Capítulo 56
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Nuestras miradas se sostuvieron por un instante demasiado largo. Era como si el silencio dijera lo que ninguno de los dos se atrevía. Luego, él asintió con un leve gesto y caminó hacia la entrada del colegio. Lo seguí, con el corazón latiéndome en los oídos.
Lisa estaba tremendamente feliz. Sus mejillas rosadas brillaban bajo la luz cálida del aula mientras cantaba con el grupo de niños. La maestra tocaba la guitarra y los pequeños movían las manos con una coordinación encantadoramente desastrosa. Arturo y yo estábamos sentados, rodeados de padres que grababan con sus teléfonos, y por un momento me sentí parte de algo que no me pertenecía… pero que deseaba.
Cuando Lisa nos buscó con la mirada desde el escenario, levanté la mano para saludarla. Ella me devolvió una sonrisa enorme y agitó los brazos con tanta emoción que casi se cae. Arturo soltó una risa baja, de esas que no se escuchan pero se sienten en el pecho. Me giré hacia él, y al verlo reír, no pude evitar sonreír también.
—No recordaba que reías así —le dije sin pensar.
Él me miró de reojo, como si la simple idea lo incomodara y a la vez lo conmoviera.
—Mi hija siempre ha sacado lo mejor de mí —murmuró, desviando la vista de nuevo al frente.
Después del canto vino una pequeña obra de teatro. Lisa hacía de “estrella fugaz”, con un disfraz lleno de brillantina y una capa plateada que le quedaba enorme. Cuando terminó su línea, corrió directo hacia nosotros, se lanzó a mis brazos y me llenó de polvo brillante.
—¡Ana, lo hice bien! Practiqué con mi maestra por videollamada… —gritó emocionada.
—Lo hiciste perfecto, mi pequeña —le respondí, acariciándole el cabello.
La maestra nos invitó a todos a sentarnos en el suelo en pequeños grupos. Había sándwiches, jugos, frutas cortadas y galletas. Lisa se sentó entre nosotros dos, hablándole a su padre con esa mezcla de amor y autoridad infantil que me hacía sonreír.
—Papá, come tú también, mi amiga Paty dice que los adultos se ponen de mal humor si no comen —dijo muy seria.
Arturo levantó una ceja hacia su hija, divertido.
—¿Ah, sí? —preguntó.
—Bueno, es cierto —añadí encogiéndome de hombros—. A veces el mal humor solo es hambre mal disimulada.
Él tomó uno de los sándwiches del plato y, sin decir nada, lo acercó a mi boca.
—Entonces será mejor que comas —susurró, con esa voz grave que me erizó la piel.
No tuve tiempo de reaccionar. Simplemente, lo mordí, intentando mantener la compostura, mientras mi corazón daba un salto dentro del pecho. Lisa, ajena a todo, reía con la boca llena de galletas.
—Gracias —atiné a decir.
Arturo solo sonrió, parecía divertirse conmigo, esa media sonrisa que casi nunca mostraba, y negó con la cabeza como si yo fuera un pequeño desastre imposible de resistir.
Seguimos conversando con otros padres, riendo cuando los niños se acercaban con las manos llenas de pintura o pedazos de papel brillante. El ambiente era cálido, familiar… diferente.
Yo lo miraba a veces, sin que él se diera cuenta. Había algo nuevo en Arturo que yo desconocía: una suavidad escondida detrás de su habitual rigidez, un brillo en los ojos cuando veía a su hija reír.
Cuando Lisa corrió de nuevo hacia el escenario con su grupo, quedamos por un momento en silencio.
—Gracias por venir, esto significa mucho para mí, en verdad Ana nunca había visto a mi hija tan feliz en estos eventos familiares del colegio —me dijo Arturo en voz baja, sin apartar la mirada de su hija.
—Gracias a ti por dejarme compartir este momento, me alegra haberlos acompañado —respondí, sinceramente.
