Capítulo 51
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Lilian Caballero
Roberto salió del baño con apenas una toalla amarrada a la cintura. Las gotas de agua resbalaban por su pecho desnudo, recorriendo los surcos bien definidos de su abdomen hasta perderse bajo la tela blanca. Nuestras miradas se encontraron por un segundo, y sentí cómo un cosquilleo me recorrió desde el cuello hasta el vientre.
—No pediste ropa para ti —le recordé, intentando sonar casual, aunque mi voz me traicionó con un temblor apenas perceptible.
No pude evitar que mi mirada descendiera, siguiendo la línea de sus músculos tensos, su piel ligeramente bronceada y el vello que desaparecía bajo la toalla. Era demasiado atractivo… y lo sabía. Admitirlo me dolía un poco, pero también me encendía. Por eso estaba aquí, ¿no? Para tener una noche inolvidable, un polvo que se quedaría grabado en mi memoria, solo mío, solo de esta noche.
Él sonrió, con esa expresión ladina que parecía tallada para provocar.
—Yo no necesito ropa, de todos modos me la voy a quitar.
Su tono cargado de sarcasmo me hizo querer lanzarle algo a la cara… o tal vez lanzarme yo misma contra él. Tragué saliva. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, un calor húmedo empezó a formarse entre mis piernas solo con pensar en ese bulto bajo la toalla y lo que podría hacerme. Maldición. Me di la vuelta, buscando refugio en el baño antes de que la cordura se me escapara por completo.
El agua caliente me recibió como un abrazo, relajando mis músculos, pero no mi mente. Cerré los ojos y, sin quererlo, la imagen de Miguel irrumpió entre la neblina del vapor. Nosotros abrazados, riendo, planeando un futuro que ya no existía. Mañana él se iría a Europa para hacer su doctorado, mientras yo me quedaría aquí… rehaciendo mi vida. Ni siquiera me preguntó si quería ir con él, si tenía sueños más allá del hospital o si deseaba algo más. Quizá creyó que mi lugar estaba aquí, bajo la sombra del apellido de mi familia, en el hospital San José que mi padre me había confiado, o en la empresa de equipo médico que llevaba su nombre.
Suspiré. Ya nada de eso importaba. A partir de hoy, sería una mujer libre. Sin promesas, sin ataduras, sin hombres que decidieran por mí.
Apagué el grifo, tomé una toalla y abrí la puerta apenas unos centímetros. Desde allí, lo vi sentado en una de las sillas frente al televisor, el brillo azul del móvil reflejándose en su rostro. Parecía tranquilo, seguro, dueño del espacio… y de mis pensamientos. Extrañamente, esa imagen me provocó un vacío en el estómago.
—¿Ya vinieron los del servicio a traer la ropa? —pregunté, alzando la voz desde la puerta del baño.
Roberto levantó la vista, y una sonrisa divertida se dibujó en sus labios antes de clavar su mirada coqueta en mí.
—Aún no —dijo con un deje de burla en la voz—, pero por qué no sales… no me digas que te da vergüenza, doctora. De todos modos, te quitaré la ropa.
Descarado.
Sentí cómo una corriente eléctrica me recorrió al escuchar esa última frase. Su voz era grave, casi un ronroneo, una provocación velada que me hizo apretar los labios para no sonreír.
Empezaba a entenderlo. Roberto disfrutaba provocando. No buscaba apresurar las cosas; parecía divertirse viendo cómo mi paciencia se desmoronaba poco a poco.
Doy apenas un paso hacia la habitación cerrando la puerta del baño a mi espalda.
—Tal vez sea el destino el que quiere que andemos desnudos por la habitación —suelta con sorna.
Alzó una ceja no creyendo que acepté venir a pasar la noche con este tipo tan ególatra. Si no fuera porque está buenísimo, ya lo hubiera mandado a freír espárragos.
Lo fulmino con la mirada.
—¡Que graciosito señor Abad! —exclamo.Roberto se puso de pie con la clara intención de venir hacia mi pero en ese instante, tocaron la puerta. Suspire de alivio. —¡Ve, yo no iré asi en toalla!
Roberto pone los ojos en blanco a diferencia de mi, no creo que a él le de vergüenza que lo vean semidesnudo.
Abre la puerta y la chica del servicio trae un carrito repleto de cosas, ahora creo que el tiempo que tardo en venir ha valido la pena. Estoy a un par de metros de Roberto pero el ángulo de mi mirada me deja observar como la chica lo escanea con la mirada deteniéndose en los músculos de su abdomen, sin descaro ni reparación sonríe coqueta, pero cuando nuestras miradas se cruzan ella desvía su mirada rápidamente.
