Capítulo 68

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Arturo Abad Rocamonte 

Tener a Ana entre mis brazos era una de las experiencias más hermosas que he vivido.
Después del desayuno volvimos a encontrarnos entre las sábanas. No fue algo planeado; simplemente sucedió.

Como si el deseo y la necesidad de tenernos se hubieran confabulado para que el tiempo dejara de existir. Tenerla entre mis brazos me hacía feliz de una manera que jamás imaginé. 

No era solo deseo. Eso sería demasiado simple. Lo que sentía cuando la abrazaba esa paz. Hacía años que no despertaba con la sensación de que el mundo, por unos instantes, estaba exactamente donde debía estar. 

Cuando decidí venir a buscarla, no esperaba nada concreto. Venía con la mente abierta, dispuesto a aceptar cualquier posibilidad. Pero jamás imaginé que terminaríamos así: abrazados, desnudos, con el silencio de la habitación, envolviéndonos como una promesa.

Ahora más que nunca sabía que no pensaba alejarme de ella. Era Arturo Abad y jamás había retrocedido frente a un desafío. Tampoco iba a hacerlo ahora. Estaba dispuesto a enfrentar cualquier obstáculo con tal de tenerla a mi lado. Ana era la mujer perfecta para mí.

—¿En qué piensas? —su voz me sacó de mis pensamientos.
Apreté mi pecho contra su espalda y hundí la nariz en su cabello. Olía a vainilla y a descanso.

—En lo hermosa que eres —susurré.

La escuché reír bajito, esa risa que siempre me desarmaba. Se giró entre mis brazos hasta quedar frente a mí. Sus ojos me miraron con esa mezcla de ternura y confusión que tanto me atraía.

Acaricié su mejilla con la yema de mis dedos, delineando la curva de su rostro.

—¿Puedo ducharme? —pregunté, incorporándome y quedando a un lado de la cama.

—Sí, claro… —respondió, sentándose y acomodando la sábana sobre su cuerpo—. Yo me bañaré en la habitación de Lili. Ya debe haberse ido al hospital.

—¿Y si nos bañamos juntos? —pregunté con una sonrisa, dejando que mi voz acariciara cada palabra mientras dibujaba círculos sobre su pierna.

Ana abrió los ojos como si mi propuesta la hubiera tomado por sorpresa. Por un segundo, su cuerpo pareció debatirse entre la sorpresa y el deseo. Fue apenas un instante, pero bastó para entender que había tocado una herida que aún no terminaba de cerrar.

No era el baño. Lo entendí en cuanto vi apagarse el brillo de sus ojos. Había tocado un recuerdo que todavía dolía.

Carlos seguía viviendo en pequeños momentos como ese. No competía contra un hombre… competía contra una historia que nunca tuvo la oportunidad de terminar.

No quería presionarla. La tristeza que asomaba en sus ojos me encogía el pecho.

—Tal vez… en otra ocasión —dijo, bajando la voz.

Asentí, tragándome la incomodidad.
—Está bien —respondí sin reproche.

Recogí mis cosas y me dirigí al baño, intentando mantener la calma.

El agua fría cayó sobre mi piel, arrastrando el calor del momento, pero no la sensación amarga que me quedaba dentro. Apoyé un brazo contra la pared y agaché la cabeza mientras dejaba que el agua me golpeara la nuca.

No podía evitar preguntarme si todavía había una parte de ella que le pertenecía a Carlos. Tal vez me quería. Tal vez incluso estaba empezando a enamorarse de mí. Pero él fue el amor de su vida… y contra un recuerdo perfecto era difícil competir.

Respiré hondo, cerré los ojos y negué con la cabeza, pasándome las manos por el cabello empapado.

No. No iba a rendirme.
Era yo quien estaba con ella ahora, quien la hacía reír, quien la hacía temblar. Me había aceptado, y eso ya era un comienzo.
Haría que volviera a enamorarse. Esta vez de mí.
Igual… o incluso más… de lo que un día amó a Alcázar.

