Capítulo 57

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Ana Paula Lago

—Si algún día estás lista para continuar con tu vida, para enfrentar al pasado y vivir el presente, y si un día piensas en mí, yo estaré esperándote… pero la última decisión sobre nosotros siempre la tendrás tú.

Arturo dio un paso adelante. Su voz sonó baja, grave, pero con esa firmeza con la que hablaba. Mis ojos se humedecieron al instante, incapaces de sostener su mirada sin sentir el peso de lo que me estaba ofreciendo.
—Sé que sientes algo por mí —continuó—, lo siento cuando me ves, cuando me besas, pero también estoy consciente de que hay una sombra que por ahora te tiene atrapada. Entiendo que amabas a Carlos Álcazar… pero si él te amaba tanto como tú lo amas, te puedo asegurar que a él le hubiera gustado que encontrarás a un hombre que esté dispuesto a todo por ti, que se entregue sin reservas y te ofrezca todo lo que él algún día soñó… y que ya no pudo, porque ya no pudo estar a tu lado.

Tragué saliva con dificultad. Las palabras se clavaron en mí como agujas dulces y punzantes a la vez.
Mis lágrimas comenzaron a deslizarse sin control. Tenía razón. Lo sabía. Pero ¿cómo podía simplemente dejar ir el pasado? Aferrarme a Carlos era mi forma de mantenerlo vivo, de no sentir que lo había perdido del todo. Soltarlo sería aceptar que ya no estaba, y esa idea me rompía.

—Yo te ofrezco todo lo que soy, Ana. Mi vida, mi tiempo, mi hija, mis errores y también mis sueños. Si algún día decides caminar conmigo, nunca volverás a hacerlo sola —. Sus palabras me estremecieron, cada sílaba pronunciada con una sinceridad desarmante—. Porque no solo he visto tu belleza, sino el gran corazón que tienes. Y eso se refleja en lo amable que siempre eres con tus pacientes, en lo mucho que mi hija te adora, y en el hecho de que, a pesar de que pensabas que yo fui el responsable del accidente de la plaza Antara, nunca me odiaste.

Su voz se quebró apenas, y fue entonces cuando lo vi… el hombre detrás de la coraza, con sus propias heridas, con el mismo miedo a perder.

Fruncí los labios, intentando contener un sollozo. Mis manos temblaron y me abracé a mí misma, como si pudiera evitar que todo ese torbellino dentro de mí me desbordara.
El silencio entre los dos era casi insoportable.

—Lo siento, Arturo —murmuré, con la garganta apretada—. Siento haberte conocido en un momento muy difícil de mi vida. No creo que el amor pueda nacer de una tragedia… y, si nace, siempre sentiré que le robó el lugar a alguien más.

Él asintió, pero lo hizo con una resignación que dolía. Su mirada, tan intensa hace un instante, se apagó lentamente.
—Respeto eso —dijo con calma—. Puedes estar segura de que no volveré a buscarte hasta que tú lo hagas primero. Adiós, Ana.

Su voz se perdió como un eco que no quería desaparecer.

Lo vi girarse, caminar unos pasos y alejarse. Cada uno de esos pasos se sintió como un desgarro, como si una parte de mí se desprendiera con él.
Sentí que mi corazón acababa de perder algo importante, algo que ni siquiera sabía que ya tenía.  Una parte de mí se estaba yendo con Arturo Abad.

Y mientras la puerta se cerraba tras de él, entendí que, sin quererlo, se había convertido en alguien esencial en mi vida.
Mi pecho ardía, mis lágrimas seguían cayendo, y ese dolor profundo, tan humano, me recordó que estaba viva… aunque doliera tanto.

El viento soplaba con suavidad entre los cipreses, haciendo que las hojas se mecieran con ese sonido melancólico que siempre me hacía pensar en él. Caminé despacio por el sendero de grava, con el ramo de lirios blancos apretado contra mi pecho, intentando que el temblor en mis manos no me delatara. Era la primera vez que venía a visitarlo. Cada paso hacia su tumba me dolía como si el suelo me reclamara quedarme quieta, como si el mismo lugar supiera que yo seguía viva y él no.

