Capítulo 32
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Arturo Abad Rocamonte
Mientras conducía de regreso a casa, la ciudad se extendía frente a mí con sus luces vibrantes y su bullicio interminable. Pero mi mente estaba lejos de esas calles; estaba en Ana.
El acuerdo con los padres de Alcázar me venía rondando como una sombra. A cambio de no demandar a la constructora, me habían exigido mantenerla al margen, lejos de la tumba de su prometido. Cruel. Injusto. Pero, en aquel momento, necesario. Ahora, sin embargo, todo había cambiado. La verdad había salido a la luz: la empresa no tenía responsabilidad en el accidente. Ese pacto podía romperse si así lo decidía. Bastaría con contratar a un investigador y, en cuestión de días, podría decirle dónde descansaba Carlos Alcázar.
Me descubrí pensando en lo que aquello significaría para ella. Me importaban sus sentimientos, más de lo que debería. Ana me lo había demostrado con hechos: su paciencia con Lisa, la forma en que me enfrentó con dignidad en la oficina, incluso la manera en que soportó esta cena, intentando mantenerse firme a pesar de todo. Otra mujer en su posición me habría mandado al demonio desde la primera vez que puse un pie en su vida. Pero ella no. Y eso me desconcertaba.
¿Por qué seguía buscándola, una y otra vez? Podría alejarme fácilmente, hacer como si nunca hubiera existido en mi mundo. Pero no lo hacía. Su presencia me agradaba, y tal vez por eso no me apartaba de la suya.
Me pregunté en qué clase de enredo me estaba metiendo. Ana le caía bien a mi hija, ese era el pretexto perfecto para tenerla cerca. Por eso me animé a invitarla a cenar. Y al final, comprobé que había sido la decisión correcta: pude conocerla mejor, verla sin la bata que parecía ocultar todo lo que realmente era. Detrás de la doctora seria y profesional había una mujer… hermosa, no solo por fuera, sino también por dentro.
—Eres un estúpido, Abad —me maldije en voz baja, apretando con más fuerza el volante.
Porque, al final de cuentas, ya había tomado una decisión: después del evento en el colegio de Lisa, desaparecería de su vida. No tenía derecho a nada más. Para ella, yo no era más que un hombre que llegó a raíz de una tragedia. No iba a echarme de menos. No cuando en su corazón todavía habitaba el recuerdo de Carlos Alcázar.
…
Llegué directo a ver a mi pequeña. Estaba recostada en la cama, con la tablet entre las manos, totalmente absorta en una película de Frozen. En cuanto me vio, sus ojitos se iluminaron como si hubieran encendido un par de estrellas solo para mí.
—¡Papá, ya regresaste! —exclamó con emoción, dejando el aparato a un lado y extendiendo sus bracitos hacia mí.
Sonreí, incapaz de resistirme a aquel llamado. Caminé hasta ella y la rodeé con fuerza, respondiendo a su abrazo como si fuera el más valioso de los tesoros. Le di un beso en la frente y otro en la mejilla.
—Te extrañé mucho, hija —murmuré, llenándola de pequeños besos que la hicieron reír entre cosquillas.
Esa risa era mi redención. A veces me sentía culpable por no pasar tanto tiempo con ella como deseaba, pero dentro de mí sabía que éramos solo nosotros dos contra el mundo. Algún día crecería, armaría su propia vida y quizá yo tendría que aprender a dejarla volar. Pero hoy… hoy seguía siendo mi niña, y mientras pudiera, haría todo lo posible para verla feliz.
—Yo también te extrañé mucho, papi… ¿Quieres ver la peli conmigo? Es Frozen. La princesa, la hermana de Elsa, también se llama Ana, como la doctora. Las dos son mis favoritas —dijo con una enorme sonrisa que me desarmó por completo.
Reí ante su comparación, sin poder evitar que el nombre de Ana resonara distinto en mis oídos.
Me acomodé a su lado en la cama. Nos cubrimos con la misma colcha, ella se recostó contra mí y dejamos que la película siguiera su curso. No entendía del todo la trama, pero eso poco importaba; lo único que valía la pena era sentir a Lisa acurrucada en mi pecho. La rodeé con un brazo y, en esa quietud, el cansancio me venció.
Cuando abrí los ojos, la pantalla aún brillaba con imágenes congeladas. Lisa dormía profundamente, con su respiración acompasada y serena. Eran casi las dos de la madrugada. Con cuidado, me incorporé para no despertarla, apagué la tablet y la dejé sobre el buró. Después, me incliné para acomodar la colcha sobre su cuerpecito y darle un beso en la frente.
