Capítulo 78

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Durante el trayecto al hospital marqué a Sam, el asistente de Arturo. En cuanto escuchó mi voz y notó la urgencia en mi tono, su actitud cambió por completo. La preocupación se coló en cada una de sus palabras, y en ese momento supe que podía confiar en él. Sam apreciaba de verdad a Arturo, eso era evidente.

—No se preocupe por Lisa —me dijo con voz firme—. Mañana yo mismo la llevaré al colegio. Le diremos que su papá tuvo que salir a un viaje de trabajo por unos días.

Agradecí su calma, aunque dentro de mí todo era un torbellino.

—Aún no llames a sus padres —añadió—. Espere a saber exactamente qué pasó. Ayer, lo último que supe del señor Arturo, es que fue a visitar a su hermano Roberto a su oficina en la nueva constructora, yo mismo le conseguí la dirección, pero no quiso que lo acompañara.

Mi corazón dio un vuelco. Tragué saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en mi garganta. ¿Roberto? La sola idea me revolvió el estómago.

—¿Roberto? —susurré apenas audible, mirando de reojo a Lily, que conducía con el rostro tenso.

Recordé las palabras de su hermano, aquella promesa de que sería una mejor persona… pero ahora todo se tambaleaba. No quería ni imaginarlo. No quería que Lily sufriera si se enteraba de lo que pasaba entre ellos.

¡Dios! ¿Cómo podía haber relaciones familiares tan complicadas? Eran hermanos… pero también enemigos.

Mientras yo hablaba con Sam, Lily se encargó de llamar al hospital para que tuvieran lista una camilla y un médico disponible. Gracias a su previsión, todo fue más rápido cuando llegamos. Entre ambas logramos que lo instalaran en una habitación. Lily salió en busca de un doctor de confianza mientras yo me quedé a su lado. No pensaba moverme de ahí.

Poco después regresó acompañada del doctor Martínez, un hombre de rostro amable y gesto serio. Le explicamos las sospechas, y él coincidió con nuestro diagnóstico. De inmediato giró una orden para extraerle sangre y confirmar si había sido drogado.

Mientras lo acomodaban, me dediqué a quitarle los zapatos, el saco, y a aflojarle el cinturón. Quedó cubierto por la sábana blanca del hospital, pálido, vulnerable. Mi corazón se encogió al verlo así.

Sabía que las drogas para dormir podían tardar horas en metabolizarse, pero esa espera se volvió una auténtica tortura.

Me senté junto a él, tomé su mano cálida entre las mías y le acaricié la mejilla con ternura. Inclinándome sobre su oído, le susurré:
—Despierta… solo despierta. Todo lo demás lo resolveremos después.

Acaricié su cabello antes de apartarme y caminé hacia el sillón donde Lily me esperaba. Me senté a su lado, tratando de mantener la compostura, aunque las lágrimas amenazaban con traicionarme.

—Gracias por todo, Lily —logré decir con un hilo de voz.

Ella me abrazó con fuerza.
—Amiga, sabes que siempre estaré aquí para ti. Eres como mi hermana —susurró antes de mirarme con preocupación—. Ana… ¿Arturo tiene enemigos? No creo que haya sido un robo. Esto parece una advertencia. —Sentí cómo mi espalda se tensaba de inmediato. —Lo dejaron justo en tu puerta, no en la suya ni en la de sus padres —continuó ella—. Saben que eres doctora… y que lo atenderías rápido. Todo esto lo hicieron con intención.

Sus palabras me atravesaron como una lanza.
Tenía razón. Nada de aquello era casualidad.

Y ese pensamiento me heló la sangre.

—Lily, amiga… —dije, sintiendo cómo la garganta se me cerraba— creo que lo que voy a decirte no te va a caer nada bien, pero Sam me comentó que la última persona que vio a Arturo fue Roberto. ¿Crees que… haya sido él quien lo dejó así?

Pronunciar esas palabras me dolió más de lo que esperaba. Intentaba convencerme de que Roberto no sería capaz de algo tan cruel. Eran familia, por Dios. Quise creer que no.

