Capítulo 85
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Cuando salí de la oficina, mis ojos encontraron enseguida a Ana.
Estaba sentada frente a mi secretaria, hablando animadamente. Sonreía, movía las manos con esa pasión suya que la hacía parecer una profesora de vida. Me quedé observándola un instante, sintiendo algo cálido en el pecho.
Era bueno tener a una doctora cerca… pero aún mejor tener a esa mujer en mi vida.
—¿Nos vamos? —pregunté, sonriendo de oreja a oreja.
—Sí —respondió ella poniéndose de pie, y antes de marcharse, se dirigió de nuevo a mi secretaria—. Como te decía, si los cólicos menstruales son intensos, puedes tomar dos pastillas del medicamento que te acabo de recetar, te aliviarán el dolor. Pero si quieres olvidarte casi por completo del período, deberías considerar el DIU Mirena.
Carraspeé incómodo, sin saber dónde mirar.
Mi secretaria, completamente colorada, solo atinó a decir:
—Muchas gracias por el consejo, doctora Lago.
Ana sonrió como si nada.
—Cuando necesites algo, llámame. Arturo te puede dar mi número, ¿verdad?
Asentí, tratando de disimular la sonrisa que me provocaba verla tan natural.
Nos tomamos de la mano y caminamos hacia el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, la miré detenidamente.
Había algo en su serenidad que me descolocaba… y al mismo tiempo, me encantaba.
Impulsivamente, presioné el botón de detener.
El ascensor se detuvo con un leve chirrido. Ana me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó con evidente desconcierto.
Me acerqué despacio, rodeándola por la cintura hasta acorralarla contra la pared de acero.
—Tengo una pregunta —dije, con voz grave, mirándola directamente a los ojos. —Después de escuchar tu conversación con mi secretaria… quiero saber si tú… te estás cuidando.
Ella parpadeó confundida.
—¿Qué?
—Es que… nunca me has pedido que use condón, y… eres doctora, así que… —dejé la frase en el aire, con una mezcla de nervios y curiosidad que no solía permitirme mostrar.
Ana sonrió, divertida por mi repentina torpeza.
—Claro que sí me cuido. Después de la primera vez que estuvimos juntos tomé la pastilla del día siguiente, y luego me apliqué la inyección. Así que estamos seguros por tres meses. No te preocupes —dijo con un brillo pícaro en los ojos—, no voy a tener hijos.
Su respuesta me arrancó una carcajada suave.
—A mí no me importaría tener hijos contigo —repliqué en tono juguetón, acariciándole la mejilla.
Ana me sostuvo la mirada, pero su voz cambió a una más seria.
—A mí sí. Aún tengo planes. Quiero estudiar mi especialidad. Ser pediatra algún día.
La admiré en silencio unos segundos. Esa determinación suya me encantaba.
—Y lo serás —le aseguré, acomodando un mechón rebelde detrás de su oreja—. Serás la mejor pediatra que haya existido.
Nos miramos unos segundos en silencio.
Acercarme a ella se volvió inevitable.
Rozar mi nariz con la suya se había convertido en un pequeño ritual entre los dos, algo que no necesitaba palabras, un gesto de complicidad que solo nosotros entendíamos.
Sentí cómo su respiración se aceleraba, y ese simple detalle bastó para encenderme por dentro.
Busqué sus labios con los míos y ella respondió sin dudar, rodeándome los hombros mientras el beso se volvía profundo, urgente, de esos que borran el mundo alrededor.
Sus dedos se aferraron a mi camisa, los míos a su cintura.
Durante unos minutos, el ascensor fue testigo mudo de nuestro momento íntimo.
Ella se separó de mí con una sonrisa que me hizo olvidar cómo se respiraba.
—Mi hermana me ha llamado —dijo entre risas nerviosas—. Chocaron el coche de mi cuñado y dejó a mis sobrinos en casa de mi madre. ¿Crees que podamos ir por ellos para cuidarlos? Mi mamá está ayudando a papá en la ferretera, y… bueno, mis sobrinos son como dos pequeños monstritos, no se quedan quietos ni un minuto.
Reí al imaginar la escena.
La estreché entre mis brazos, besándola suavemente en la comisura de los labios.
—Vamos por ellos —dije con voz firme—. Pero antes pasamos al colegio por Lisa, ya casi sale. Luego todos en casa, que se cansen en la alberca.
Ana asintió con esa alegría contagiosa que siempre lograba iluminar cualquier día gris.
—Gracias, Arturo. Por todo lo que haces por mí. Te quiero.
Cada vez que la escuchaba decir esas palabras, algo dentro de mí se expandía.
No era un simple “te quiero”; era una promesa, una esperanza… y mi desafío más grande.
Mi meta era clara: que algún día ese “te quiero” se transformara en un “te amo”.
—Gracias a ti, por estar conmigo, mi amor —le respondí antes de besarla otra vez, más despacio, más sentido.
Apreté el botón del ascensor y el movimiento nos sacó de aquel instante suspendido.
Ella entrelazó sus dedos con los míos, y así salimos del edificio de Grupo Rocamonte, caminando juntos hacia el sol de la tarde.
