Capítulo 2
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Lo miré. Estaba junto al refrigerador, sacando una botella de jugo de naranja y dos vasos de cristal. Observé con detenimiento cada uno de sus movimientos. Carlos era imponente, 1.87 metros de pura fuerza y disciplina. Por las tardes, mientras yo cumplía guardias agotadoras, él solía ejercitarse, y su cuerpo era el reflejo de esa constancia. Su melena castaña clara siempre peinada hacia un lado, su sonrisa fácil, su porte con pantalón de mezclilla, camisa de cuadros y esas botas de seguridad que parecían parte de su esencia. Para mí, no existía hombre más apuesto en el mundo.
—Cosas sin sentido… —respondí, fingiendo indiferencia.
Nos sentamos en la barra del desayunador, uno al lado del otro. Me derretía con esos gestos suyos que parecían tan sencillos, como acercar su silla un poco más a la mía. Estaba locamente enamorada de ese hombre, y cada roce suyo era una caricia al alma. Mientras comíamos, sentí cómo su mano recorría mi espalda con suavidad, y no pude evitar sonreír.
—Mis padres me llamaron ayer. Quieren verme. ¿Crees que sea buena idea? —preguntó, con un tono grave y una mirada que buscaba refugio en la mía. En el fondo, sabía que los extrañaba aunque no lo admitiera.
Acaricié su mejilla con ternura.
—Son tus padres, amor. Tarde o temprano tendrás que verlos… aunque yo no les agrade.
Esbozó una leve sonrisa, aunque en sus ojos había algo que me inquietaba.
—Tal vez pase entre semana a verlos un momento.
Lo tomé de la mano, intentando leer lo que callaba.
—¿Qué te preocupa? Sabes que puedes confiar en mí para todo.
En lugar de responder, unió sus labios a los míos. Ese beso tenía un peso distinto, como si quisiera grabar en mi memoria cada segundo.
—He estado pensando en nuestra boda —dijo después, con una determinación que me estremeció—. Dijimos que lo haríamos despacio, con calma, pero… ¿y si no esperamos más? Tenemos el dinero, ¿por qué no casarnos en dos o tres meses? Nada ostentoso, algo solo para nosotros. Quiero que seas mi esposa, Ana. Quiero que mis padres lo acepten de una vez por todas. Y más que eso… quiero una familia contigo, quiero envejecer y morir a tu lado.
Un nudo se me formó en la garganta.
—Amor… —susurré, sintiendo cómo mis ojos se humedecían de emoción. Bajé de la silla alta y lo abracé con toda la fuerza de mi amor. Me aferré a él como si pudiera detener el tiempo, como si mi corazón se ensanchara demasiado para contener tanto sentimiento. —Te amo —susurré contra su cuello.
Carlos acarició mi cabello, y luego tomó mi rostro entre sus manos, mirándome con los ojos brillantes de felicidad. Acepté. No importaba la fecha ni los preparativos, lo único que deseaba era estar a su lado.
—Tengo que irme —dijo con una sonrisa traviesa—. No olvides la cena de esta noche… ni lo que haremos después. —Me guiñó el ojo antes de besarme rápido y salir rumbo a su trabajo.
Me quedé sola en el departamento, todavía con el sabor de su beso en los labios. Caminé de regreso a la cama, exhausta. Llevaba casi dos semanas trabajando jornadas de doce horas sin descanso, y mi cuerpo empezaba a resentirlo. Me recosté, cerré los ojos y pensé en la vida que estábamos construyendo, mi sueño más grande era casarme con Carlos, era el amor de mi vida y soñaba con que formáramos una familia.
Carlos Alcázar
Conduje directo hacia la obra de Plaza Antara, el proyecto más ambicioso en el que había participado hasta ahora. Ese lugar lo era todo para mí: un reto, una oportunidad y, de alguna manera, la prueba de que había tomado el camino correcto. Cuando me asignaron la responsabilidad pensé que era demasiado pronto, que tal vez no estaba listo. Había pasado varios años de mi vida trabajando en la empresa familiar, una fábrica de productos enlatados, soñando con planos y maquetas en silencio, mientras mi padre esperaba que siguiera su legado.
Pero entonces apareció Ana.
La primera vez que la vi fue en un bar cualquiera, una noche cualquiera, y aun así todo cambió para siempre. Ella trabajaba como mesera para pagarse la universidad; estaba a punto de graduarse de médico general. No había nada en ella que encajara con el molde que mis padres tenían en mente para mí. Para ellos, Ana era un error, un capricho pasajero, alguien sin el “estatus” que la familia Alcázar merecía. Le ofrecieron dinero para dejarme, la amenazaron con arruinar su carrera. Y aunque por miedo se apartó de mí un tiempo, luché por recuperarla. Porque desde el primer instante supe que era ella, la mujer con la que quería vivir y morir.
Ahora vivíamos juntos, felices, construyendo un futuro que solo nos pertenece a nosotros. Mis padres habían intentado todo para hacerme regresar: llamadas, chantajes, recordatorios de que yo era su único hijo varón y que debía continuar con la empresa. Pero mientras no aceptaran a Ana, jamás volvería. Que mis hermanas no hubieran sabido qué hacer con sus vidas no era mi responsabilidad.
En los últimos días, sin embargo, una idea no dejaba de rondar mi cabeza: adelantar la boda. Una vez casados, ya no habría vuelta atrás. Sería mi declaración al mundo y, sobre todo, a mi familia: Ana no era una elección pasajera, era mi destino.
Al llegar a la obra, revisé la lista de tareas pendientes. La prioridad era el lado este: retirar sobrantes, asegurar andamios, dejar todo limpio y en orden. Observé la estructura imponente elevándose hacia el cielo y, por un instante, imaginé a Ana allí conmigo, sonriendo orgullosa de lo que estábamos logrando.
Reuní a los trabajadores, levantando la voz para que todos me escucharan:
—¡Vamos, vamos! Con ganas, muchachos, que hoy es sábado y todos queremos llegar temprano a casa.
La verdad era que yo era el más impaciente de todos. Quería volver a nuestro departamento, cenar con Ana, verla sonreír, sentirla entre mis brazos. Ella era mi paz después de tanto ruido, mi certeza después de tantas dudas.
Miré una última vez los planos que llevaba en la carpeta.