Salí del baño y comencé a vestirme sin prisa. El vapor aún flotaba en el aire y el espejo empañado apenas reflejaba mi rostro. Me coloqué la camisa blanca, abotonándola con calma, mientras mi mente seguía enredada en el aroma de Ana, en la sensación de su piel contra la mía.

Cuando terminé, fui directo a la sala. Ella estaba allí, sentada en el sillón, con las piernas cruzadas y el cabello mojado cayéndole en suaves caireles sobre los hombros. Esa imagen me robó el aliento. Se veía fresca, luminosa… viva. Por un momento hasta olvidé lo que iba a decir, porque me perdí admirándola.
Llevaba una blusa negra semitransparente con un top debajo, jeans blancos y zapatillas deportivas. No necesitaba nada más para ser perfecta.

—Te ves hermosa —le dije, dedicándole mi mejor sonrisa.

Ana levantó la mirada, y cuando me devolvió la sonrisa, sentí que todo valía la pena. Por un momento me quedé observándola, intentando grabar ese instante.

En los últimos años me había dedicado tanto a cuidar de Lisa, a mantener la empresa familiar a flote, y a recomponerme de la traición de Clara, que había olvidado lo que era sentirme vivo de verdad.
Dejé de salir, me alejé de mis viejos amigos, y me convertí en un hombre que solo existía para cumplir responsabilidades. Solitario. Cansado.
Y ahora, de pronto, Ana estaba aquí…trayendo luz a lugares donde hacía años había dejado de buscarla.

Por la tarde, mi madre me llamó para preguntar a qué hora pasaría a ver a Lisa. Fue entonces cuando se me ocurrió proponerle a Ana que se quedara en mi casa esa noche. Le dije que podríamos ir juntos a ver a Lisa, que seguro se pondría feliz de verla.

En cuanto lo propuse supe que había ido demasiado rápido. La conocía lo suficiente para reconocer ese pequeño gesto con el que intentaba esconder sus dudas.

—¿Qué pasa? —pregunté, ya recostados en la cama, mirando un episodio de Friends. Reconocía la serie porque a Clara también le gustaba, aunque intenté no pensar en eso.

Ana escondió el rostro en mi pecho, como si buscara refugio.
—Me parece… precipitado —dijo en voz baja—. No sé si a Lisa le parezca raro que me quede en tu casa.

Le acaricié el cabello y besé su frente con suavidad.
—Ella entenderá cuando le explique que estamos juntos. —Hice una pausa, mirándola a los ojos—. ¿Estamos juntos, verdad?

Ella levantó la mirada. Sonrió con timidez y asintió.
—¿Somos novios? —preguntó, y su tono fue tan dulce, tan inocente, que me arrancó una sonrisa sincera. No porque me pareciera infantil. Sino porque llevaba semanas soñando con escucharla salir de sus labios.

Ana frunció el ceño, fingiendo molestia.
—¿Por qué te ríes?

—Porque suena tan… adolescente —respondí, sonriendo mientras la abrazaba—. ¿Quieres que te lo pida de rodillas? No soy un hombre muy romántico, Ana, pero sí así lo deseas, puedo hacerlo ahora mismo.

Tomé su rostro entre mis manos.
—Y lo que quiero —dije despacio, con la voz baja— es que estés a mi lado. Todo el tiempo que la vida nos lo permita.

Ella me miró, y en sus ojos vi algo que me hizo sentir en casa.
No dijo nada, solo me besó con esa mezcla de ternura y deseo que la hacía tan diferente. 

Aparqué el auto frente a la casa de mis padres y me quedé unos segundos mirando la fachada. Las jardineras llenas de plantas y flores que le encantaban a mamá, las cortinas beige en la ventana del estudio de mi padre, el aroma a buganvilias que se colaba desde el porche.
Tenía a Ana a mi lado.

—Vamos… mi madre estará contenta de verte, cariño —dije con emoción mientras le ofrecía la mano.