Vi cómo Lily apretó la mandíbula, su mirada se endureció.

—No lo creo —replicó con voz fría—. No quiero acusarlo sin pruebas… pero Roberto ya hizo algo parecido con Miguel ¿recuerdas? Fue él quien provocó que se pusiera todo loco el día de su cumpleaños.

Sentí que el alma se me caía a los pies.

—Roberto nos ha mentido a las dos… pensé que su cambio era sincero —susurré, llevándome una mano al pecho. Había confiado en él, incluso hablé bien de él con Lily para que le diera una oportunidad. Qué ingenua fui. Suspiré—. Deberíamos esperar a que Arturo despierte. No hagas nada todavía, por favor. Necesitamos saber la verdad antes.

—Si fue Roberto, te juro que me va a escuchar —gruñó entre dientes. La furia brillaba en sus ojos. Se sentía traicionada, y con razón.

No sabríamos qué había pasado realmente hasta que él abriera los ojos.

Por suerte, una de las ventajas de ser doctora era que atendían rápido a tus familiares. En menos de una hora, el doctor Martínez entró a la habitación. Su sonrisa amable me reconfortó de inmediato. Todos nos pusimos de pie apenas lo vimos.

Él agitó una hoja con los resultados en la mano y me la tendió. La tomé mientras lo escuchaba con atención.

—Creo que al señor Abad le quisieron jugar una broma de muy mal gusto —explicó—. La sustancia encontrada en su sangre es un somnífero. Nada grave, casi no tiene efectos secundarios, pero hay que esperar a que despierte. Por protocolo debe quedarse unas seis horas más en observación. Los cuidados ya los sabes, Ana: hidratación, agua, suero… al despertar estará mareado y algo confundido. Es posible que no recuerde lo que ocurrió unas horas antes de quedar inconsciente. A veces, incluso, olvidan el día completo.

Asentí en silencio, mirando el rostro dormido de Arturo.

—Gracias, doctor.

—De nada. Ya solo queda esperar. Cualquier cosa que necesiten, estaré en mi consultorio —dijo antes de salir de la habitación.

Lily se giró hacia mí.
—Ana, quédate con él. No te preocupes por el trabajo, necesito que estés tranquila.

Negué con la cabeza.
—No sé cómo podré pagarte todo lo que haces por mí. Siento que no merezco este trabajo… he faltado tanto últimamente.

Lily sonrió con esa ternura que solo ella tenía.
—No digas tonterías. Alguna ventaja debía tener ser amiga de la hija del dueño del hospital. Además, sé que no lo haces a propósito. Desde que Carlos falleció, tu vida dio un vuelco enorme. Tú y Arturo merecen ser felices, Ana.

Sus palabras me quebraron por dentro. La abracé con fuerza.

—Ve a dormir, amiga. Yo me quedaré con él. Gracias, de verdad. Eres una amiga increíble. Te quiero.

—Yo también te quiero —susurró, devolviéndome el abrazo—. Me avisas mañana cómo sigue Arturo.

Asentí, viéndola marcharse.

El silencio de la habitación se hizo denso, solo interrumpido por el pitido constante del monitor. Me acerqué a Arturo y me quedé observándolo. Miré el reloj: casi era medianoche.

Sabía que la sustancia que le habían administrado era un sedante potente, uno de esos que no se venden libremente. Solo alguien con dinero o contactos podía conseguirlo. Lo usaban para robar… o para cosas peores.

Me estremecí.
Según mis cálculos, faltaban tres o cuatro horas para que despertara.

Me incliné sobre él, acerqué mi rostro hasta rozar su mejilla y respiré su aroma, buscando un poco de calma en medio de tanto miedo. Le di un beso suave en los labios y acaricié su frente.

—Todo va a estar bien… —susurré, casi en un ruego.

Me senté en el sillón y me acurruqué con la intención de dormir un poco. Necesitaba estar lúcida cuando abriera los ojos.
Sabía que lo peor aún estaba por venir.

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