Capítulo 61
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Ana Paula Lago
Cuando la puerta del consultorio se cerró detrás de Roberto, me quedé en silencio, mirando por unos segundos el espacio vacío que había dejado.
Aún podía sentir su presencia, esa energía intensa, abrumadora, que parecía llenar cada rincón cuando estaba cerca.
Había dicho que amaba a Clara.
A Clara, su fantasma.
Y en ese instante, sin quererlo, me vi reflejada en él.
Yo también había quedado estancada en algo que ya no existía.
Había aprendido a vivir con el peso del pasado, disfrazándolo de trabajo, de bata blanca, de profesionalismo. Pero la verdad era que, al igual que él, también estaba cansada de sentir ese vacío.
Apoyé los codos sobre el escritorio y me froté las sienes.
Las palabras que le había dicho —“te estás enfermando de soledad”— me siguieron resonando dentro. Tal vez no solo hablaban de él. Tal vez también hablaban de mí.
Recordé que, semanas atrás, una de las enfermeras había dejado en la bandeja de la sala de descanso unas tarjetas de un grupo de tanatología.
“Por si alguno de los pacientes lo necesita”, había dicho.
Nunca pensé que sería yo quien la ocuparía..
Saqué una de esas tarjetas del cajón de mi escritorio, la observé por unos segundos y suspiré.
—Quizás no me haría mal —murmuré.
Y entonces se me ocurrió una idea.
Abrí el expediente de Roberto y busqué su dirección. No estaba lejos. Dudé un instante —sabía que no debía mezclar mi vida personal con la de los pacientes—, pero había algo en su mirada, en esa manera tan desesperada de aferrarse al pasado, que me recordó demasiado a mí misma. Además, Roberto no era tan malo, solo le faltaba algo de cariño por que estaba amargado, si el pudiera recapacitar y reconciliarse con su familia, Arturo de alguna manera también estaria feliz al igual que la pequeña Lisa, que según me habia platicado amaba a su tío Roberto.
Esa noche, conduje hasta su departamento. El cielo estaba encapotado, y las luces de la ciudad parecían más tenues que de costumbre. Subí hasta el piso donde vivía y toqué la puerta.
Tardó en abrir. Cuando lo hizo, estaba con una camiseta gris y el cabello despeinado. Tenía una copa en la mano, hice una mueca de molestia por que de seguro mando mis instrucciones de consulta al carajo, le habia dicho que cero alcohol.
—Ana… —dijo, sorprendido, con una media sonrisa—. No pensé que me extrañaras tan pronto.
—Vine a proponerte algo, ¿podemos hablar? —le respondí, intentando mantener la compostura.
Frunció el ceño, pero me dejó pasar. El departamento olía a madera y whisky. En el fondo, las luces de la ciudad se colaban por el ventanal, era una vista linda.
—Quiero que vengas conmigo a unas sesiones de tanatología, según lo que investigue la terapia tiene duración de un mes —le dije, sin rodeos.
Él me miró, curioso.
—¿Terapia de muertos?
—De duelo —le corregí con calma—. Te ayudaría a… soltar un poco. A entender lo que sientes. Como ya sabes yo también la necesito y te pido esto por que quiero que ambos recuperemos nuestra vida y dejemos de sufrir por un pasado que no volverá, nos estamos muriendo en vida mientras que nuestros amados hubieran querido vernos felices, ellos siempre estrán con nosotros Roberto, el amor siempre estará ahí.
Roberto suspiro.
—Nunca he ido a ninguna terapia y la verdad no tengo intención de ir —soltó, cruzando los brazos —Nunca aprendí a hablar de lo que siento.
Saqué la tarjeta del bolso y se la tendí.
—Si vienes conmigo, prometo hablar con Lily sobre ti. Pero solo si demuestras que has cambiado, incluso leí que la tanatología no es solo para seres queridos fallecidos, si no para otro tipo de duelos como el de separarse de la familia, puedes encontrar ahí la motivacion para continuar con una vida más feliz.
Me observó unos segundos, y una sonrisa ladina se le dibujó en el rostro.
—Trato justo. Pero… —hizo una pausa, inclinándose apenas hacia mí— Iré contigo si tú haces algo por mí.
—¿Algo? —pregunté con cautela.
—Sí. Vas y hablas con mi hermanito cara de culo —dijo con una carcajada que me descolocó—. Supe por mi madre que el pobre está deprimido… porque lo rechazaste.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Cómo dices?
Roberto asintió con aire de suficiencia.
—Sí, Ana. Sé cosas. Y sé que te gusta Arturo, estaba ese dia en el restaurante, el día que el ex de Lilian se puso loco, no dejabas de ver a Arturo y reconozco esa mirada a kilometros, lo veías con amor. No sé qué le viste, pero tampoco puedes andar por ahí con cara de zombi. —Me recorrió con la mirada, sin disimular—. Eres muy hermosa para andar lamentándote.
Me quedé sin palabras por un instante. No sabía si enfadarme u ofenderme. Al final, opté por devolverle la misma moneda.
—Mira quién lo dice.
Él soltó una carcajada, genuina esta vez.
—Buena respuesta, Ana, ya estamos a mano.
Mientras me despedía, lo vi apoyarse en el marco de la puerta, todavía sonriendo, con esa mezcla de arrogancia y tristeza que lo hacía tan… humano.
