Capítulo 52
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Lilian Caballero
Me separé apenas unos centímetros de él. Roberto protestó con un gruñido grave, ronco, que me estremeció. Sonreí con cierta osadía, sintiendo cómo el aire entre nosotros se volvía espeso, cargado de deseo.
Llevé las manos al borde de la toalla que aún cubría mi cuerpo y la dejé caer lentamente al suelo.
Sus ojos recorrieron mi piel con una lentitud calculada, como si cada curva fuera un secreto que deseaba memorizar. Se relamió los labios, y el fuego que vi en su mirada me hizo sonreír con lascivia.
—¿Te gusta lo que ves, señor Abad? —pregunté apenas en un susurro, sosteniéndole la mirada.
Él exhaló despacio, sin apartar los ojos de mí.
—Eres una belleza, doctora —murmuró con voz grave, como si el título le resultara una provocación.
Carraspeé suavemente, intentando mantener la razón entre tanto deseo.
—Como imaginarás —dije con calma—, al ser doctora, estoy protegida; tengo un implante anticonceptivo. Pero quiero dejar claro que debemos usar preservativos. No haré nada sin eso, no pienso exponerme a una ITS.
Roberto sonrió de lado, con esa mezcla de picardía y respeto que lo hacía tan peligroso.
—Chica lista —susurró—. Lo imaginé, por eso pedí algunos.
Se alejó unos pasos y rebuscó entre las bolsas del carrito hasta encontrar una pequeña caja. La levantó con aire triunfal.
—Aquí están. De todas formas, estoy limpio —añadió con una sonrisa ladeada—. Me cuido mucho.
Se acercó a mí, despacio, levantando las manos en un gesto juguetón.
—¿Quieres hacer los honores? —preguntó con un brillo travieso en los ojos.
Sonreí. Lo deseaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Me acerqué a él con lentitud, dejando que la tensión creciera entre los dos. Sentía cómo el aire vibraba, cargado de anticipación. Tragué saliva. Mi mente intentaba mantener el control, pero mi cuerpo ya había tomado la decisión por mí.
No sabía qué me estaba pasando. Era como si algo dentro de mí —una parte oculta, dormida— hubiera despertado de golpe. Esa noche no era de juicios ni de límites. Solo deseo.
Elevé la mirada, buscando la suya. En su rostro había una expresión de poder, pero también de entrega. Cuando mis dedos rozaron su piel, un estremecimiento recorrió ambos cuerpos.
El ambiente se volvió más denso, más íntimo. El sonido de su respiración, el calor de su cuerpo tan cerca del mío… todo me hacía perder la noción del tiempo.
Esta noche sería solo eso: una locura compartida, una historia que quedaría grabada en mi memoria.
Solo nosotros dos.
Solo el deseo.
Sonreí. Lo deseaba. Tire suavemente la toalla en su cuerpo, mis ojos se abrieron a un más al ver que su miembro estaba totalmente erecto. Trague saliva. Era grande y grueso, muy bien dotado, como si me invitara a probarlo. Le pedí permiso con la mirada y él asintió. Me puse de rodillas frente a él.
Levante la mirada y busqué la suya, encontré una mirada de autosuficiencia en su rostro. Cuando el vaho cálido de mi aliento rozó su miembro, sentí como todo su cuerpo se tensó. Con mi lengua recorrí cada pliegue con deleite, lo estaba disfrutando como no lo hacía hace mucho, esto era diferente porque no tenía que ser recatada ni mucho menos, era una noche solo para los dos. Pero quedaría en mi memoria para siempre.
Marqué el ritmo con mi boca. Sus jadeos llenaron la habitación. Me sentí poderosa al verlo cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, disfrutando de las caricias de mi lengua sobre su corona. —Oh, doctora… —gimió. Su miembro palpitó en mi boca, hinchándose un poco más. Traté de relajar la garganta, introduciéndolo más profundo, pero tuve que contener una arcada. Era demasiado grande.
Mis ojos se humedecieron. Sabía delicioso.
Sus manos se enredaron en mi cabello y, de repente, me separó de golpe. Sonreí al notar su respiración entrecortada, cargada de deseo. En un parpadeo, ya estaba sobre mí, ambos sobre la cama, la calidez de su cuerpo rozando el mío.
—Ya te divertiste demasiado, doctora. Me toca a mí —susurró con voz grave.
Me estremecí. Sus labios comenzaron a recorrer mis pechos, mordisqueando y lamiendo con precisión uno a uno. Su lengua dibujaba círculos suaves, atrapando cada pezón entre sus labios con succiones que me llevaban al borde de la locura.
—Aaah… —gemí, arqueando la espalda, deseando más.
Mi labio inferior tembló cuando su mano descendió entre mis muslos, acariciando con un solo dedo, explorando con paciencia y firmeza.
—Estás empapada, doctora. Me gusta —murmuró, su voz ronca llenando el espacio entre nosotros.
Se arrodilló entre mis piernas, tomando su virilidad con una mano, mientras llevaba los dedos cubiertos de mis fluidos a su boca.
—Deliciosa —susurró, y un estremecimiento me recorrió de pies a cabeza.