Él se giró hacia mí, y antes de que pudiera entender lo que hacía, rozó mis mejillas con sus labios. Fue apenas un instante, un beso discreto, tierno, pero suficiente para dejarme sin aire. Mi corazón se aceleró tanto que tuve que fingir que buscaba algo en mi bolso para disimular.
—Te quedó brillantina en la cara —dijo él, bajando la voz.
—¿Ah, sí? —pregunté nerviosa.
—Sí, aquí —señaló mi mejilla con una sonrisa apenas visible.
…
—Hija, despídete de Ana —dijo Arturo en cuanto el auto se detuvo frente al edificio donde vivía.
—¡Adiós, Ana! ¡Espero verte pronto! —exclamó Lisa mientras sonreía, moviendo la mano con entusiasmo.
La emoción me ganó cuando la abracé. Apreté su pequeño cuerpo contra el mío, aspirando el aroma dulce de su cabello.
—Cuídate mucho, pequeñita. Puedes visitarme en el consultorio cuando quieras —le susurré, sintiendo cómo el corazón se me encogía en el pecho.
Era una despedida… y lo sabía. Quizá era la última vez que veía a Lisa. El padre de Arturo había sido dado de alta, además Lily me había dicho que a toda la familia Abad, la pasaría directo con la doctora Ruiz y, con eso, el lazo que me unía a ellos se desvanecía. Todo volvería a la normalidad, o al menos a esa especie de distancia necesaria que me negaba a aceptar.
Samuel abrió la puerta de mi lado justo cuando Arturo salía por la otra.
Arturo ya estaba frente a mí, erguido, con las manos en los bolsillos y esa expresión que mezclaba firmeza y algo que no sabía si era enojo o contención.
Nuestras miradas se cruzaron por unos segundos que se sintieron eternos.
Había algo en su silencio, una tensión que se extendía entre ambos como una cuerda a punto de romperse. Su quijada estaba contraída, sus ojos oscuros, impenetrables, pero dentro de ellos creí ver un brillo apenas perceptible, una emoción que él mismo intentaba sofocar.
Quise decirle muchas cosas: agradecerle por el día, por permitirme compartir ese momento con Lisa. Pero también quería reprocharle su distancia, su frialdad repentina, ese modo suyo de hacerme sentir cerca y lejos al mismo tiempo.
No dije nada. No podía.
—Te acompaño hasta tu departamento —murmuró con voz grave, sin dejar espacio para réplica.
Asentí en silencio. No confiaba en mi voz; temía que me traicionara.
Caminamos uno al lado del otro por el pasillo al salir del ascensor, el sonido de nuestros pasos resonando en el eco contenido del edificio. Podía sentir su presencia, fuerte, contenida, como si cada respiración suya rozara mi piel sin tocarla.
Cuando estuvimos frente a la puerta del departamento, el silencio se volvió casi insoportable. No sabía qué decir ni cómo despedirme. Mi corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo.
—Arturo… —alcancé a pronunciar, apenas un hilo de voz.
—No digas nada… —susurró él, y antes de que pudiera reaccionar, me atrajo hacia sí.
Su mano firme rodeó mi cintura y, en un solo movimiento, me robó un beso.
El mundo pareció detenerse.
El golpe de su respiración contra mi boca, el roce cálido de sus labios, la fuerza contenida en ese gesto que decía más que cualquier palabra. Fue un beso breve, pero lleno de todo lo que habíamos callado.
No hubo ternura al principio, sino una urgencia silenciosa, una confesión muda que esta vez no rechacé.
Cuando se separó, quedé inmóvil, apenas respirando.
Su mirada se mantuvo fija en la mía, y por un instante juré que iba a decir algo, pero no lo hizo. Solo se apartó un paso, con el pecho agitado y esa dureza que parecía un escudo.
Yo, en cambio, me quedé ahí, con la espalda apoyada contra la puerta, los labios temblando, y la sensación de que algo dentro de mí acababa de encenderse… o de romperse por completo.
