Capítulo 29
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Ana Paula Lago
Había deseado no volver a cruzarme con el señor Abad, pero, por lo visto, ya me había elegido como su doctora personal. No podía evitar sentir cierta incomodidad; habría preferido que otro médico se encargara de él. Todo en Arturo imponía. Su aura era tan intensa que me hacía sentir pequeña, a pesar de que yo era la doctora y él, el paciente.
Frente a mí, sobre el escritorio, reposaba la bolsa de plástico con las muestras de ADN. Me quedé observándola un momento, intrigada. Algo en esa familia no estaba en orden. La pequeña Lisa había perdido a su madre y, ahora, su padre solicitaba una prueba de paternidad, tal vez pensaba que su hermano era el verdadero padre de la pequeña. Suspiré. No era la única con problemas en su vida, pero me recordaba que nadie estaba exento de cargar con su propia batalla.
…
Como de costumbre, llegué temprano al consultorio. Estaba de turno matutino esa semana, y lo agradecía: me gustaba la energía del día, la sala llena de pacientes, el trabajo constante que me mantenía ocupada.
El día señalado llegó. Los resultados de la prueba ya estaban guardados en el cajón de mi escritorio. Sabía que el señor Abad vendría, tarde o temprano, a recogerlos. No me equivocaba. A las nueve en punto, mi asistente anunció que se encontraba en la sala de espera.
Sentí un leve nudo en la garganta. Le indiqué que lo hiciera pasar. Me acomodé en la silla, enderecé la espalda y respiré profundamente para darme serenidad.
La puerta se abrió. Arturo Abad entró, y no pude evitar mirarlo con detenimiento: un hombre alto, de cabello oscuro, liso y corto, perfectamente peinado. Vestía una camisa azul arremangada hasta los codos y un pantalón de vestir gris. Tenía el porte de alguien acostumbrado a mandar, con esa seguridad natural que parecía llenar la habitación sin que hiciera el menor esfuerzo. Su seriedad endurecía sus facciones varoniles, pero al mismo tiempo había algo magnético en la forma en que su mirada se clavaba en todo lo que observaba, como si nada pudiera escapársele. Tenía hombros anchos, manos firmes, y una presencia que resultaba tan imponente como difícil de ignorar. Y aunque me resistiera a admitirlo, había en él una fuerza silenciosa, una atracción peligrosa que me hacía sentir vulnerable pese a mi bata blanca.
—Buenos días, señor Abad. Siéntese, por favor —le indiqué con un gesto hacia la silla frente a mi escritorio, procurando no detener la mirada demasiado tiempo en los moretones que aún marcaban su rostro, por la pelea con su hermano.
—Buenos días, doctora Lago. ¿Ya tiene los resultados de la prueba de ADN? —preguntó con voz firme, aunque sus ojos oscuros, profundos y escrutadores, parecían buscar algo más en mí.
Tragué saliva. Conocía bien la carga de ese instante. Todo su futuro emocional estaba contenido en un sobre.
—Sí, aquí los tengo.
Abrí el cajón y saqué el sobre blanco, sellado. Se lo entregué directamente en la mano. Lo observé expectante, cuando lo vi romper con rapidez el lateral del sobre y desplegar la hoja.
Lo observé en silencio. Cada gesto, cada mínima contracción en su rostro se me antojaba reveladora. Jamás pensé que leería los resultados frente a mí, y, sin embargo, ahí estaba, devorando las palabras con los ojos. El aire se volvió denso.
Y entonces, vi cómo una leve sonrisa se asomaba en sus labios. Sentí el alivio en su mirada antes de que nuestras pupilas se cruzaran. No dijo nada. Volvió a doblar con calma la hoja y la guardó dentro del sobre.
—Espero que sean los resultados que deseaba —dije al fin, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado entre nosotros.
—Claro —respondió con un tono más relajado. Noté cómo su postura se suavizaba y, por primera vez, me regalaba una expresión que no era rígida ni distante—. Lisa es mi hija.
Una parte de mí, en lo más hondo, se alegró por él… aunque no debía. ¿Cómo podía sentir algo semejante hacia el hombre que, según todos, tenía responsabilidad en la muerte de Carlos? Sin embargo, últimamente me descubría dudando de esa verdad tan repetida. Quizás él no había tenido nada que ver y había sido un accidente, una desgracia. Quizás las piezas no encajaban como yo creía.
Se puso de pie y yo hice lo mismo, rodeando mi escritorio para acompañarlo hasta la puerta.
—Muchas gracias, doctora, por sus atenciones —me dedicó una sonrisa cálida.
—Es mi trabajo —contesté con formalidad, intentando no darle importancia a lo que acababa de provocar en mí.
Pero entonces vino lo inesperado.
—Antes de irme, quisiera invitarla a cenar el día de hoy, en agradecimiento por todo lo que ha hecho por Lisa, por mi padre y por mí. Sé que no es fácil dadas las circunstancias, pero usted ha sido totalmente profesional en su labor. Y dado que no quiso cobrar los dos cheques que le ofrecí anteriormente, mínimo debería aceptarme la invitación a cenar.