Me detuve frente a su lápida. El nombre Carlos Álcazar estaba grabado con esa perfección fría del mármol, tan distante de la calidez que él representaba. Me agaché para dejar las flores, y al hacerlo, una punzada me recorrió el pecho.

—Hola, amor… —murmuré, apenas un susurro—. Traje lirios, te extraño tanto.

Me puse de rodillas frente a su tumba.

El silencio me respondió. Y aun así, cada vez esperaba escuchar algo, aunque sea el eco de su voz en el viento, aunque sea mi mente engañándome un poco más.

—No sé qué hacer, Carlos —seguí, tragando el nudo en la garganta—. No sé cómo seguir viviendo sin sentir que te traiciono… —mis labios temblaron y me cubrí el rostro con las manos—. Te amo. Lo sabes, ¿verdad? Te amo todavía… y no sé si algún día dejaré de hacerlo.

El sol caía oblicuo sobre las lápidas, y la luz dorada hacía que el mármol pareciera más cálido de lo que realmente era. Me senté en el borde, incapaz de mantenerme en pie.

—Pero tú ya no estás… —mi voz se quebró—. Y yo… sigo aquí, en este mundo que ya no tiene sentido sin ti. Hay días en los que me levanto y te busco en cada rincón, en el reflejo de los espejos, en el sonido del agua, en la sonrisa de las personas que cruzan por mi vida. Y no estás. Solo queda este vacío… —me toqué el pecho, justo donde dolía—, esta soledad que me mata un poco cada día.

Respiré hondo, dejando que el aire cargado de flores y tierra húmeda llenara mis pulmones.

—Y entonces… apareció él —dije en un suspiro casi inaudible—. Arturo.

Me quedé callada, mirando la lápida, como si temiera que él me juzgara desde algún lugar.

—No lo planeé, Carlos. No busqué nada. Pero… él me mira, y por un instante… me siento viva otra vez. —Tragué saliva, la vergüenza y el dolor mezclándose en una sola lágrima—. Me recuerda lo que era reír sin miedo. Lo que era sentir… sin culpa.

El viento sopló más fuerte, como si la tierra misma quisiera responder. Cerré los ojos.

—Y sin embargo, cada vez que él se acerca, pienso en ti. En tu risa, en tus manos, en todo lo que fuimos. Y me duele. Porque siento que si dejo que alguien más entre, te pierdo de verdad. —Apreté los puños, impotente—. ¿Cómo se hace esto, Carlos? ¿Cómo se sigue amando a alguien que ya no está, sin morir por dentro?

Mis lágrimas cayeron sin que intentara detenerlas.

—No quiero olvidarte. No podría. Pero tampoco puedo seguir muriendo contigo todos los días. Arturo… —mi voz se suavizó—, él no eres tú. No intenta reemplazarte. Solo… me recuerda que sigo aquí. Que todavía hay vida en mí, aunque a veces no quiera aceptarlo.

Me incliné y toqué el borde frío de la lápida.
—Perdóname, amor —susurré—. Si algún día dejo de venir tan seguido, si dejo de llorarte tanto… prométeme que no lo tomarás como olvido. Porque cada cosa buena que viva, cada sonrisa, cada abrazo, llevará algo de ti.

El viento pareció calmarse. Las hojas se quedaron quietas, como si el mundo me diera unos segundos de tregua.

—Te amo, Carlos. Pero ya no puedo seguir viviendo solo en tu ausencia. —Dejé una flor sobre su nombre y sonreí entre lágrimas—. Gracias por enseñarme a amar… incluso más allá del dolor.

Esa noche no pude dormir enseguida. El eco de mis propias palabras en el cementerio me acompañaba incluso después de apagar la luz. Cerré los ojos, intentando acallar el dolor, pero cada rincón de mi mente estaba lleno de él. De Carlos.