Me quedé observándolo mientras se enderezaba sobre sus rodillas para ponerse el preservativo. Cada músculo de su cuerpo se definía bajo la luz tenue de la habitación; era imposible apartar la mirada. Cuando abrió el empaque con los dientes, me lanzó una sonrisa traviesa que me hizo jadear.
—Quiero beber de la fuente antes de entrar —susurró con voz grave y cargada de deseo.
El contacto de su aliento cálido contra mi centro me hizo estremecer. Su lengua recorrió cada pliegue con precisión experta, provocando que mi vientre se tensara, y cerré los ojos para concentrarme en las sensaciones. Mis manos se enredaron en su cabello, pidiendo más, mientras sus labios atrapaban mi punto más sensible con una delicadeza feroz.
—¡Roberto! —gemí, arqueando la espalda—. ¡Oh, Dios! Así… más… profundo…
Mis manos se aferraron a sus hombros, clavando suavemente las uñas mientras él introducía un dedo con maestría. Mi pulso se disparó cuando añadió un segundo dedo, bombeando con ritmo, tocando un punto interno que me hizo perder el control.
—Córrete para mí, Lilian —ordenó con urgencia, acelerando el ritmo—. Estoy tan duro por ti que no puedo esperar a estar dentro.
Mis muslos se tensaron, el placer serpenteando desde mi centro hasta cada rincón de mi piel, hasta que exploté en un gemido incontrolable.
Comencé a boquear en busca de aire, jadeando mientras retiraba sus dedos. Abrí los ojos y lo encontré con una expresión de satisfacción pura. Mis mejillas ardían, mi cuerpo vibró con cada latido. Estaba completamente a su merced, y, aun así, no deseaba estar en otro lugar.
—¿Lista? —preguntó, con tono socarrón, esa mezcla de reto y deseo que me volvía loca.
Asentí, y sus manos se cerraron firmes sobre mis muslos, tirándome hacia él. Se inclinó lentamente hasta encontrar mis labios, besándome con una intensidad que hacía arder cada centímetro de mi piel. Su cuerpo rozó el mío, y sentí su calor contra mi centro; un leve empujón lo acercó más a mí.
Rompí el beso con un jadeo, incapaz de controlar mi respiración. Él se incorporó apenas lo suficiente para mirarme a los ojos, y lentamente se introdujo en mí, acomodándose con precisión, sintiéndose en perfecta armonía con mi cuerpo. Nos observamos, compartiendo la intensidad del momento, cada respiración, cada estremecimiento.
Cuando estuvo completamente dentro, comenzó a moverse. Primero suave, luego firme, seguro de cada embestida. Este hombre era un verdadero dios del placer. Sus movimientos eran precisos, profundos, y cada empuje encendía mi cuerpo aún más.
—¡Roberto! —gemí, dejándome llevar por el calor que recorría cada fibra de mi ser.
—Eres tan estrecha… —susurró al oído—. Esta noche eres solo mía, Clara.
El nombre me atravesó como una daga. Clara. Por un instante mi respiración se cortó, pero decidí ignorarlo. No podía permitirme detenerme, no ahora, cuando cada sensación me estaba consumiendo. Sus estocadas se hicieron más intensas, más urgentes, y yo me entregué sin reservas.
Un par de embestidas después, un espasmo me sacudió por completo. Mi cuerpo se tensó, temblando bajo su ritmo implacable. El clímax me envolvió, mientras él continuaba moviéndose, firme y seguro. Sentí el río de placer entre mis piernas, mezclándose con el aroma a sudor y pasión que impregnaba la habitación.
—¡Carajo! —maldijo, dejándose caer sobre sus codos, completamente inmóvil, su virilidad todavía palpitando dentro de mí. Hundió el rostro en mi cuello, respirando con dificultad, mientras yo acariciaba su espalda, sintiendo cada músculo tensado por la pasión.
Me llevé una mano a la frente, y ese nombre seguía resonando en mi mente. Clara. Era imposible ignorarlo: él seguía amándola, a pesar de los años. Tragué saliva, intentando concentrarme en el calor de su cuerpo y en la satisfacción de nuestros cuerpos entrelazados.
Roberto se incorporó, poniéndose de pie, y tiró suavemente de mi brazo para que lo hiciera también. Leyó la sorpresa en mi mirada y sonrió con esa arrogancia irresistible.
—Aún no terminamos, doctora —dijo, su voz cargada de promesa y deseo—. Dijiste que sería una noche… y todavía nos quedan varias horas.
No pude contenerme. Abracé su cuello y lo besé con toda la intensidad que tenía, devorando su boca, recorriendo su cuerpo con mis manos. Nos entregamos al fuego de la pasión sin límites.
La noche se fue consumiendo entre besos, silencios, risas inesperadas y la certeza de que ninguno de los dos estaba preparado para lo que aquella decisión significaría.
Cuando el amanecer comenzó a filtrarse entre las cortinas, ya no sabía cuántas veces nos habíamos amado ni cuánto tiempo había pasado.
Solo sabía que el hombre al que juré no volver a ver dormía a mi lado.