Ella sonrió con un nerviosismo adorable y asintió. Cuando la ayudé a bajar del auto, su piel rozó la mía y una corriente tibia me recorrió el cuerpo. 

Respiré hondo antes de abrir la puerta. No estaba nervioso por mi madre. Ella adoraría a Ana desde el primer instante.

Lo que realmente me inquietaba era otra cosa.

Que Ana descubriera todo el caos que existía detrás de mi apellido y decidiera que era demasiado tarde para quedarse.

En segundos, mamá apareció al otro lado con esa sonrisa que siempre me hace volver a sentirme como un niño.

—¡Arturo! —exclamó mientras me abrazaba con fuerza.

Luego sus ojos se posaron en Ana, y su expresión se suavizó aún más.

—Doctora buenas tardes… —dijo con tono amable—. Qué gusto saber que Arturo encontró el amor en una mujer tan encantadora como usted  y que ahora tendremos a una doctora en la familia —mi madre esbozo una sonrisa de felicidad.

—Buenas tardes, señora Cristina, gracias por aceptarme en su familia —respondió Ana con esa dulzura que tanto me derrite —¿Cómo sigue su esposo después de la operación?

—Ya mejor, ahora camina al menos unos veinte minutos todas las mañanas y poco a poco va regresando a su vida de antes.

Mamá le tomó las manos y la condujo hacia la sala. En el aire flotaba el aroma a café recién hecho, y el murmullo distante de la televisión que seguramente papá había dejado encendida.

—Tu padre se fue a recostar temprano —me dijo mamá con una sonrisa cómplice—. Hoy tuvimos un dia largo, Lisa es una niña alegre, pero inquieta —río bajo —Pero seguro mañana los querrá ver a los dos.

Asentí, pero lo que me desarmó fue lo que vino después.

Mamá volvió a mirar a Ana con ese brillo en los ojos que solo tenía cuando hablaba desde el corazón.

—Ana, no sabes cuánto me alegra que mi hijo haya encontrado a una buena mujer para rehacer su vida —dijo con voz suave, emocionada—. Gracias por quererlo… por corresponder el amor que él siente por ti, y por aceptar también a su hija. Lisa necesita una figura que la quiera de verdad.

Ana pareció conmoverse. Su mirada se humedeció apenas, y luego tomó con ternura las manos de mi madre entre las suyas.

—Señora Cristina… yo siento un amor muy sincero por Arturo —respondió con voz temblorosa, pero llena de convicción—. Y también por Lisa. Es una niña maravillosa… y puede tener la seguridad de que la quiero con todo mi corazón. Mientras ellos me permitan formar parte de su vida, siempre cuidaré de ambos.

Mamá sonrió, con ese gesto tranquilo que siempre da paz, y asintió despacio.

—Lo sé, hija… lo sé, ahora solo me queda pedirle a Dios que Roberto también encuentre a alguien que lo haga feliz.

No pude evitar sentir cierta incomodidad al escuchar a mi madre hablar de Roberto.

—Mamá, iremos a ver a Lisa a su cuarto.

—Si hijo, vayan, se pondrá feliz de ver a Ana.

En ese momento sentí que algo dentro de mí se acomodaba, como si las piezas de un rompecabezas por fin encajaran. Tomé la mano de Ana con suavidad, entrelazando nuestros dedos, y la conduje hacia la escalera.

Mientras subíamos a la segunda planta, el silencio era cálido. Al llegar frente a la puerta del cuarto de Lisa, me detuve.

Me giré hacia Ana. La luz tenue del pasillo caía sobre su rostro y hacía brillar sus ojos. Tomé su mano y la llevé hasta mis labios.

—¿Lista? —pregunté en voz baja, dejando que mis palabras rozaran su piel con el mismo cuidado con el que la besaba.

Ella asintió despacio, con una sonrisa que me desarmó por completo.

—Sí, Arturo… lista.

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