Capítulo 20
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Roberto Abad Rocamonte
La doctora cerró la puerta detrás de mí con un chasquido seco. Su expresión profesional intentaba ocultar la incomodidad que le provocaba tenerme tan cerca, pero yo ya había aprendido a leer lo que otros no querían mostrar.
—Suba a la báscula. Le tomaré la talla y el peso —ordenó con tono firme.
Alcé una ceja, ladeando apenas la boca con un gesto incrédulo.
—¿En serio?
—Es el protocolo —contestó con frialdad, aunque noté que su voz vaciló apenas un segundo—. También le tomaré los signos vitales, por si es necesario recetarle algún medicamento. Ese golpe en el labio no tiene buen aspecto.
Di un paso hacia adelante, invadiendo su espacio a propósito, disfrutando de la forma en que se tensaban sus hombros cada vez que me acercaba.
—Ahora póngase aquí —continuó, señalando la báscula de pie—. Con la espalda recta, los talones juntos. Mire hacia adelante, por favor.
Obedecí con una sonrisa burlona. La vi subirse a una pequeña escalera y tuve que contener una carcajada. La escena tenía algo de cómico, sí… pero también algo fascinante. Ella, tan menuda, intentando dominar a alguien como yo.
—¿Por qué los hombres siempre tienen que ser tan altos? —murmuró mientras medía mi estatura—. Uno ochenta y siete —anunció, sorprendida—. ¡Es casi un gigante!
—O quizá tú eres demasiado pequeña —susurré, inclinándome apenas lo suficiente para que pudiera sentir mi aliento cerca del oído.
Vi cómo se estremecía, aunque se recompuso de inmediato.
—De acuerdo… ahora siéntese en la camilla. Remánguese el antebrazo. Vamos a tomarle la presión y la temperatura.
Me dejé guiar, sin apartar la mirada de ella en ningún momento. Colocó el baumanómetro en mi brazo y el termómetro en mi boca con movimientos rápidos y precisos, pero el leve roce de sus dedos sobre mi piel encendió algo que no pude ignorar.
El aparato emitió un pitido. Sus ojos se abrieron apenas al ver el resultado.
—Dios mío… para alguien tan en forma, su presión está muy alta. Ciento cincuenta y ocho sobre noventa y nueve. Después de la pelea ya debería haber bajado. ¿Aún siente la adrenalina?
Negué despacio, sin romper el contacto visual.
—Esa pelea no fue nada para mí —respondí con una sonrisa ladeada.
Ella me observó como si intentara descifrarme, con esa mezcla de juicio y curiosidad que tanto me divertía.
—Así que usted es la oveja negra de la familia… el villano de la historia —comentó con un dejo de ironía.
Reí por lo bajo.
—Si la historia está mal contada, doctora, puede apostar a que siempre me pintarán como el villano.
Alzó una ceja, retándome.
—Bien, señor Abad Rocamonte. Es la primera y la última vez que le pediré que se aleje de mi amiga Ana. He visto cómo la mira y sé reconocer a los hombres de su clase. No quiero que vuelva a sufrir.
Tragué saliva, pero no borré la sonrisa. Incliné la cabeza hacia ella, reduciendo la distancia y disfrutando del leve temblor de su respiración.
—Entonces tú eres la amiga sobreprotectora… —dejé caer las palabras con voz grave y pausada—. Y si me acerco o no a tu amiga… no es asunto tuyo. Pero ya que la mencionas, sí, pienso acercarme a ella. Me interesa. Solo estaba esperando a que se repusiera de su pérdida.
Sus labios se entreabrieron, incrédulos.
—En primer lugar, Abad —replicó, alzando la voz y presionando el dedo índice contra mi pecho—, yo no soy una amiga sobreprotectora. Mi cariño por Ana es genuino. Nos conocemos desde la universidad. Si la cuido es porque la quiero.
Sonreí ante su valentía. Ese dedo apoyado sobre mi pecho ardía como si fuera una caricia disfrazada de reproche. Incliné apenas un poco más la cabeza, dejando mi voz a escasos centímetros de su boca.
—Entonces tendrás que cuidarla de mí… muy de cerca.
El aire entre nosotros se volvió pesado, cargado, como si la habitación entera esperara a ver quién cedería primero.
La doctora Lilian abrió un pequeño gabinete metálico y sacó una bandeja de acero con gasas, un frasco de antiséptico, guantes y unas pinzas. El sonido del metal al chocar entre sí me arrancó una sonrisa burlona.
—¿Planea curarme o torturarme? —murmuré, reclinándome en la camilla con gesto desafiante.
—Depende de qué tan bien se porte —replicó sin mirarme, colocándose los guantes con movimientos firmes y precisos.
Se acercó, inclinándose hacia mí con la concentración puesta en mi labio. El aroma suave de su perfume me envolvió, mezclado con el olor del antiséptico que vertió sobre una gasa. Apenas rozó la herida y solté un siseo de dolor, echando la cabeza hacia atrás.
—¡Qué diablos! Eso arde como el infierno.
—Pues claro, señor Abad. Es antiséptico, no agua bendita. Deje de moverse si no quiere que le quede una cicatriz más fea de la que ya tiene —me reprendió, sujetándome con firmeza del mentón para inmovilizarme.
Su mano, pequeña pero firme, me obligó a permanecer quieto. Sentí su piel cálida contra la mía, y el contraste con el frío del instrumental me arrancó un estremecimiento.
—¿Siempre trata así a sus pacientes? —pregunté en voz baja, casi en un susurro cargado de ironía.
—Solo a los que creen que son invencibles —contestó sin apartar la vista de la herida.
—Eso no es muy ético de su parte —repliqué.
Ella pareció ignorarme.
Apreté los dientes cuando presionó la gasa un poco más fuerte, pero no aparté los ojos de ella. Tenía el ceño fruncido, los labios apretados y una expresión de determinación que me resultaba peligrosamente atractiva. Me gustaban las mujeres que representaban un reto. Pensé que Ana lo sería, pero, a medida que pasaba el tiempo, parecía que mi interés iba cambiando de una amiga a la otra.
—Tranquilo, ya casi termino —añadió, tomando otra gasa limpia y aplicando una pomada con ayuda de una pinza.
El ardor disminuyó, pero el calor de su cercanía aumentó. Su rostro estaba a centímetros del mío, tan cerca que podía contar sus pestañas.
—¿Sabe? —murmuré con la voz más grave—. Creo que disfruta verme sufrir.
Ella rodó los ojos, aunque sus mejillas se tiñeron de un rubor que intentó disimular.
—No sea ridículo —dijo, colocando con cuidado una tira adhesiva sobre la pequeña abertura del labio—. Listo.
—Entonces… respecto a la presión, ¿qué medicamento debería tomar? —pregunté, más para provocarla que porque realmente me importara.
Ella ni pestañeó.
—Bueno, siempre existen medicamentos, pero eso es para casos que realmente los requieren. Tomar pastillas durante años puede causarle otros problemas. ¿Por qué poner un curita cuando podemos tratar el origen?
Me incliné hacia adelante, arqueando una ceja.
—¿Así que… qué recomienda?
La muy condenada se acercó tanto que pude aspirar su perfume dulce, embriagador. Lo sentí como un incendio bajo mi piel. Creí que iba a susurrarme algo sensato, pero no.
