Capítulo 98
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Roberto Abad Rocamonte
La adrenalina me golpeó como una ola helada, pero no solté a Domenika. Su brazo temblaba bajo mi agarre mientras intentaba controlar la respiración que se aceleraba por la tensión del momento. La estructura donde estábamos era tan angosta que un movimiento brusco habría bastado para mandarnos a los dos al vacío. Cuatro metros. Suficientes para romperse el cuello. Suficientes para que todo acabara mal.
Pero no pensaba permitir que fuera ella quien decidiera cómo terminaría aquello.
Con la otra mano le arranqué el arma de un tirón. El metal frío se deslizó en mi palma, pesado, decisivo, como si me recordara que solo tenía una oportunidad para ponerle fin a su locura.
La apunté directo al pecho.
Sus ojos se abrieron petrificados, y por un segundo —solo uno— vi miedo real en esa mujer que había causado tanto daño.
—No… no te atreverás a asesinar a una mujer mayor… ¿O sí? —escupió, intentando recuperar el control, aferrándose a la idea de que aún tenía poder.
Le sostuve la mirada sin parpadear. Oscura. Firme. Letal.
—No te muevas —le gruñí, cada palabra saliendo grave, profunda, nacida más de mi instinto que de mi razón.
Ella tragó saliva. Lo noté. Y lo disfruté.
Sin bajar el arma, retrocedí un paso. La estructura crujió bajo nuestro peso y me obligó a tensar cada músculo para mantener el equilibrio. Necesitaba llegar a las escaleras, a tierra firme, a un lugar donde, si intentaba algo, pudiera reducirla sin arriesgar que ambos nos matáramos.
Mi respiración se aceleraba, pero mi pulso no temblaba. No entonces.
—Lo digo en serio —añadí con voz baja, casi un susurro amenazante—. Haz un movimiento en falso y juro que te arrepentirás.
Ella se quedó inmóvil, petrificada. Por fin.
Seguí retrocediendo, paso a paso, sin apartar el arma de su pecho. No podía permitirme un segundo de distracción.
Pero todo pasó en un parpadeo.
Domenika, con la respiración agitada y los ojos desorbitados, metió la mano en su bolso. Yo fruncí el ceño y levanté el arma un poco más, tensando el dedo en el gatillo.
—Ni lo intentes —le solté con voz baja, rugosa—. Te juro que no me lo pensaré para disparar.
Pero ella ya no escuchaba razones. La locura le nublaba la mirada, esa clase de brillo desesperado que solo tienen quienes ya se sienten perdidos.
—Esta es la única oportunidad de acabar con la mujer que más he odiado —escupió, su voz temblorosa pero decidida—. La que arruinó mi vida… y no la voy a desaprovechar.
El tiempo se detuvo.
Un frío helado me recorrió entero cuando vi lo que sostenía en la mano. No era un arma. Era peor. Infinitamente peor.
Un detonador.
Mi corazón se estrelló contra mis costillas.
—No… —negué, sintiendo cómo el terror quebraba mi voz por primera vez en años—. No lo hagas. Domenika, no lo hagas.
Ella no me miraba a mí. Miró hacia abajo… hacia Ana y Arturo. Sus ojos brillaron de una forma terrible, como si por fin hubiera encontrado un sentido retorcido a su existencia.
Y ese instante bastó para que yo entendiera que estaba dispuesto a todo… incluso a matarla ahí mismo.
—¡No! —gruñí, alzando el arma.
Pero ya era tarde.
Ella sonrió.
Esa sonrisa heló mi alma.
—Adiós, cariño —susurró.
—¡¡CORRAN!! —rugí con toda la fuerza que tenía, el sonido desgarrándome la garganta—. ¡¡CORRAN, MIERDA, CORRAN!!
El clic del detonador cortó el aire como un latigazo.
Y entonces llegó.
La explosión.
Primero llegó un estruendo seco. Después otro. Y otro. Las columnas alrededor de ellos comenzaron a estallar una tras otra, levantando nubes de polvo, fragmentos de concreto, ecos que sacudieron la estructura como si estuviera a punto de desplomarse.
—¡Arturo! —quise gritar, pero la voz ya no me salía. Los vi, abrazados, Arturo envolviéndola con su cuerpo para protegerla.
El piso tembló bajo mis pies.
El mundo se me fue de las manos.
El estruendo todavía me retumbaba en los oídos cuando la estructura tembló bajo mis pies. Intenté retroceder, bajar las escaleras, pero un pedazo de metal salió disparado y me hizo perder el equilibrio. Mi bota resbaló en el borde.
Caí.
Rodé por varios escalones, golpeando costillas, espalda, brazos… hasta que conseguí aferrarme a una varilla oxidada. Me arrastré por el piso áspero, jadeando, con el sabor metálico de la sangre llenándome la boca.
Y entonces escuché el grito.
Un grito seco, brutal… y luego el sonido de un cuerpo cayendo desde lo alto.
Domenika.
Por un segundo cerré los ojos, deseando que todo fuera una jodida pesadilla… una de esas que se desvanecen al despertar empapado en sudor. Pero la realidad estaba ahí: polvo, ruinas, el eco ensordecedor de la explosión todavía vibrando en mis huesos.
Cuando el ruido cesó y la nube de tierra comenzó a disiparse, me obligué a ponerme de pie. Cada músculo me dolía como si me hubieran pasado por encima con una aplanadora. Me llevé la mano a la sien y sentí sangre tibia correr entre mis dedos.
Me importó una mierda.
Solo había una cosa en mi cabeza.
Eché a correr con la desesperación de un hombre que ya lo había perdido todo.
