían rellenado un par de veces.

De pronto, la risa fuerte de tres hombres en una mesa cercana llamó mi atención. Reían a carcajadas, con la boca llena, chocando los vasos como si celebraran algo. No pude evitar sonreírme apenas; parecían tan despreocupados, tan alegres, tan… 

De repente, todo cambió. Uno de ellos, un hombre delgado de unos cuarenta años, dejó de reír bruscamente y empezó a toser con desesperación. Primero fue un sonido ronco, luego se convirtió en un jadeo estrangulado. Su cara se puso roja en cuestión de segundos. Los dos amigos saltaron de sus sillas con alarma.

—¡Juan! —gritó uno de ellos, sin saber qué hacer.
—¡Respira, hombre! —dijo el otro, con las manos temblorosas en el aire.

El afectado se llevaba ambas manos al cuello, intentando inútilmente jalar aire. Su mirada era de puro pánico.

No lo pensé. No podía quedarme quieta. Un impulso me levantó de golpe, la silla rechinó contra el piso, y mis pasos me llevaron hasta él. Sentí cómo la adrenalina me recorría el cuerpo, borrando el cansancio y la incertidumbre de las horas anteriores.

—¡Déjenme ayudarlo! —dije con firmeza.

El hombre estaba demasiado delgado, así que pude rodear su torso con facilidad. Coloqué mis brazos alrededor de su abdomen, justo debajo del esternón, y apreté con fuerza hacia arriba. Una, dos, tres veces.

—¡Vamos, respira! —susurré con los dientes apretados, mi corazón golpeando como un tambor en mi pecho.

La gente alrededor se había levantado. Escuchaba murmullos, sillas moviéndose, platos chocando. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Y entre ese murmullo, la voz clara de Rosario sobresalió:

—¡Ella es doctora, déjenla trabajar!

Eso me dio aún más fuerza. Volví a presionar con determinación, sintiendo la rigidez del cuerpo del hombre que se debatía entre la vida y el vacío de aire. En el cuarto intento, finalmente expulsó un pedazo de carne atorada, que cayó al suelo con un sonido húmedo.

El cuerpo del hombre se arqueó violentamente, apoyando ambas manos sobre la mesa, jadeando con desesperación. Su rostro estaba rojo, empapado en sudor, pero poco a poco fue recuperando el color.

Yo lo miraba atenta, aún con la respiración agitada, sin soltarlo del todo, lista para actuar de nuevo si era necesario. Pero entonces lo escuché inhalar profundo, su pecho se expandió y soltó un suspiro largo, casi quebrado.

—Ya… ya estoy bien —logró decir con voz ronca.

Uno de sus amigos le dio palmadas en la espalda, tenía ojos enrojecidos del susto.
—¡Nos diste un maldito infarto, Juan!

El otro miró hacia mí, y después se inclinó un poco, casi en reverencia.
—Gracias… muchas gracias, doctora.

Sentí el calor en las mejillas, más por la tensión que por el halago. Solo asentí, todavía recuperando el aire yo misma.

El hombre se giró hacia mí, con la voz temblorosa.
—Me… me salvaste la vida.

Yo le sonreí con suavidad, intentando calmarlo.
—Tuviste suerte, pero también fuiste fuerte. Ahora descansa, no te esfuerces demasiado.

A mi alrededor la gente me observaba con una mezcla de sorpresa y admiración, todos comenzaron a aplaudir. Rosario, con una sonrisa orgullosa, me miraba como si de repente yo ya no fuera una extraña, sino un ángel  caído del cielo.

Todavía sentía el corazón desbocado por la tensión de haber salvado a aquel hombre. Mis manos temblaban ligeramente, los murmullos de la gente a mi alrededor me parecían lejanos, como si estuviera bajo el agua.

Entonces escuché una voz grave y profunda, que me recorrió la piel como un escalofrío.

—Lo has hecho muy bien, Doc. Has salvado a ese hombre.

Me quedé paralizada. Reconocería esa voz en cualquier lugar. Mis ojos se abrieron enormes y, con un vuelco en el pecho, giré lentamente.

Ahí estaba él. Roberto Abad. De pie, imponente, con esa sonrisa ladeada que parecía tan segura de sí misma como desconcertante. El aire se me atoró en los pulmones. Sentí mis labios temblar sin poder controlarlo.

