Capítulo 5

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—¿Eres estúpido o qué demonios tienes en la cabeza? —estallé. Mi voz retumbó en las paredes de la oficina como un cañón—. ¿Cómo pudiste asignar a un arquitecto recién egresado, sin experiencia, como responsable del proyecto de la Plaza Antara? ¡¿Qué estabas pensando, Roberto?! Este error puede hundir a la empresa familiar.

El calor de la rabia me quemaba la piel; la sangre me hervía en las venas. Lo único que quería en ese instante era arrancarle la insolencia del rostro de un golpe.

La Plaza Antara… nuestro proyecto estrella, la apuesta más ambiciosa de los últimos años, la que nos daría prestigio internacional. Y ahora, lo que teníamos entre las manos era un derrumbe, cuatro trabajadores muertos y demandas millonarias que asomaban como buitres sobre nuestra empresa. Todo por la maldita insistencia de mi hermano en jugar a ser alguien.

—¡Quise confiar en ti! —mascullé entre dientes, caminando de un lado a otro, masajeándome las sienes—. Siempre te quejas de que no eres nadie en la empresa, de que vives a mi sombra… pues bien, ¡esto demuestra que no sirves para nada!

Roberto me miraba desde el escritorio, con esa mezcla de rencor y burla que tanto detestaba.

—¿Ahora sí es la empresa familiar? Tú eres el jefe, hermanito, y toda falla en la empresa será tu falla… aunque no estés ahí —soltó con sorna, dejando que cada palabra me taladrara.

La furia me cegó. Me abalancé sobre él y lo tomé del cuello de la camisa, apretando con fuerza.

—¡Ahora no estoy de humor para tus malditas bromas! —gruñí, empujándolo con toda mi ira.

Roberto tambaleó, casi perdió el equilibrio, pero, en vez de intimidarse, su mirada se volvió aún más oscura y retadora.

Sam, mi asistente, se mantenía en un rincón, en silencio absoluto, testigo incómodo de una guerra entre hermanos que siempre había estado latente.

—¿Y por qué no culpamos al arquitecto Alcázar? —dijo Roberto con una sonrisa torcida, como si estuviera disfrutando de mi tormento—. Al fin y al cabo, ya está muerto.

Por un instante sentí el golpe de sus palabras en lo más hondo. Un muerto no podía defenderse. Carlos Alcázar… su nombre estaba en boca de todos desde el derrumbe. El escándalo nos estaba devorando.

Lo miré fijamente, sin parpadear, mientras mi respiración se volvía pesada. Había odio en mi pecho, sí, pero también una fría lucidez que emergía a la superficie.

Quizá mi hermano no era tan tonto. Quizá, por primera vez en años, decía algo con sentido. Si el arquitecto era señalado como el único responsable, nosotros salvaríamos el pellejo, la reputación y la continuidad de la empresa. Nadie investigaría más allá. Nadie nos hundiría.

Respiré hondo, alzando el rostro hacia el techo como si buscara en las alturas un poco de aire que me devolviera la calma. Me llevé la mano a la cara, presionando el puente de mi nariz. Ese gesto no era propio de mí; más bien era un tic de Roberto cuando las cosas lo rebasaban. Pero esta vez no podía contenerme: estaba al límite. No podía permitir que Grupo Rocamonte se desplomara después de tantos años de desvelo, de sacrificios y de decisiones que habían hecho de esta empresa una de las constructoras más respetadas de Nuevo León y de los estados vecinos. No después de todo lo que había dejado en el camino para levantar este imperio con mis propias manos.

—Lo haremos —dije al fin. Mi voz retumbó con determinación—, pero será a mi manera. Yo daré la cara por la empresa. Soy el director y el único responsable de todo lo que ocurra en Grupo Rocamonte.

Giré hacia Sam, mi asistente, que me observaba con esa mezcla de nerviosismo y lealtad.

—Agenda una conferencia de prensa, Sam. La daré personalmente. Y consigue el contacto de los familiares de los empleados… incluidos los del arquitecto Alcázar. Hablaré con ellos uno por uno. Les ofreceré una indemnización que no podrán rechazar. Esperemos salir bien librados de todo esto.

Roberto, con esa mueca suya entre cinismo y falsa sensatez, se atrevió a abrir la boca.

—El padre de Alcázar es un empresario muy poderoso en el estado. Fue él quien me pidió que contratara a su hijo. Lo conozco desde hace algunos años… quizá yo podría hablar con ellos.

Lo fulminé con la mirada. Un frío helado me recorrió el pecho.

—¿En serio piensas que un empresario poderoso aceptará que su hijo murió por un «accidente» en nuestra obra? —espeté, con un filo en la voz que cortaba el aire—. No, Roberto. Hablaré con ellos personalmente. Tú ya has demostrado ser un incompetente.

Vi cómo se le tensaron las facciones. Era incapaz de sostenerme la mirada. Lo sabía atado, reducido. Y lo recordé una vez más: si algún día osaba desafiarme, no solo perdería su lugar en la empresa… también el derecho a llevar nuestro apellido.

Me giré y salí de su oficina de un portazo. Por dentro, mi cuerpo era un nudo de nervios, un torbellino que me quemaba las entrañas. Por fuera, en cambio, mantenía esa frialdad calculada que siempre me había salvado. Esa coraza que imponía respeto y temor.

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