Capítulo 79

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Ana Paula Lago

El sonido grave de la puerta al abrirse me sobresaltó. Me puse de pie de inmediato, con el corazón dándome un vuelco en el pecho. No esperaba visitas a esa hora… y mucho menos a ella.

Ahí estaba, esa mujer rubia de la que Arturo me había dicho que nunca fue su novia. Y, sin embargo, verla ahí, en la habitación, abalanzándose sobre él para abrazarlo, me dejó completamente inmóvil.

—Amor… amor, todo va a estar bien. Estoy aquí… ¿Quién te hizo esto? —murmuraba con voz melosa mientras le acariciaba el rostro como si realmente tuviera derecho a hacerlo.

Un escalofrío recorrió mi espalda, abriéndose paso hasta el pecho, donde una punzada de celos me encendió por dentro.
No, no podía ser.

—Arturo… mi amor… —susurró ella de nuevo, rozándole el cabello con los dedos.

Di varios pasos al frente, mis manos temblaban, pero no por miedo, sino por celos.

—Hazme el favor de irte de aquí. Katherine, ¿verdad? —mi voz sonó cortante, cargada de desdén—. Así te llamas, ¿no?

Ella se enderezó despacio, con una sonrisa de superioridad que me revolvió el estómago.
—Eres la mustia que se metió en mi relación con Arturo —dijo con un tono venenoso—. Pero tranquila, ahora él va a entender que no le convienes, que no eres más que una zorra interesada.

Mis manos se cerraron en puños, pero ella siguió hablando, disfrutando de cada palabra como si estuviera apuñalándome.

—Sí, te he investigado. Sé que vienes de una familia precaria, que te metiste con el arquitecto Alcázar para tener una mejor vida y que él te pagara la carrera. Y como se murió, ahora vienes detrás de mi Arturo, buscando que él te mantenga. Pero te tengo una mala noticia, querida: conozco a Domenika —abrió los ojos con malicia—, y está al tanto de todos tus movimientos.

Sentí que la sangre me hervía.
Domenika. La madre de Carlos. La misma mujer que me había hecho la vida imposible.
Apreté la mandíbula con fuerza.

Arturo seguía inconsciente en la camilla. Miré el reloj de la pared: apenas las seis de la mañana. Todo esto era absurdo.

—¡Vete de aquí! —le espeté, el enojo me temblaba en la voz—. No tienes nada que hacer aquí.

Me acerqué a ella y la tomé del brazo, dispuesta a sacarla del hospital yo misma si era necesario. Pero Katherine reaccionó como una fiera: me tomó del cabello, de la coleta, y me arrastró hacia el pasillo.

—¡Suéltame, loca! —grité, intentando liberarme.

Forcejeábamos, empujándonos una a la otra mientras trataba de quitarme sus manos de encima. No sé de dónde sacaba tanta fuerza esa mujer, tan delgada, tan aparentemente frágil. Era como una gata enfurecida.

Yo solo intentaba evitar que me arañara con esas uñas enormes o que me diera algún golpe, pero ella parecía empeñada en hacerme daño. El sonido de nuestros pasos, los forcejeos y los jadeos llenaron el pasillo vacío del hospital.

Sentía mi corazón en la garganta, no solo por el enojo, sino por la mezcla de impotencia y humillación que hervía dentro de mí. No podía creer que esto estuviera pasando, y mucho menos que Arturo estuviera dormido sin saber lo que esa mujer estaba haciendo.

—¡Ya basta! —la empujé con todas mis fuerzas.

Katherine retrocedió apenas un metro, tambaleándose. La furia en su mirada era tan intensa que por un segundo creí que sería capaz de lanzarse sobre mí. Quería asesinarme.

Miré a mi alrededor.
La gente en la sala de espera nos observaba con atención; el personal del hospital se había detenido, dejando a un lado sus labores para presenciar el escándalo.

—Llamaré a seguridad para que te saquen de aquí… —vociferé, intentando mantener la voz firme, aunque el temblor en mis manos me delataba.

Katherine se llevó las manos a la cintura, adoptando una postura de desafío. No tenía la menor intención de retirarse.

—¿Por qué? ¿Por decir la verdad? —replicó, con una sonrisa torcida. Al ver que había ya un buen número de personas observándonos, alzó más la voz—. Que se entere todo el mundo que en este hospital trabaja una doctora inmoral, una mujer incapaz de guardar luto por su prometido fallecido, porque en cuanto pudo ya había puesto los ojos en el jefe de su novio muerto… ¿O fue desde antes? Así que, como usuaria de este hospital, ¡exijo que sea despedida inmediatamente!