No pensé. Simplemente, corrí hacia él y me lancé a sus brazos. Lo sentí tensarse apenas un segundo, y luego estrecharme fuerte, con decisión, pegándome a su pecho. Ese contacto me quebró por dentro. Solté un sollozo ahogado contra su camisa, inhalando su aroma varonil, mezcla de colonia discreta y algo más suyo, único.

—Gracias por venir por mí… —murmuré entre lágrimas, las palabras apenas escapándose de mis labios.

No sé si fue mi imaginación o si de verdad sucedió, pero juraría que sentí un roce cálido en mi frente, un beso fugaz que me derritió por dentro. Cerré los ojos, queriendo quedarme ahí, en ese instante donde me sentía segura.

Pero entonces la realidad me golpeó. Ese era Roberto Abad. No mi amigo, no mi familia… apenas un conocido. Un paciente. Abrí los ojos de golpe y me separé de manera abrupta, como si sus brazos fueran fuego. Él me observaba en silencio, con esa intensidad en la mirada que me hacía sentir desnuda.

Tragué saliva y me giré hacia Rosario, buscando refugio en su calidez. Me quité la chamarra que ella me había prestado y se la entregué con cuidado.
—Gracias por todo, Rosario… por haberme ayudado en un momento en el que no tenía a nadie. Guardaré su recuerdo en mi corazón. Y le prometo que si algún día paso de nuevo por esta carretera, vendré a visitarla.

La abracé con fuerza, y sentí cómo su cariño sencillo me calmaba. Luego, tomé aire y señalé hacia Roberto.
—Él es Roberto Abad, y ella es Rosario… la dueña de este restaurante. Ella fue quien me prestó el teléfono.

Rosario sonrió, encantada, mientras Roberto, con ese aire de hombre de mundo, sacó de su saco un fajo de billetes y lo extendió hacia ella.
—Por haberla cuidado.

Rosario lo miró con extrañeza, casi ofendida.
—No, joven… lo hice de corazón. No tiene por qué pagarme.

—Rosario —intervine suavemente—, acéptelo, por favor. Es nuestro agradecimiento.

Ella me miró un segundo, leyéndome, y al final asintió, recibiendo el dinero con una sonrisa resignada. Entonces, con curiosidad viva en los ojos, volteó hacia Roberto.
—¿Es su novio? ¿O su esposo?

Sentí el cuerpo de Roberto tensarse, y vi cómo sus ojos se abrían ligeramente, sorprendido. Una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo. La respuesta salió de mis labios más rápido de lo que pensé, tajante pero temblorosa:
—Él no es mi novio ni mi esposo. —Tragué saliva—. Es… un paciente. Un conocido.

El silencio pesó un instante. Rosario pasó la mirada de él a mí, con un brillo pícaro en los ojos, antes de asentir despacio.
—Entonces cuídela mucho, señor, Lily es una joven muy especial, una mujer que salva vidas.

Roberto clavó la vista en mí, como si mi piel pudiera absorber la promesa que escapó de su boca.
—Por supuesto que lo haré.

Me estremecí entera.

Nos despedimos de Rosario, y justo antes de salir, el hombre al que había salvado se acercó, con los ojos aún húmedos.
—Gracias, doctora. Usted me devolvió la vida.

Antes de que pudiera responder, sentí un roce firme en mis hombros. Me quedé inmóvil, sorprendida, cuando Roberto se quitó la cazadora y me la colocó con una naturalidad abrumadora, cubriéndome con su gesto protector. El calor de su chaqueta, impregnada con su aroma, me envolvió de inmediato.

Me giré a verlo, y encontré esos ojos oscuros, intensos, clavados en mí como si acabara de marcar un territorio invisible frente a todos.

Sonreí con suavidad al hombre que me agradecía.
—No tiene que agradecer —murmuré, mi voz más dulce de lo que esperaba—. Siempre que pueda, lo haré por cualquier persona… donde esté.

El hombre asintió con una gratitud infinita, pero yo apenas lo vi. Porque mis ojos no podían despegarse de los de Roberto.

Él no dijo nada, pero su mirada hablaba demasiado: era fuego, era un reclamo silencioso, él me deseaba, lo sabía, ya me tenía en su mira si no, no encontraba otra razón por la que hubiera venido hasta aquí en lugar de decirle a Ana. Contra todo lo que me dictaba la razón, sentí cómo mi respiración se agitaba, como si con solo mirarnos estuviéramos rozando una línea peligrosa.

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio