Capítulo 80
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Lilian Caballero
Estaba furiosa. Y lo que le seguía.
Conduje hasta el departamento de Roberto con las manos tan tensas sobre el volante que mis nudillos se tornaron blancos. Mi asistente me había facilitado la dirección, y para mi mala suerte, vivía cerca, muy cerca de la zona donde vivíamos Ana y yo.
Cada kilómetro recorría con el corazón acelerado por la mezcla de rabia y decepción. Necesitaba saber la verdad.
Necesitaba saber si él había sido capaz de golpear a Arturo de aquella manera tan brutal.
Si era así…
Me iba a escuchar.
Esta vez no pensaba contenerme.
No después de haber confiado en él, de haber creído que realmente había cambiado.
Apreté los dientes. Otra vez estaban jugando conmigo, y yo no iba a permitirlo.
Respiré hondo cuando estuve frente a su puerta. Tragué saliva, sintiendo cómo el aire me pesaba en el pecho. No sabía qué iba a encontrar al verlo, ni hasta dónde llegaría su lado más oscuro si lo enfrentaba. Pero ya no había vuelta atrás.
Toqué el timbre.
El sonido apenas terminó cuando la puerta se abrió.
Y ahí estaba él.
Despeinado, con la camisa blanca desabotonada hasta media altura, dejando entrever la línea firme de sus abdominales que descendía en una delgada franja hasta desaparecer bajo el pantalón. Su corbata colgaba deshecha alrededor del cuello.
Mis ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo antes de que pudiera evitarlo. Y cuando volví a su rostro, esa sonrisa suya —coqueta, insolente— me golpeó directo al orgullo.
—Hola… —murmuró, apoyándose en el marco de la puerta con una calma que me crispó los nervios—. Qué agradable visita.
Su voz era grave, ronca, cargada de esa maldita seguridad que siempre lograba desarmarme. Dio un paso hacia mí e inclinó la cabeza, dispuesto a besarme.
Pero me aparté a tiempo.
Pasé por debajo de su brazo y entré en su departamento sin esperar invitación. Sentí su mirada en mi espalda, desconcertada primero, desafiante después.
Roberto arqueó una ceja, cerrando la puerta con un golpe suave que resonó en el silencio.
—Pensé que entre tú y yo había algo —dijo con tono bajo—. La última vez nos besamos, ¿recuerdas?
Fruncí el ceño.
Si mis ojos pudieran matar, ya habría caído al suelo.
Di un paso hacia él. Luego otro. Hasta que solo un suspiro nos separaba.
—¿Quieres decirme por qué Arturo apareció afuera del departamento… golpeado e inconsciente? —mi voz tembló apenas, entre la furia y la necesidad de saber.
El cambio en su rostro fue notorio. La sonrisa desapareció.
Su mandíbula se tensó. Su respiración se volvió más lenta, más pesada.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda… no solo por miedo, sino por lo que su presencia despertaba en mí, incluso en medio del enojo.
Después aclaró la garganta, intentando sonreír con nerviosismo. Y bastó ese pequeño gesto para saberlo. Él lo había hecho.
—Primero que nada, déjame aclararte que lo que pase entre Arturo y yo, no debe afectar nuestra relación —dijo, con esa voz grave y pausada que solía usar cuando quería calmarme.
Solté una risa seca, cargada de ironía.
—Primero que nada, tú y yo no tenemos una relación. Y no creo que la tengamos en el futuro. No puedo creer que después de todo sigas siendo el mismo hombre al que no le importa nada ni nadie… —sacudí la cabeza, sintiendo cómo la decepción me apretaba el pecho—. Me decepcionas.
El cambio en su mirada fue inmediato. Esa oscuridad peligrosa volvió a sus ojos, y su mandíbula se tensó con tal fuerza que me obligó a dar un paso atrás. Podía sentir su enojo, su orgullo herido.
—¿Por qué lo defiendes tanto? —espetó, con voz ronca—. Ni siquiera sabes cómo pasaron las cosas. Él fue quien me buscó primero.
Dio un paso hacia mí, señalándose el rostro—. ¿O no ves esto? ¿Acaso este golpe es invisible?
Lo observé con atención.
Tenía razón… el labio partido, y un moretón apenas perceptible en el pómulo derecho.
Pero antes de que pudiera decir algo, soltó la bomba.
—¿Te gusta mi hermano?
—¿Qué dices? —pregunté, incrédula, el corazón dándome un vuelco.
¿Qué clase de pregunta era esa?
Roberto se acercó aún más, hasta quedar tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Su mirada me taladraba, exigiendo una respuesta.
—Te pregunté si te gusta mi hermano, Lilian.
Alcé la barbilla, dispuesta a no dejarme intimidar.
—Estás loco… ¿Cómo se te ocurre pensar eso? Arturo es el novio de Ana, y si me preocupa tanto es porque la veo sufrir. —Mi voz se quebró por la rabia. Me sentía atacada injustamente.
—Yo no soy Clara, Roberto. No soy como ella, que estuvo contigo y con tu hermano al mismo tiempo.
Vi cómo su rostro se endureció aún más.
Sus ojos, que hacía unos segundos ardían de celos, ahora se llenaron de indignación.
—A ella no la menciones. —Su tono fue un rugido bajo, contenido, pero lleno de furia.
Apreté los dientes. No sabía si era enojo o celos lo que me recorría las venas, pero cada vez que escuchaba ese nombre en su boca, algo dentro de mí se retorcía.
—¡La menciono porque quiero! —le grité con el alma encendida—. Porque sigues cargando ese rencor absurdo hacia tu hermano y no piensas en tu padre. Si él se enterara de lo que hiciste, podría morirse del disgusto. ¿No te importa?
Roberto respiró hondo, su pecho se elevó y descendió lentamente. Tragó saliva.
—Tú no sabes nada… —murmuró, desviando la mirada, como si por un segundo lo hubiera desarmado.
Mis ojos comenzaron a humedecerse, pero me negué a llorar delante de él.
—Lo único que sé —susurré con voz temblorosa—, es que no quiero estar con alguien como tú. —Di un paso atrás, mirándolo fijamente. —Nunca has sido completamente sincero. Te lo dije una vez, y te lo repito ahora: no voy a dejar que me hagan daño otra vez.
El silencio se hizo pesado.
Él me observaba con esa mezcla de rabia y deseo que solo él sabía mostrar…
Pasé de largo junto a él, decidida a marcharme, pero Roberto me tomó del brazo con fuerza, tirando de mí hasta aprisionarme entre sus brazos. Su agarre era firme, casi desesperado.
—Suéltame —le exigí, intentando zafarme, aunque mi voz tembló apenas al pronunciarlo.
—No te voy a soltar hasta que me escuches, Lilian —su voz retumbó grave, ronca, tan cerca de mi oído que me erizó la piel—. ¿Quieres que sea sincero, no?
Sus ojos estaban encendidos, oscuros, cargados de un dolor que no sabía si era rabia o desahogo.
—La única verdad —continuó—, es que desde que te conocí no puedo dejar de pensar en ti. Intenté olvidarte, pero no pude. —Se pasó una mano por el cabello, frustrado—. Hasta he hecho a un lado el recuerdo de Clara… por ti. Nunca lo había hecho por otra mujer, Lilian.
Su voz se quebró apenas, y mi corazón se apretó en el pecho.
—Lo intenté, juro que lo intenté. Quise ser mejor persona, pero si Arturo va y me provoca, voy a responderle. Tú no sabes lo que es que te hagan a un lado toda la vida… —su mirada se volvió vidriosa, vulnerable, como si se estuviera desarmando frente a mí—. Tuve que aceptar que ya no cuento para nada con mi padre. Que soy el desecho de mi familia. Abrí mi propia constructora solo para demostrar que podía hacerlo sin ellos.
Golpeó su propio pecho con rabia contenida.
—¿Crees que no me duele? ¿Crees que no me duele, escucharte decir que no quieres estar con alguien como yo? ¿Qué no lo valgo? —su voz se elevó, desgarrada—. ¡Pues vete entonces! ¡Vete! Porque para ti también soy una basura.
Mis ojos se agrandaron. Sentí cómo las lágrimas se acumularon hasta que una se deslizó por mi mejilla. No pude evitarlo. Sus palabras eran sinceras, crudas, dolientes. Me rendí ante ellas, ante él.
Lo abracé. Con fuerza.
—Yo… —susurré apenas, incapaz de decir más.
Nuestras respiraciones estaban agitadas, chocaban entre sí. No me atrevía a mirarlo a los ojos, porque si lo hacía… me perdería en ellos.
—Si hubiera querido hacerle daño en verdad a Arturo —gruñó con voz baja, ronca, el aliento tibio rozándome la sien—, créeme que no se lo hubiera enviado a Ana. Sabía que ella no iría corriendo con el chisme a mis padres. Arturo y yo siempre hemos sido así… No es la primera vez que nos peleamos. Y él tampoco es una blanca palomita.
Sus palabras me confundían.
Me sentía entre la espada y la pared. No conocía lo suficiente a Arturo como para juzgarlo, pero sabía que era bueno con Ana. Sin embargo… lo que Roberto decía tenía sentido. Eran hermanos, y los hermanos a veces se hieren sin medir las consecuencias.
Dios mío… ¿Por qué me importaba tanto lo que él dijera?
¿Por qué su voz me temblaba en el alma?
—Dijiste que te convertirías en un ángel si yo te lo pedía —murmuré con voz suave, suplicante, elevando la mirada hacia la suya, esperando que mis palabras tocaran esa parte buena que aún creía que existía en él.
Él suspiró, acariciando mi mejilla con una ternura que contrastaba con la fuerza de su cuerpo.
—Sí —asintió, mirándome con intensidad—. Si te quedas a mi lado, prometo hacer hasta lo imposible para que seamos felices. Sufro más que tú al verte llorar.
Su pulgar rozó mis labios, y luego me abrazó con más fuerza. Hundí mi rostro en su pecho, respirando su aroma, ese olor a madera, perfume caro y culpa.
—Por favor, no lo hagas más —le pedí entre sollozos—. Deja que Arturo haga su vida, y si te molesta, ignóralo. Hazlo por mí… por tus padres.
Lo escuché exhalar con pesadez. Sentí cómo su respiración se calmaba poco a poco, y su cuerpo se relajaba apenas.
—Lo haré… —susurró al fin, con la voz ronca—. Lo prometo. Porque no puedo con la idea de que te alejes de mí otra vez.
En ese instante supe que, por más que intentara alejarme, mi corazón ya lo había elegido.
