Capítulo 45
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Lilian Caballero
El tiempo se me pasó demasiado lento, como si el reloj del lugar estuviera roto. Ya ni siquiera estaba llorando por lo que me había hecho Miguel; ese dolor parecía lejano, como si hubiera quedado en otra vida. Ahora lo que me desgarraba era estar lejos de Monterrey, lejos de mi departamento, atrapada en un sitio desconocido donde cada mirada sobre mí pesaba como una acusación. Sentía que todos me juzgaban con la mirada.
Al menos la chamarra que me habían prestado disimulaba un poco el vestido. Era escotado, con aberturas en el abdomen y la espalda. Perfecto para la cena de anoche, pero maldito para el día de hoy. Cada vez que sentía los ojos de algún hombre recorrerme de arriba abajo, deseaba arrancármelo de encima.
Me obligué a fijar la vista en el salero de la mesa, como si ese objeto insignificante pudiera mantenerme a salvo. Era más fácil concentrarme en los diminutos granos de sal pegados al vidrio que enfrentar las miradas que se clavaban en mí desde cada rincón del comedor.
El sonido de pasos firmes me hizo alzar apenas la vista. La mujer de la caja registradora se acercó, pero no se sentó conmigo. Se quedó de pie, cruzando los brazos sobre su delantal. Su voz sonó más suave que antes:
—¿Quieres un café? ¿Tienes hambre, niña?
La pregunta me hizo sentir un nudo en la garganta. Tragué saliva y la miré con los ojos vidriosos, como un cachorro abandonado que implora un poco de compasión.
—Sí… en realidad sí tengo hambre —confesé en voz baja, mordiendo mi labio inferior para no soltar un sollozo—. Le pagaré en cuanto vengan por mí, lo prometo.
Ella me observó un momento, sus ojos oscuros repasaron mis facciones, como si quisiera asegurarse de que le decía la verdad. Finalmente, asintió y, para mi sorpresa, sonrió. Ya no parecía tan fría ni distante como al principio.
—Mi nombre es Rosario. Soy la dueña de este paradero, o restaurante, como quieras llamarle. Y no es nada, entre mujeres debemos apoyarnos.
Esa simple frase me apretó el pecho. Nadie me había dicho algo tan humano desde hace mucho. Apenas logré esbozar una sonrisa temblorosa.
—Muchas gracias, Rosario. Mi nombre es Lilian Caballero. Soy de Monterrey… mis amigos me dicen Lily.
Ella asintió despacio, inclinando la cabeza como si mi confesión la acercara más a mí.
—Muy bien, Lily. Te traeré algo de comer. —Hizo una pausa, y sus ojos se suavizaron aún más—. Y no te preocupes por pagarme. Lo importante es que estés bien.
El alivio me golpeó de lleno y tuve que bajar la mirada para que no notara cómo se me humedecían los ojos. Rosario parecía una buena mujer, pero no era ingenua: las arrugas en su rostro hablaban de años difíciles, de batallas que había tenido que pelear en su vida. Por eso mismo, tal vez, sabía reconocer cuando alguien más estaba a punto de quebrarse.
Me quedé viéndola hasta que desapareció detrás de la barra, sintiendo que esas palabras eran lo único que me mantenía entera en ese momento. Afuera, el sol seguía ardiendo sobre la carretera, dentro de ese pequeño paradero sentí un atisbo de refugio.
Rosario dejó frente a mí un plato con un sándwich de carnes frías y ensalada, luego se sentó a mi lado, acomodándose el delantal con calma. Tenía una mirada cálida, pero en sus ojos oscuros se notaba una nostalgia que parecía pesarle.
—Yo vivo aquí, atrás del restaurante —me dijo con una sonrisa serena—. Este lugar empezó gracias a mi esposo. Él era camionero… conocía muchas carreteras y mucha gente. Cuando descansaba, siempre me pedía que cocinara para sus amigos, decía que nadie hacía los guisos como yo.
Guardó silencio un instante, como si el recuerdo le apretara el pecho. Yo me limité a observarla, sin atreverme a interrumpirla.
—Hace más de diez años, en una de esas rutas, tuvo un accidente —continuó con voz suave—. Desde entonces, me quedé con el restaurante como un pedacito de él. Es mi manera de tenerlo presente. Y la verdad… soy feliz cocinando. Una de mis hijas me ayuda aquí.
Seguí su mirada hacia la cocina y me di cuenta de que no estábamos solas. Ahí, tras el calor de las hornillas, había una mujer unos años mayor que yo, con el cabello recogido como Rosario, jeans y camisa arremangada. A su lado, un hombre removía ollas con destreza.
—Son mis hijos —me explicó Rosario con orgullo—. Somos felices aquí, juntos.
No pude evitar sentir admiración. Esa unión, esa fortaleza… me conmovía.
De pronto, Rosario me observó con atención.
—Por el vestido que llevas, cualquiera pensaría que tienes dinero. Lo más seguro es que por eso te asaltaron.
Bajé la vista hacia mi ropa todavía arrugada por la caída. Suspiré.
—Es raro… casi no llevaba efectivo en la cartera. Lo único que tenía eran mis tarjetas, pero, tal vez, ya me las vaciaron —Tragué saliva antes de continuar—. Además… yo soy doctora, sé reconocer señales en el cuerpo. Si me hubiera… —me costó decirlo, pero lo hice con firmeza— si me hubieran abusado, lo sabría. Y no tengo ni un moretón, ni una sola marca de violencia.
Rosario asintió despacio, con el ceño fruncido.
—Eso sí es extraño. Tal vez alguien lo hizo de manera intencional. Créeme, hay personas muy malas en este mundo, y tienes que cuidarte de ellas.
—Pero yo nunca he tenido problemas con nadie —le respondí, confundida—. No se me ocurre quién podría haber sido… si es que fue con intención.
Me tomó de sorpresa cuando entrelazó sus manos sobre la mesa y me miró directo a los ojos.
—No necesitas tener enemigos para eso, muchacha. A veces la simple envidia basta. Y tú… —sonrió con ternura— tú tienes algo que impone. Se nota que eres una mujer con carácter y mucha luz.
Sentí el calor subir a mis mejillas y sonreí tímida, bajando la mirada.
—Gracias —musité, casi en un susurro—, gracias por pensar eso de mí.
Ella me palmeó la mano con suavidad.
—No lo pienses tanto, solo cuídate. La vida ya se encargará de mostrarte quién eres y por qué brillas.
