Capítulo 74
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Lilian Caballero
Regresé al consultorio después de que Ana se fue. No podía dejar de pensar en Ana. Me preocupaba verla tan rota después de lo feliz que había estado apenas unas horas antes. Siempre había sido una mujer buena, generosa, tan fuerte por fuera, pero tan frágil por dentro. No merecía sufrir así.
Me dejé caer en el sillón detrás del escritorio. Últimamente, pasaba más tiempo aquí, en mi oficina de dirección, que en el consultorio. Suspiré y tomé el teléfono para pedirle a mi asistente que pasara la lista de pacientes de Ana a mi agenda; hoy los atendería yo.
Apenas habían pasado unos minutos cuando escuché que llamaban a la puerta.
—Pase —dije sin levantar la vista de los documentos.
Cuando lo hice, mis ojos fueron directo a la cajita color rosa que mi asistente llevaba en las manos.
—Doctora, le enviaron esto de parte de Roberto Abad Rocamonte.
Mi boca se entreabrió sin poder evitarlo.
—Gracias —murmuré, y esperé a que saliera para tomar la cajita.
Era pequeña, elegante. La abrí con cuidado, y dentro había un reloj precioso, de oro rosa, con diminutas piedras que brillaban alrededor de la carátula. Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios.
—¿Aún no somos novios y ya me estás llenando de regalos, eh? —susurré, riendo sola.
Con cada gesto suyo, con cada detalle, Roberto me demostraba que Ana tenía razón: él estaba cambiando. O, tal vez, yo estaba empezando a verlo de otra manera.
Justo en ese momento sonó mi celular. Sonreí al ver su nombre en la pantalla.
—Hola… —contesté con voz alegre.
—Buenos días, mi doctora ardiente —dijo, con ese tono descarado que le encantaba usar.
Negué con la cabeza riendo.
—¿Cuándo vas a dejar de llamarme así, Roberto?
—Nunca. —Su respuesta fue tan firme que tuve que sonreír otra vez. Hubo una pausa antes de que añadiera—: Te llamo para saber si recibiste mi regalo.
—Sí, es hermoso. Me gusta mucho. Gracias.
—Pensé en ti cuando lo elegí. Está hecho para ti. Solo prométeme algo: no te lo quites por nada del mundo. Quiero que lo uses siempre.
Fruncí el ceño, alzando una ceja con desconfianza.
—¿Y eso por qué? ¿Acaso te volviste un novio controlador? —pregunté, más divertida que molesta.
—Porque sí.—Su tono fue casi infantil—. Me gusta pensar que, mientras lo llevas, estoy un poco más cerca de ti.
Rodé los ojos, aunque la sonrisa seguía en mis labios.
—Eres imposible.
—Ah, y antes de que se me olvide —añadió—, ya envié el regalo que le prometí a Tadeo. Espero que le guste.
Abrí los ojos con sorpresa. No esperaba que realmente lo hiciera.
—Le encantará, Roberto. Fue un detalle precioso. Eso dice mucho de ti… que no eres ese hombre cruel que todos creen. Solo escondes al verdadero detrás de una coraza.
Pude escuchar su sonrisa al otro lado de la línea, y yo también sonreí. Sin quererlo, me descubrí pensando que, estaba enamorándome de él.
—Quiero verte. ¿Qué te parece si nos vemos esta noche? —la voz de Roberto sonaba grave, tentadora—. Te invito a cenar, pero no tacos. Luego podemos venir a mi apartamento y…
Tuve que interrumpirlo antes de que siguiera. Si lo dejaba hablar un segundo más, sabía que iba a aceptar.
—Lo siento —murmuré, mordiéndome el labio inferior—, esta semana presiento que tendré demasiado trabajo. Ana tuvo que irse hoy del hospital y me haré cargo de sus pacientes, además de los míos… y de la dirección. Estoy atiborrada de pendientes. Pero, ¿qué te parece si nos vemos el viernes?
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Por un momento temí que se lo tomara mal.
—Está bien, lo que tú digas —respondió al fin, con un tono más contenido—. Pero dime algo, ¿por qué Ana no está asistiendo al hospital? ¿Pasó algo?
Tragué saliva. Dudé.
—¿No has visto el periódico de hoy? —pregunté, sabiendo que la noticia lo tomaría por sorpresa.
—No.
—Salió una nota en varios medios sobre Ana y Arturo. Insinuaron cosas horribles sobre ella… —suspiré—. Ana está muy frustrada, ya tenía dudas sobre comenzar algo con Arturo, y ahora con esto… no sé, temo que se aleje de él. Estaba tan feliz. Me duele verla así, es mi mejor amiga.
Del otro lado, escuché cómo chasqueaba la lengua con fastidio.
Y entonces, una idea absurda me cruzó la mente.
——Necesito preguntarte algo… y quiero que me contestes con la verdad. ¿Tuviste algo que ver con la publicación de esas notas? —Mi voz salió más severa de lo que planeaba—. Sé cómo se mueve el ambiente entre los ricos de esta ciudad. Alguien debió pagar para que eso saliera, porque ni Arturo ni Ana son figuras públicas.
—Por supuesto que yo no tuve nada que ver —respondió enseguida, con firmeza—. Podré ser muchas cosas, Lily… pero jamás usaría a Ana para golpear a mi hermano.
—Roberto… —susurré, entre la duda y la advertencia.
—Ya, Lili —interrumpió, más serio—. Te prometí que lo dejaría en paz, y lo he cumplido. Yo no fui. Y créeme, Arturo ya estará investigando quién lo hizo. Hay muchos que lo tienen en la mira, no soy el único.
Suspiré con alivio.
—Bien, te creo. Solo quería asegurarme.
—Por ti soy capaz de convertirme en un ángel si lo deseas —dijo, bajando la voz hasta volverla casi un susurro—. Solo no me hagas esperar demasiado o puedo volverme loco… necesito de tus besos, de tu cuerpo, de tu mirada…
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Sentí esas mariposas absurdas revolverse en mi estómago. Cerré los ojos, sonriendo.
—Espera hasta el viernes —dije, intentando sonar firme—. Te prometo que valdrá la pena.
—¿Dormiremos juntos? —preguntó con picardía.
—Mmm… si te portas bien… puede ser.
Él soltó una risita suave.
—Entonces esperaré. Te llamo luego, mi doctora ardiente.
Reí, negando con la cabeza. Este hombre iba a volverme loca.
—Hasta luego, señor Abad.
Colgué, aún con la sonrisa pegada en los labios. Me recliné en la silla, suspirando como una tonta, sintiéndome una adolescente de nuevo. Estaba enamorándome de él, perdidamente, sin remedio.
Saqué la cajita azul y tomé el reloj. Me lo coloqué con cuidado, admirando el brillo del oro rosa sobre mi piel. Era hermoso… y por un instante, juré que podía sentirlo a él ahí, conmigo.