Me quedaban unas horas de descanso. Crucé hacia mi habitación con paso sigiloso, aunque la mente ya no me dejaba en paz. Mañana sería un día decisivo: operarían a mi padre, y Ana estaría ahí.
Por alguna razón, deseaba que las horas pasaran rápido… solo para volver a verla.
…
A la mañana siguiente llegué al hospital con la intención de saludar a mi padre antes de su operación. Giré despacio la perilla de la puerta y entré. Mi madre estaba sentada junto a la cama, con el rostro cansado pero sereno. Para mi sorpresa, mi padre no estaba recostado, sino sentado, con algo de color en las mejillas. Me alegraba verlo así, más repuesto.
—Hola, papá, ¿cómo estás? —pregunté acercándome para después darle un beso de buenos días a mi madre.
—Bien, hijo. Gracias al cielo sigo vivo para hacerle pagar a tu hermano toda la deshonra que nos ha hecho pasar. Necesito que, después de la operación, esté fuera por completo de la constructora. Hoy, antes de que vinieras, mi abogado me visitó. Ya hice la solicitud para cambiar mi testamento: ahora tú serás mi heredero universal.
Abrí los ojos con sorpresa. Mi padre hablaba con la misma dureza de siempre; estaba claro que no perdonaría a Roberto. Fruncí los labios, pensativo. No podía correrlo de la constructora todavía… lo necesitaba allí, aunque fuera por un tiempo más.
—Papá, tal vez deberíamos esperar un poco. Primero recupérate, no pienses en Roberto ahora. Lo resolveremos después.
Él negó con firmeza.
—Lo quiero fuera, Arturo. Es mi última palabra.
Suspiré.
—Está bien.
Sabía que Roberto no se tomaría nada bien aquella decisión.
En ese momento, la puerta se abrió y la doctora Lago entró a la habitación. Al verme, no pudo ocultar la sorpresa que cruzó fugaz por sus ojos. Carraspeó nerviosa, gesto que lejos de incomodarme me provocó una punzada de ternura.
—¿Cómo se encuentra, señor Abad? —preguntó mientras se colocaba el estetoscopio alrededor del cuello.
Se acercó con naturalidad profesional, aunque yo podía notar cierta tensión en sus movimientos.
—Voy a revisar sus signos vitales antes de que lo lleven a quirófano —añadió con esa voz dulce que contrastaba con la frialdad del hospital—. Está muy bien esta mañana, todo se encuentra dentro de lo normal. En un momento pasarán por usted. Permanezca tranquilo, la cirugía no es de alto riesgo, aunque sí tomará unas horas.
Nos regaló una sonrisa breve a mi madre y a mí. Yo asentí.
—Gracias, Ana… —me corregí de inmediato—. Quise decir, doctora Lago.
Ella titubeó. Sus dedos jugueteaban con la pluma y la carpeta del expediente, como si buscara refugio en esos objetos.
—Bueno, me retiro. Si necesitan algo, no duden en comunicármelo a mí o a la doctora Caballero.
Salió con prisa, como si necesitara huir de algo.
Al volverme, encontré la mirada inquisitiva de mi madre.
—Le hablas con mucha confianza, hijo.
Carraspeé, buscando una explicación convincente.
—Es la doctora de Lisa, mamá. Lisa se ha encariñado mucho con ella.
—Tal vez deberías invitarla a salir, hijo —intervino mi padre con una sonrisa cansada, pero aún firme—. Lisa necesita una figura materna en su vida. Y después de la terrible verdad sobre Clara, creo que su recuerdo ya no debería impedirte rehacer tu vida. Además… —se inclinó un poco hacia adelante—, necesito más nietos. Amo a Lisa con el alma, pero quisiera un nieto varón antes de morir. Y ya te estás tardando.
—Papá, por favor… —me llevé una mano al rostro con fastidio—. El prometido de la doctora era el arquitecto que falleció en el derrumbe de la plaza Antara.
La mirada de mi padre se iluminó, como si acabara de recibir una buena noticia.
—Entonces es soltera —sentenció sin más.
Cerré los ojos un instante. Mi padre era imposible.
—Rogelio, por favor… qué comentario tan inoportuno —lo reprendió mi madre con severidad.
Antes de que la conversación pudiera continuar, llegaron los enfermeros a llevarse a mi padre al quirófano en una silla de ruedas.
Lo observé alejarse con un nudo en la garganta. Sin darme cuenta, pensé en Ana. Ella no solo se estaba robando el corazón de Lisa… también, poco a poco, el de mis padres.
