Capítulo 23

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Arturo Abad Rocamonte

—Papá, ¿verdad que Ana es muy linda?

La voz de Lisa sonó entre risas y, por un instante, todo el coche se llenó de esa luz sencilla que solo los niños saben llevar consigo.

Fingí indiferencia. Apoyé un brazo sobre el respaldo del asiento y miré por la ventana el paisaje que desfilaba. Sam, concentrado en la conducción, hizo como si no hubiera escuchado nada.

Pero por dentro, la inocencia de mi hija acababa de desarmarme.

—¿De cuál Ana hablas? —pregunté, más por jugar que por verdadera duda. En el fondo sabía perfectamente a quién se refería, aunque procuré que mi voz sonara despreocupada.

—¡De la doctora, papá! —respondió con una enorme sonrisa que le iluminó el rostro.

Era la primera vez que la veía interesarse por una mujer adulta sin hacer un berrinche. Tal vez le agradaba porque Ana no era como las otras que habían pasado por nuestra vida: no era invasiva ni intentaba ocupar un lugar que no le correspondía.

Entonces lanzó la pregunta que me atravesó como una flecha.

—¿Por qué no la invitas a salir?

Abrí los ojos de golpe.

¿Invitar a salir a Ana?

¿Yo?

Un vértigo helado me revolvió el estómago.

¿Qué pensaría ella si descubría que Arturo Abad Rocamonte comenzaba a verla de otra manera?

Seguramente nada bueno.

La idea de que siguiera odiándome por creerme responsable de la muerte de su prometido bastaba para paralizar cualquier impulso.

—¿Y por qué quieres que la invite a salir, hija? —pregunté con una voz mucho más suave de lo que pretendía.

Porque si Lisa supiera que Ana era capaz de irritarme y conmoverme al mismo tiempo, no dejaría de burlarse de mí.

Ella bajó la mirada antes de responder con esa seriedad que solo tienen los niños cuando hablan de cosas importantes.

—Porque es muy linda, papá. Es alegre… y me cuida cuando me enfermo.

Aquellas palabras cauterizaron un poco la grieta que llevaba años abierta en mi pecho.

No pude evitar abrazarla con fuerza.

La estreché entre mis brazos como si, con ese simple gesto, pudiera protegerla de todo el dolor del mundo.

—¿A ti te gustaría tener una madrastra como Ana? —pregunté, medio en broma, medio en serio.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

El silencio dolió antes de convertirse en respuesta.

—En la escuela… soy la única niña que no tiene mamá.

Aquella frase se convirtió en una piedra atorada en mi garganta.

Fue entonces cuando comprendí que, debajo del empresario, del hombre frío y calculador, seguía existiendo alguien incapaz de llenar el vacío que Clara había dejado.

Pensé en ella.

En su risa.

En los pequeños desgastes que, poco a poco, fueron erosionando nuestro matrimonio hasta volverlo irreconocible.

Me pregunté, una vez más, qué había hecho mal.

¿Dónde fallé?

¿En qué momento dejé de ser suficiente?

O, peor aún…

¿Alguna vez fui realmente el hombre que ella necesitaba?

Acaricié el cabello de Lisa mientras observaba mi reflejo en el cristal de la ventana.

Vi a un padre agotado.

A un hombre cargado de responsabilidades, culpas y rabias.

Pero también vi a alguien que todavía sabía amar.

¿Amé a Clara?

Sí.

¿La sigo amando?

También.

Y aceptar esa verdad significaba reconocer otra aún más dolorosa: el amor no siempre se rompe por falta de sentimientos. A veces se rompe porque no supimos sostenerlo.

—Tú sí tienes mamá, Lisa. Se llama Clara. Solo que ya no puede estar aquí con nosotros porque murió. Pero estoy seguro de que, desde el cielo, sigue cuidándote. Ella te amaba muchísimo.

Hice una breve pausa antes de continuar.

—Así que, la próxima vez que alguien te diga que no tienes mamá, no le creas. Sí la tienes. Y también tienes un padre que daría absolutamente todo por ti, hija.