Corrí hacia donde, apenas unos minutos antes, estaban Arturo y Ana.
Pero ya no había nadie.
Solo una montaña de escombros. Columnas rotas, vigas retorcidas… y silencio.
Un silencio tan profundo que me atravesó el alma.
Mis ojos ardieron. La garganta se me cerró.
—A-Arturo… hermano… —susurré, arrodillándome mientras el aire me faltaba. Nunca pensé que diría su nombre así, con esa mezcla de dolor, miedo y arrepentimiento—. No… no podía ser así…
Podíamos pelear, gritarnos, incluso llegar a los golpes. Pero era mi hermano. Mi maldito hermano. La mitad de mi historia, de mi sangre.
Y ahora podía estar muerto bajo esos pedazos de concreto.
Las sirenas comenzaron a sonar a lo lejos, acercándose rápido. Patrullas. Ambulancias. Todo un escándalo que no lograba atravesar el vacío que se había abierto en mi pecho.
Sentí una mano en mi hombro.
Frente a mí estaba Sam, arrodillado, con el rostro tenso.
—Señor… ¿Qué ha pasado? —preguntó, pero su voz me llegó lejana, como si estuviera bajo el agua.
No la escuché. O mejor dicho, no pude procesarla. Mi mente estaba atrapada en la imagen de Arturo protegiendo a Ana… y desapareciendo con ella bajo la explosión.
Tragué saliva, me obligué a respirar y me levanté como pude. Mis piernas temblaban. Mis manos igual.
Saqué el móvil del bolsillo con dedos ensangrentados y temblorosos.
Llamé a mi oficina.
—Manden un equipo completo de remoción de escombros a plaza Antara —ordené, con la voz rota—. Ahora mismo. No importa lo que cueste. Muévanse ya.
Colgué.
Y recé a un Dios al que hacía años que había dejado de hablarle… para que no fuera demasiado tarde.
—Sam —gruñí, sin aire, sin voz, sin alma—, Encuentra a Domenika. Cayó… escuché su grito, pero no vi el cuerpo. No podemos dejar que escape…
El asistente de mi hermano asintió sin pensarlo dos veces y salió corriendo entre polvo y sirenas. Yo ni siquiera pude seguirlo con la mirada. Tenía frente a mí la imagen más aterradora de mi vida: la montaña de escombros donde estaban Arturo y Ana.
El oficial mayor ya estaba gritando órdenes, pidiendo otra cuadrilla de rescate, maquinaria, ambulancias adicionales. Todo se volvió un caos de voces, radios y luces parpadeantes. Pero dentro de mí solo había un silencio brutal, uno que me estaba destrozando desde adentro.
Me uní a los oficiales sin dudarlo, metiendo las manos entre pedazos de concreto caliente, varillas oxidadas, trozos de columnas rotas. Sabía que no debía tocar nada, que era peligroso… pero ¿cómo mierda iba a quedarme parado?
Cada minuto contaba. Cada centímetro que lográramos mover podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Y aun así… yo había visto la explosión, la forma en que el piso cedió, cómo la estructura se vino abajo sobre ellos.
Solo un milagro podría haberlos protegido.
Un milagro… o uno de esos huecos que a veces se formaban en los derrumbes, pequeñas cámaras de concreto donde la gente queda atrapada con vida. Había leído sobre esos casos cuando estudiaba arquitectura: pequeños huecos de supervivencia donde algunas personas lograban permanecer con vida bajo los escombros.
Me aferré a esa mínima esperanza como un loco desesperado.
Porque no estaba listo para una despedida así.
No cuando por fin Arturo y yo comenzábamos a hablarnos sin gritarnos.
No cuando estaba aprendiendo a ser hermano y no enemigo.
No cuando Lisa… Lisa necesitaba a su padre. ¿Cómo carajos iba a mirarla a los ojos y decirle que no pude protegerlo?
Sentí cómo mis ojos ardían, cómo la garganta se me cerraba con un nudo que me estaba asfixiando. Apreté los dientes y tiré una losa de concreto con tanta fuerza que mis brazos temblaron.
Era mi culpa.
Por no haber apretado ese gatillo.
Por tener piedad.
Por pensar en Lily, en lo que ella habría querido, en lo que me quedaba de humanidad.
Por creer que todavía podía hacer las cosas bien. y ahora estaba pagando el precio más alto.
Mi respiración se volvió irregular, casi un jadeo. Las manos me sangraban por cortes que ni sentía. El polvo se mezclaba con el sudor, con la sangre, con el temblor que no podía controlar.
—Hermano… —murmuré sin darme cuenta, sintiendo que la voz se me quebraba—. Resiste…
Uno de los oficiales intentó detenerme.
—Señor, deje que nosotros nos hagamos cargo.
—¡No! —rugí, apartándolo con un empujón—. ¡Tengo que hacerlo! ¡Sigo hasta sacarlos o me muero aquí también!
Mi vista se nubló por un instante. No sabía si por el polvo, las lágrimas o el agotamiento. Pero seguí. Seguí arrancando escombros como un hombre que está perdiendo todo lo que ama.
La sirena de otra unidad se acercó. Las linternas iluminaron la zona. Escuché a alguien decir que ya habían localizado dos zonas inestables que podían colapsar otra vez.
No me importó.
Si la muerte quería llevarme también, que viniera ya.
Hasta que Sam regresara, hasta que supiera si Domenika estaba viva, hasta que encontraran aunque fuera una señal… yo no iba a detenerme.
Porque si Arturo y Ana aún respiraban ahí abajo…
Tenía que ser yo quien los sacara.
O vivir con esta culpa el resto de mi vida.
