Capítulo 14
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Roberto Abad Rocamonte
Conduje rumbo a la mansión de mis padres, el volante firme entre mis manos y la mente divagando en mil planes. El accidente en la constructora había sido un golpe certero, casi providencial. Ni siquiera tuve que planearlo; simplemente sucedió. Arturo no tendría escapatoria esta vez: la prensa lo despedazaría, los inversionistas le darían la espalda y yo… yo estaría allí, recogiendo los pedazos de su imperio para forjar el mío.
Sonreí con ironía.
El destino parecía, al fin, inclinarse de mi lado.
Y no solo por el desastre en la obra. La doctora Lago había aparecido en el momento justo. Tan ingenua, tan rota por la tragedia… y, sin embargo, con esa fuerza escondida en la mirada que ni ella misma parecía reconocer. Si lograba ganarme su confianza, podría arrastrarla a mi bando, usar su credibilidad y su dolor como armas contra mi hermano.
Un plan perfecto.
O casi.
El móvil sonó, sacándome de mis pensamientos. Al ver el nombre en la pantalla, mi gesto se endureció. Contesté de mala gana.
—¿Qué es lo que quiere, Beraín? —espeté con fastidio.
La voz del hombre rugió del otro lado.
—Te advierto, Roberto, que voy a demandar a la constructora. ¡Voy a refundir a tu hermano en la cárcel por hacerme perder tanto dinero! La reputación de mi plaza comercial está arruinada. Invertí todo lo que tenía. Voy a cobrar el seguro y no me detendré hasta destruirlos.
Apreté los dientes. Ese imbécil siempre había tenido la habilidad de exasperarme; era tan exigente como insoportable.
—Haga lo que le dé la gana. Demande a Arturo, arrástrelo a prisión, quémelo vivo si quiere. A mí no me importa.
El silencio del otro lado duró apenas un segundo antes de que respondiera con furia.
—¡Voy a dejar a toda tu familia en la quiebra!
Sonreí con frialdad, con ese sabor metálico que deja la victoria anticipada.
—Ajá… adiós.
Corté sin darle oportunidad de decir nada más.
Ese hombre pensaba que yo iba a suplicarle, que iba a arrastrarme para evitar una demanda. Patético. Como si me importara. Esa empresa nunca fue mía: mi padre se la había entregado en vida a su hijo consentido, el «gran Arturo».
…
Era el cumpleaños de mi sobrina Lisa. A pesar de odiar con todo mi ser a Arturo, había algo en esa niña que desarmaba mis sombras: era la hija del amor de mi vida y, por eso, la quería como si también fuera mía. Cada sonrisa suya me recordaba lo que me fue arrebatado, lo que Arturo me arrebató. Algún día lo vería caer de rodillas, pagando por cada una de sus culpas… y yo sería el primero en disfrutar su derrota.
Abrí la cajuela y tomé el regalo que había mandado traer especialmente para ella. Caminé hasta el jardín de la mansión y lo dejé en la mesa de regalos, buscando con la mirada a mi sobrina. No la vi; seguramente estaba corriendo por ahí con sus amigos del colegio, ajena al veneno que envenenaba a los adultos de su familia.
—¿Por qué tardaste tanto? —La voz de Arturo sonó a mi espalda, cargada de fastidio.
Me giré lentamente. Como siempre, me costaba contener el desprecio que me inspiraba su sola presencia. Su porte arrogante, esa aura de superioridad que llevaba como un estandarte, me daban náuseas.
Me aclaré la garganta, manteniendo el gesto neutro.
—Llevé a la doctora Lago a casa. Cuando llegamos, todas sus cosas estaban afuera de su departamento. Los padres de su prometido la echaron a la calle. Me ofrecí a llevarla con una amiga… Está destrozada.
Mi voz se endureció, pero dentro de mí una chispa distinta brillaba: una mezcla de lástima y… algo más.
Arturo frunció el ceño, pensativo.
—¿Qué pasa? —pregunté, entornando los ojos, intentando leer en su silencio.
—Me preguntaba por qué la odian tanto… ¿Qué les habrá hecho? —murmuró, más para sí que para mí.
Me encogí de hombros.
—Dijiste que habías llegado a un acuerdo con los padres de Alcázar… pero podrías enviarle un cheque o algo. Al parecer vivían juntos. No estaría de más que le dieras algo.
Tomé un refresco de la mesa cercana, lo abrí y bebí un par de tragos, pero enseguida hice una mueca de disgusto. El gas me supo a cenizas.
—Necesito algo más fuerte.
Dejé el envase de golpe sobre la mesa. El líquido se agitó dentro con un burbujeo amargo. Mis labios se curvaron en una media sonrisa sarcástica.
—Hablamos más tarde. Iré a buscar un whisky.