Entreabrí los ojos, incrédula. Negué lentamente con la cabeza.
—No es necesario, señor. Abad. Tengo mucho trabajo. Lamento declinar su invitación.
Lo que me desconcertó fue su reacción. Sonrió. ¿Por qué sonreía si lo estaba rechazando?
—No me gusta que me rechacen, señorita Lago —me corrigió, dejando atrás el “doctora”. Mi espalda se tensó. Su tono, aunque juguetón, tenía una seguridad arrolladora—. Por eso, después de las cuatro, hice reservación para todas sus citas disponibles del día de hoy hasta el final de su jornada. Ahora tiene tiempo para cenar conmigo. Además, le tengo noticias sobre el accidente de la Plaza que estoy seguro querrá escuchar.
Un escalofrío me recorrió. ¿Cómo se había atrevido a reservar todas mis citas? ¿Quién se creía que era? Abrí la boca para protestar, pero no me dio la oportunidad.
—Paso a las ocho por su casa. Sé dónde vive —remató, guiñándome un ojo antes de salir con la misma determinación con la que había entrado.
Me quedé petrificada, con la boca entreabierta, incapaz de articular palabra.
…
A las cuatro y media llegué al departamento de Lili. La encontré recostada en el sofá, viendo videos de YouTube en la televisión. Apenas me vio, su rostro se iluminó con una gran sonrisa.
—¡Ana! —exclamó, aunque enseguida me recorrió de arriba abajo con la mirada, arqueando una ceja con suspicacia.
—¿Qué haces aquí tan temprano, señorita? —preguntó con un tono juguetón, como si fuera mi madre, además de mi jefa.
Suspiré. Lili era mi mejor amiga desde siempre, casi como una hermana, y con ella podía ser completamente sincera.
—Emm… el señor Abad reservó todas mis citas de la tarde, después de las cuatro, para que vaya a cenar con él. Dice que tiene algo importante que contarme sobre el accidente de la Plaza Antara —respondí encogiéndome de hombros, como si no fuera gran cosa, aunque en realidad me tenía intranquila.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Cómo es que hizo eso sin que yo me diera cuenta? ¿Cuál de los dos Abad? ¿El malo o el muy malo?
No pude evitar soltar una risa ante aquella ocurrencia.
—¿Cuál se supone que es el malo y cuál el muy malo?
Ella rio entre dientes.
—Supongo que el malo es Arturo, ¿no dijiste que era como el dueño de la constructora donde trabajaba Carlos? —asentí con la cabeza—. Y el muy malo sería Roberto. Ese hombre sí que está necesitado de afecto. Se le nota a leguas que, con un poco de cariño, podría volverse bueno. Lástima que yo ya tengo novio, y además no me gusta tomar hombres como proyectos. Y vamos, ¿qué clase de hombre le roba la esposa a su propio hermano?
Me senté a su lado y apoyé mi cabeza en su brazo, dejando escapar un suspiro.
—Es una familia con muchos problemas…
Lili se levantó de golpe, con esa energía inagotable que siempre la caracterizaba.
—Te dejo, porque ayer llegué diez minutos tarde a la clínica. Y aunque mi papá me permite ciertas libertades, son los pacientes los que no me perdonan. Por cierto, tengo que preparar hoy toda la papelería de la operación del señor Abad. Dios quiera que se recupere… y que sus hijos no vuelvan a pelear, o lo mandarán directito con San Pedro.
Negué con una risa suave. Esos eran comentarios típicos de médico: la manera de disfrazar con humor el dolor de ver a alguien en peligro de muerte.
—Ana, ¿crees que el viernes podrías acompañarme al cumpleaños de Miguel? —me preguntó de pronto con un puchero—. Le estoy preparando una cena con algunos compañeros del trabajo, algo íntimo, en un restaurante-bar exclusivo de la ciudad. Últimamente, hemos tenido ciertas discusiones, la relación está tensa y no sé por qué. Siento que me oculta algo, pero no quiere decírmelo.
—Lo siento, amiga —dije con sinceridad, posando una mano sobre la suya—. Espero que no te esté ocultando nada. Confía en él. Ya te ha demostrado muchas veces que te quiere. Tal vez solo sea la presión del trabajo. A veces Carlos y yo también discutíamos por el tiempo que pasábamos juntos. Él se quejaba de mis largas jornadas cuando había emergencias, pero al final entendía que era parte de la vida que habíamos elegido. Tú y Miguel son médicos, la tensión es doble: los turnos, las guardias, las horas en el hospital… eso pasa factura.
Mi amiga se quedó mirando un punto fijo en la pared, como si mis palabras hubieran removido algo en ella.
—Tienes razón… quizá solo sean ideas mías. Bueno, ya me voy a bañar. Pero vienes conmigo, ¿verdad?
Asentí.
—Sí. Será mi primera salida social desde la muerte de Carlos.
—Me alegra que continúes con tu vida, Ana. Carlos lo hubiera deseado.
Una sonrisa grande y sincera iluminó su rostro. Nos abrazamos fuerte.