…
—¿Nervioso por conocer a mis padres? —preguntó Ana, inclinándose hacia mí con una sonrisa traviesa.
Solté una risa leve.
—Jamás. Yo soy el mejor partido que has tenido —respondí con toda la seguridad del mundo.
No conocí mucho a Alcázar, pero no necesitaba hacerlo para saber que mis palabras eran verdaderas.
Ana me observó con esos ojos que parecían leerme el alma.
—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó arqueando una ceja.
—Porque yo te amo, y sé que soy el amor de tu vida también. ¿Acaso eres la única que todavía no se ha dado cuenta? —respondí sin apartar la vista de ella.
La vi tragar saliva, nerviosa. Se acomodó en el asiento del coche mientras yo seguía conduciendo.
—Algún día tendremos una conversación muy seria, Ana. Porque a mí no me gusta compartir el cariño de la mujer que amo con nadie más —añadí con voz baja, pero firme.
Ella solía compararme con su ex en silencio. Lo sabía, lo notaba. No lo hacía con mala intención, pero cada vez que lo sentía, algo en mi interior se tensaba.
Si quería llevar nuestra relación a otro nivel, debía hacerlo cuando estuviera completamente segura de lo que sentía por mí… y no cuando aún quedaran sombras del pasado entre nosotros.
—¿Puedo preguntarte algo? —le dije bajando el volumen del radio. Apreté con fuerza el volante—. ¿Eras feliz con Alcázar?
Ana se quedó callada.
Detuve el coche junto a la acera, cerca de un pequeño negocio. Aún teníamos tiempo antes de pasar por Lisa, así que la miré de frente, esperando una respuesta sincera.
—¿Por qué la pregunta? —susurró finalmente.
—Porque quiero conocerte de verdad —respondí sin dudar—. Sé que hubo alguien antes que yo, y no puedo cambiarlo. Soy tu presente, sí, pero también quiero saber cómo fue tu pasado. Quiero entenderte… saber si fuiste realmente feliz con él.
Ana bajó la mirada, sus dedos se entrelazaron en su regazo.
—Al inicio mi relación con Carlos fue tormentosa —comenzó con voz temblorosa—. Cuando lo conocí, no sabía que era hijo de uno de los empresarios más ricos de Monterrey. Me había dicho que era arquitecto, que trabajaba en una constructora… pero no era verdad. Sus padres eran dueños de una fábrica de alimentos procesados y él los ayudaba a administrarla.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—También tenía novia. Estaban comprometidos —dijo en un susurro.
Fruncí el ceño, conteniendo mi molestia.
—Él la dejó después de que ella me buscara al bar donde yo trabajaba. Me insultó delante de todos y terminé despedida. Con ese dinero pagaba mis estudios, y mi padre apenas podía cubrir los gastos básicos con lo que ganaba en la ferretera. Fue una etapa dura… pensé que no podría terminar la universidad. En ese entonces Carlos y yo solo éramos amigos, pero él insistió durante meses hasta que acepté darle una oportunidad.
Mientras hablaba, podía ver en sus ojos el reflejo del dolor que había guardado tanto tiempo.
—Era divertido, alegre… me hacía reír. Eso fue lo que me enamoró —continuó—. Pero sus padres no me aceptaban. Me amenazaron, incluso llegaron a secuestrarme por unas horas como advertencia. Mi papá quiso denunciar, pero ellos tenían poder. Yo estaba asustada, le pedí a Carlos que no volviera a buscarme.
Tomó aire antes de proseguir.
—Tiempo después regresó. Me dijo que había dejado todo por mí, que ya no vivía con su familia. Eso me conmovió, y volvimos. Trabajó en obras de construcción mientras yo terminaba la carrera. Luego entró a Grupo Rocamonte… Roberto lo contrató y le pagaba bien. Fue cuando compró el departamento donde vivíamos.
Asentí en silencio, recordando vagamente su nombre entre antiguos empleados.
—Después de eso la vida fue tranquila. Pensábamos casarnos. Era un buen hombre… me amaba y yo también lo amaba —su voz se quebró apenas—. Me dolió mucho perderlo, pero con el tiempo entendí que las cosas suceden por una razón.
Entonces tomó mi mano con delicadeza.
—Si no te he dicho que te amo, no es porque no lo sienta. A veces todavía me cuesta… porque todo me recuerda a él. El destino lo apartó de mí, Arturo, y te puso a ti frente a mí. Apenas habían pasado unos meses cuando intentaste besarme por primera vez y yo estaba confundida. Pero poco a poco comencé a sentir cosas muy fuertes por ti. No puedes compararte con él… porque son dos hombres distintos. Contigo me siento como si flotara en una nube de la que no quiero bajar. Tú me devolviste la vida, y ahora eres el dueño de mi corazón. Tú, y nadie más.
Sus palabras me golpearon en el pecho con fuerza.
La miré fijamente, sin decir nada, y levanté una mano para acariciar su mejilla.
No pude resistirme. La atraje hacia mí y la besé, despacio, con todo lo que sentía. Aunque Ana aún cargara con sombras del pasado, había elegido caminar hacia mí. Y eso era suficiente.