Lisa apretó mi mano con la natural seguridad de quien no juzga, solo pide. En ese gesto encontré la respuesta que necesitaba: si ella quería a Ana, si esa mujer era capaz de aliviar un poco el vacío de mi hija, tal vez había algo por lo que valía la pena arriesgarse.

No por mí —me dije—, sino por Lisa, por su risa, por esa forma en que iluminaba mi vida sin pedir nada a cambio.

Miré hacia adelante, fijé la vista en el camino y respiré hondo.

Hoy no resolvería mis fantasmas ni pediría perdón por lo irreparable. Pero podía empezar por lo cercano: proteger a mi hija, escucharla y aprender a estar presente.

—Entonces… —susurré, devolviéndole la sonrisa— quizá algún día la invite a tomar un café.

Llegamos a casa con un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar. Rogaba por no cruzarme con mi maldito hermano en el vestíbulo. Traidor. Miserable. La vergüenza de la sangre que compartíamos.

Ya no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que él. Uno de los dos tendría que irse de la casa y de la empresa, y no pensaba ser yo quien se marchara.

Al entrar, pedí a la nana que subiera a Lisa y la acostara en su habitación. Necesitaba mantener a mi hija lejos de todo aquello.

Tenía que hablar con mi padre antes de que Roberto volviera a seducirlo con alguna de sus artimañas.

Toqué la puerta del despacho, donde sabía que leía hasta altas horas de la noche.

—¿Papá, se puede?

Él bajó el libro, lo dejó sobre el escritorio y me indicó con un gesto que pasara.

—¿Cómo siguió Lisa, hijo?

—Está bien. Solo le indicaron reposo durante dos semanas. Afortunadamente, no pasó a mayores —respondí, todavía con la rabia latiéndome en las sienes.

Mi padre frunció el ceño y, sin rodeos, comentó:

—Katherine no me agrada. Se nota que está detrás de ti por el dinero, pero no siente un cariño genuino por Lisa.

Asentí.

Me había dado cuenta demasiado tarde.

—No te preocupes por eso, papá. Ella ya no volverá a nuestras vidas.

Mi padre asintió con aparente satisfacción.

—De hecho, hay algo de lo que quiero hablar contigo.

Hice una pausa. Junté las manos y bajé la mirada. La traición que manchaba mi propia sangre me quemaba por dentro.

—Siéntate, entonces. Hablemos.

Negué con la cabeza.

No podía esperar más.

—Papá… Roberto fue amante de Clara mientras ella vivía.

Mi padre se puso de pie de inmediato.

—¿Qué estás diciendo, Arturo?

—Es la verdad. Katherine me lo dijo delante de Roberto, y él no lo negó… lo confirmó. No puedo seguir viviendo bajo el mismo techo que él. Entenderás mis razones. Tampoco puedo trabajar en la misma empresa.

Respiré hondo antes de continuar.

—Solo te pido que decidas. ¿Quieres a alguien como yo al frente de la constructora… o a alguien tan traicionero como Roberto?

Mi padre golpeó el escritorio con la palma de la mano.

Justo en ese instante se escuchó cerrarse la puerta principal.

—Debe de ser él.

Salió del despacho a toda prisa.

Yo fui detrás.

En el recibidor estaba Roberto, con esa calma insolente que tanto me envenenaba. Al verme, se detuvo como si nada hubiera pasado, como si subir las escaleras fuera parte de una rutina sin culpa.

—Buenas noches, papá —saludó con su sonrisa cínica.

Mi padre ni siquiera respondió.

Le cruzó el rostro de un golpe.

Con la voz quebrada por la vergüenza y la ira, espetó:

—¡Eres lo más bajo que conozco! ¡Eres la vergüenza de esta familia! Me decepcionas.

Roberto se llevó una mano a la mejilla y, sin perder la compostura, respondió con una furia apenas contenida:

—¿Por qué? ¿Por amar a una mujer que vivía un infierno dentro de su propio matrimonio?

El mundo se quedó sin aire.