Un silencio pesado se apoderó de la sala. Luego, los murmullos comenzaron a brotar como un eco venenoso.

—Ella llevó al señor Rocamonte al festejo del doctor Flores poco más de un mes casi dos… —susurró alguien.
—Lo que pasa es que siempre ha querido tener la vida de la doctora Caballero, pero no le llega ni a los talones… —dijo otra voz, en tono mordaz.
—¿Quién lo diría? La doctora Lago, con ese rostro tan inocente… y resultó ser una mujer sin moral —agregó una enfermera.
—Claro, se aprovecha de que es amiga de la jefa para hacer lo que quiere en el hospital —remató otra.

Sentí cómo cada palabra se me clavaba bajo la piel.
Eran mis compañeros… personas con las que trabajaba día tras día, que saludaba con cortesía, a quienes incluso había defendido en más de una ocasión. Y ahora me miraban como si fuera una extraña, un escándalo con bata blanca.

Negué con la cabeza, pero la humillación ya me había alcanzado.
Las miradas me atravesaban como agujas; el aire se sentía más denso, y el ruido de los murmullos, más ensordecedor que nunca.

Mi pecho ardía. No solo de vergüenza. También de rabia.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, me di cuenta de lo fácil que era destruir una reputación… y lo poco que valía la verdad cuando alguien gritaba una mentira más fuerte.

Cuando pensé que las cosas no podían ponerse peor, apareció Domenika.

—Exijo saber el nombre del dueño del hospital. —Su voz se escuchó firme, cargada de rencor—. Esta doctora de cuarta no merece trabajar aquí. Yo misma confirmo lo que la joven ha dicho. Esta joven dice la verdad.
Su dedo me señaló como si fuera una criminal.
—Esta mujer hizo que mi hijo dejara a su prometida por ella, lo alejó de su familia hasta el día de su muerte. ¡No mereces el perdón de Dios!

Domenika sollozó, y en ese instante me quebré por dentro, aunque sabía que lo estaba haciendo con la única intención de destruirme.

—¡Tú destruiste mi vida, Ana Lago! ¡Mi hijo está muerto por tu culpa! —gritó con un dolor teatral que desgarró el silencio de la sala.

Los murmullos regresaron como un eco que me devoraba viva. Las miradas de todos se clavaban sobre mí, inquisidoras, crueles, llenas de desprecio.

—Exijo el nombre del dueño del hospital —reiteró Domenika, con una autoridad que no le correspondía.

Entonces, giró el rostro hacia una de las doctoras amigas de Lili, una de esas mujeres que siempre me habían mirado por encima del hombro, como si mi lugar en aquel hospital fuera un error.

—El dueño del hospital es el señor Mario Caballero Urriaga —respondió la doctora, con una sonrisa fina, venenosa.

Domenika alzó la barbilla, satisfecha.
—Eso es lo único que necesito saber. —Se giró hacia Katherine—. Vámonos, no necesitas rebajarte al nivel de esta mujerzuela. Tú eres demasiada mujer para ella.

Katherine me miró una última vez y, con una sonrisa cruel, escupió sus palabras:
—Date por despedida, zorra.

Las vi marcharse con paso altivo, dejando tras de sí el murmullo de un escándalo que ya no podía detener.
Me quedé inmóvil. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar.
Quería correr. Quería desaparecer.

Mis ojos estaban húmedos; las lágrimas pugnaban por salir, pero una fuerza desconocida dentro de mí susurró que no merecían verme llorar.

Yo no le había hecho daño a nadie.
No había sido mi culpa que Carlos muriera.
Yo… lo amaba.
Pero él ya no estaba.

Tragué el nudo que me oprimía la garganta y reuní toda la fuerza que me quedaba para caminar de regreso a la habitación donde estaba Arturo.
Al entrar, la calma de la habitación contrastó con el caos que me seguía pesando en el pecho.

Me senté frente a su cama, hundí el rostro entre mis brazos, apoyándome sobre el colchón… y, finalmente, me permití romper.
Lloré con todo el peso del alma.
Nunca antes me habían humillado de aquella manera.

Y en medio del llanto, lo comprendí: a veces, el dolor no proviene de lo que perdemos, sino de todo lo que el mundo nos obliga a soportar cuando decidimos amar.

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