No sé en qué momento el sueño me venció, solo recuerdo el silencio… y después, la luz.
Una luz cálida, dorada, como la de una tarde de verano.

Me encontré de pie en medio de un jardín inmenso, cubierto de flores blancas. El aire olía a jazmín y a tierra húmeda. Y entonces lo vi.
Carlos.

Vestía como solía hacerlo cuando íbamos a caminar por el parque los domingos: jeans, una camisa blanca arremangada y esa sonrisa que siempre me hacia sentir amada… esa que podía desarmarme cualquier tristeza.
Mi corazón se detuvo por un instante.

—Carlos… —susurré, apenas creyéndolo—. ¿Eres tú?

Él se acercó despacio, con esa mirada que siempre tenía cuando quería que me sintiera segura, cuando bastaba un gesto suyo para calmarlo todo. Su presencia no era un recuerdo, era vida.

—Soy yo, mi amor —respondió con esa voz profunda y serena que aún recordaba de memoria—. No llores más, Ana.

Sus manos rozaron mi rostro. Sentí su piel, tibia, real. Me temblaron los labios.

—Te extraño tanto… —dije entre lágrimas—. No pasa un solo día sin que piense en ti. No sé cómo seguir sin sentir que te traiciono.

Carlos sonrió, esa sonrisa dulce que me enamoró la primera vez. Me limpió las lágrimas con el pulgar, como siempre hacía cuando algo me dolía.

—Yo también te extraño —murmuró—. Pero no quiero que sigas viviendo en la tristeza. Estoy orgulloso de ti, Ana. De todo lo que has hecho, de cómo sigues adelante.

Negué con la cabeza, intentando contener el llanto.
—No soy fuerte, Carlos. A veces siento que no puedo. Que me rompo por dentro.

Él me tomó de las manos y las entrelazó con las suyas. Sus dedos eran los mismos que antes se entrelazaban con los míos al cruzar la calle, los mismos que me buscaban en la oscuridad cuando el miedo aparecía.

—Eres más fuerte de lo que crees. —Su voz era un susurro que me envolvía—. Y quiero que seas feliz. Que vivas, que ames, que sonrías otra vez.

Lo miré, intentando grabar cada rasgo, cada destello de sus ojos.
—¿Y tú? ¿Qué será de ti?

Él sonrió con ternura.
—Estoy bien, amor. Estoy en paz. Y algún día… cuando el tiempo sea el correcto, nos volveremos a ver. —Me miró con una dulzura infinita—. Te estaré esperando, en el cielo… pero no tengas prisa por llegar.

Una ráfaga de viento movió su cabello, igual que antes, cuando se inclinaba para besarme. Carlos rozó apenas mis labios. No fue un beso para despertar el deseo. Fue un beso de despedida. Uno que me decía, sin palabras, que era momento de seguir viviendo.

—Te amo, Ana —dijo en voz baja—. Pero prométeme que no dejarás que el dolor te quite lo hermoso de la vida. Ama, ríe, sueña. Yo estaré ahí, en cada cosa buena que te pase.

Sentí el calor de su aliento, la caricia de su mano, y quise quedarme ahí, aferrada a ese instante para siempre. Pero el jardín comenzó a desvanecerse, los colores se disolvían, y la luz se transformó en penumbra.

—Carlos… —susurré, intentando retenerlo—. No te vayas, por favor.

Él me sonrió una última vez.
—Nunca me fui, Ana. Solo mírame dentro de ti… y ahí estaré.

Desperté con lágrimas en los ojos, pero mi pecho estaba tranquilo. La habitación seguía en penumbra, el amanecer apenas insinuándose entre las cortinas.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí el peso de la culpa.
Solo paz.

Me abracé a la almohada, cerré los ojos y susurré:
—Te amo, Carlos. Gracias… por enseñarme que amarte nunca significará dejar de vivir.

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