Temí que Lisa alcanzara a escuchar todo aquello, y esa idea me hizo retroceder.

Entonces llegó la acusación más dolorosa.

—Tu querido hijo favorito, Arturo, era un miserable con ella. La maltrataba.

Mi rostro se descompuso.

No pude callarlo.

Me interpuse entre mi padre y Roberto.

—Eso no es cierto. Yo jamás le grité ni le levanté la mano. Jamás. En cambio, intenté ser bueno con ella, pero siempre me recriminaba que se había casado conmigo por dinero, porque su familia necesitaba ese dinero.

Roberto soltó una risa áspera, desprovista de cualquier emoción.

—Ahora vas a mentir, porque ella ya no está para defenderse.

Negué con la cabeza.

No iba a permitir que mancillara la memoria de Clara sin responder.

—Seré todo lo que tú quieras, pero jamás la maltraté —afirmé con voz firme, aunque dentro de mí comenzaba a abrirse una grieta de duda. No sabía si nacía por sus palabras o por recuerdos que ya no terminaban de encajar.

Sin previo aviso, Roberto descargó un puñetazo directo contra mi estómago.

Caí doblado, apoyando una mano en el suelo para sostenerme mientras el aire escapaba de mis pulmones.

La humillación ardía tanto como el dolor.

—Ese es por el golpe que me debías en la clínica —escupió con veneno.

La casa estalló.

—¡Ya basta! —rugió mi padre con una fuerza que retumbó por toda la mansión.

Se volvió hacia Roberto.

—¡Lárgate de mi casa! A partir de este momento dejas de ser mi hijo. Olvídate de mi herencia y de la constructora. Desde hoy, no eres nada para mí.

Yo seguía en el suelo, jadeando, cuando mi madre bajó apresurada por las escaleras.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué están peleando? —preguntó mientras me ayudaba a incorporarme.

Sin el menor rastro de vergüenza ni arrepentimiento, Roberto lanzó la frase que terminaría de incendiar la casa.

—Este miserable fue amante de Clara. En esta misma casa se revolcaban.

El rostro de mi madre se llenó de horror.

—Hijo… ¿por qué? —murmuró, incapaz de comprender.

—Porque me enamoré, mamá. Y no me arrepiento.

Mi padre apretó los puños.

—¡Maldito hijo de…! —balbuceó entre dientes, incapaz de terminar la frase.

—¡Lárgate de una vez o haré que te saquen! —gritó.

Roberto dio un paso al frente.

—¿O si no qué, papá?

Su voz rebosaba resentimiento.

—Arturo siempre ha sido tu favorito. El amo y señor de la constructora. No me importa que me desheredes. De todas formas, siempre supe que todo terminaría en sus manos. ¿Sabes qué? Ya estoy harto de todos ustedes… de hacerse las víctimas cuando no lo son.

Entonces ocurrió lo impensable.

Mi padre se llevó una mano al pecho y cayó al suelo.

El mundo se volvió blanco.

—¡Papá! —grité, arrodillándome a su lado.

Mi madre rompió en llanto mientras pedía que llamaran a una ambulancia.

La casa se convirtió en un caos de gritos, órdenes y desesperación.

Roberto también se arrodilló junto a nosotros.

—Vamos a cargarlo. Llegaremos más rápido si lo llevamos nosotros.

La rabia me explotó en la garganta.

—¡Eres un maldito! Si él se muere, te juro que te mato, Roberto.

Él sostuvo mi mirada.

—Ahora no es momento para eso.

Su voz seguía siendo dura, pero no dejó de ayudar.

Entre los dos levantamos a mi padre.

Mi madre y yo subimos con él al automóvil.

Roberto nos siguió en el suyo.

Mientras las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad frente a mis ojos, comprendí que aquello no era el final de nuestra historia.

Era apenas el comienzo de una guerra que terminaría por devorarnos desde dentro.

Y, aun con el corazón atravesado por el dolor y la traición, una sola verdad lograba imponerse sobre todas las demás.

Primero mi padre.

Después…

Todo lo demás.

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