Aclara la voz nerviosa.
—Señor, aquí tiene todo lo que pidió —dice con voz agitada.
—Gracias, ha sido muy amable, me encargaré de dejarle una buena propina
—sonrió, ella lo hace también y se sonroja.
—Cualquier cosa que se le ofrezca no dude en llamarme, señor.
—Sí, necesito ropa para mí, un par de cambios, soy talla 34, solo que por ahora no quiero que nadie nos moleste, la trae mañana a primera hora, yo llamaré a recepción.
La chica asiente.
Roberto mete el carrito de servicio al cuarto y cierra la puerta.
—La chica te devoraba con la mirada —suelto con una sonrisa burlona, cruzándome de brazos.
—La vista es algo muy natural, ¿no? —esbozó con diversión, acusandome con la mirada. Roberto sonrió apenas, como si hubiera entendido algo que yo me negaba a admitir. —Además, nos ha hecho el favor de traer todas estas cosas.
Comenzamos a hurgar entre las cosas, los bolsos con ropa los pongo sobre la silla y la comida la dejamos arriba en el carrito. Todo estaba muy bien organizado, había traído una cubeta con hielo, una botella de champán, dos copas, varias charolas con bocadillos, mini sandwiches con aceitunas, salami, jamón cerrano, frutas, miel, fresa, chocolate derretido y frutos secos, todo un manjar.
Roberto se detuvo frente a mí. La luz tenue del cuarto resaltaba el brillo húmedo de su piel aún tibia por la ducha. Con un movimiento pausado, tomó una fresa del plato y la sumergió en la fuente de chocolate. La vio girar lentamente, cubierta por la mezcla oscura que goteaba espesa sobre sus dedos.
Yo no podía apartar la vista. Cada gesto suyo tenía algo hipnótico, calculado. Llevó la fresa a los labios y mordió la mitad, dejando escapar un leve sonido gutural que hizo que mi respiración se acelerara. Todo el tiempo, sin parpadear, me observaba.
Un estremecimiento recorrió mi espalda.
—¿Y bien? ¿Comenzamos? —preguntó, ofreciéndome la otra mitad de la fresa con una media sonrisa cargada de intención.
Ya no pude resistirme. Era hora de dejarme arrastrar por ese juego. Tomé la fruta entre mis dedos, y cuando la mordí, el dulzor se mezcló con el calor de su mirada.
No alcancé a tragar cuando Roberto reclamó mis labios con una pasión que me robó el aliento.
—Pensé que comeríamos algo antes… —murmuré, relamiéndome los labios, aun saboreando el chocolate.
—No necesito comida si te tengo a ti —contestó con voz grave, tan cerca que sentí el roce de su aliento en mi piel.
Su mirada se ensombreció y, en un parpadeo, su boca volvió a encontrar la mía, esta vez con una posesión que me dejó sin defensa. Su brazo me envolvió por la cintura, atrayéndome con una fuerza que hizo que mi cuerpo encajara con el suyo como si siempre hubiera pertenecido ahí. La otra mano se posó en mi cuello, firme, guiando el ritmo, marcando territorio.
Mi corazón golpeó con fuerza en mi pecho mientras su lengua invadía mi boca, reclamando cada espacio. Me dejé llevar por la vorágine, por el sabor a fresa y deseo que se mezclaba en el aire.
Un jadeo ronco escapó de su garganta, vibrando entre nosotros. Ese sonido bastó para que mi cuerpo reaccionara instintivamente: mi piel ardía, mi respiración era un temblor, y el calor entre mis piernas se volvió insoportable.
Un jadeo grave escapó de su garganta y sentí cómo todo mi cuerpo respondía antes que mi cabeza. Nunca un simple beso había conseguido desarmarme de aquella manera.
La mano que antes sostenía mi cuello descendió hasta unirse con la otra en mi cintura, marcando cada curva con su tacto firme. Abandonó mis labios para dejar un rastro de besos encendidos a lo largo de mi mandíbula, intercalando suaves mordiscos que me arrancaron pequeños gemidos.
Tiró con suavidad de mi cabello húmedo y revuelto, obligando mi cabeza a inclinarse hacia atrás, dejándome expuesta ante su boca hambrienta.
Cuando sus labios encontraron mi cuello, una corriente eléctrica me recorrió de arriba abajo. Su lengua se deslizó por mi piel con lentitud calculada, enviando chispazos de placer a cada rincón de mi cuerpo.
No podía pensar, ni hablar. Solo sentir.
