Capítulo 40

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Ana Paula Lago 

Después de ver a Lily marcharse con el corazón hecho trizas, sentí un vacío en el pecho que me oprimió hasta la garganta. Mi amiga, siempre tan fuerte, altiva y llena de luz, ahora parecía una sombra rota que apenas podía sostenerse en pie. Me giré entonces hacia Arturo. Sus ojos me buscaron, reflejando una mezcla de compasión y gravedad.

—Ella estará bien, se ve que es una mujer fuerte. Lamento mucho lo que le hicieron pasar —dijo, y su voz, serena, pero firme, me transmitió algo de calma.

Mordí mi labio inferior para contener las lágrimas que amenazaban con asomarse.
—Me duele verla así… Lily siempre es tan alegre y orgullosa de sí misma. Arturo, ¿podríamos regresar al departamento, por favor? Necesito saber que ha llegado bien a casa.

Él asintió sin dudar, con esa seguridad que me hacía sentir acompañada.
—Sí, por supuesto, vamos.

En ese instante, como si el destino se empeñara en recordarme que nunca nada era sencillo, cuando estábamos a punto de despedirnos, Amanda se acercó con una copa en la mano. Sus pasos resonaron seguros, y su sonrisa destilaba coquetería. No había duda en su mirada: Arturo se había convertido en su nuevo objetivo.

—Arturo, mi teléfono… —ronroneó con un guiño descarado—. Llámame, cielo.

Observé atentamente la expresión en el rostro de él. Arturo sonrió apenas, en un gesto educado que no delataba más. Pero cuando notó que yo lo estaba mirando, carraspeó nervioso y guardó su tarjeta en el bolsillo de su saco. El gesto me dejó una espina clavada. ¿Tenía intención de llamarla después?

Amanda era una mujer guapísima, segura de sí misma. Además de su belleza, tenía un futuro brillante: era médico con especialidad en ginecología. A su lado, yo no podía evitar sentirme pequeña, opacada. Yo apenas era médico general. Aún no había tenido la oportunidad de estudiar una especialidad porque, desde que me titulé, todo lo que ganaba lo invertí junto con Carlos en los ahorros y en los muebles para el departamento que él había comprado. Habíamos planeado un futuro juntos, un hogar, una vida entera compartida… pero nada de eso sucedió. Todo mi sacrificio se había esfumado al igual que su vida.

Suspiré, tratando de espantar esos recuerdos que aún dolían como si fueran recientes. Quizá ahora, después de todo lo que había pasado, podría enfocarme en mí misma, en mi carrera, en mi futuro. Podría pensar en realizar la especialidad que siempre había soñado. Pero sabía que el camino no sería fácil. Una especialidad requería dinero, y yo no provenía de una familia privilegiada que pudiera sostenerme económicamente. Mis padres eran trabajadores incansables, sí, pero lo poco que tenían lo habían invertido siempre en darnos una vida digna a mí y a mi hermana.

Todo el camino de regreso a casa estuvimos en silencio. El sonido del motor y el cruce de las luces de la ciudad eran lo único que nos acompañaba. Yo no podía dejar de pensar en Lily, en su rostro descompuesto al marcharse, en lo rota que se veía por dentro. Mi pecho estaba apretado de preocupación. Mientras miraba por la ventana cómo pasábamos calle tras calle, mi corazón latía con fuerza, rogando que, al llegar, ella ya estuviera segura en casa.

Cuando nos detuvimos frente a la puerta del departamento, sentí un leve temblor en las manos. Respiré hondo y me giré hacia él.
—Gracias por traerme, Arturo —susurré.

Él asintió con un gesto tranquilo, pero yo, incapaz de sostener demasiado tiempo su mirada, dejé que mis ojos se desviaran sin querer hacia sus labios. Fue un instante, apenas un segundo, pero bastó para que un revoloteo extraño, casi doloroso, me estallara en el estómago. Alarmada, desvié la mirada y solté un comentario al azar, intentando disimular.
—Creo que Amanda quedó bastante interesada en ti.

—¿Quién? —preguntó confundido.

—La chica, con la que platicabas, la rubia —aclaré, sintiéndome torpe.

Él hizo un movimiento con la cabeza, como quien busca en la memoria.
—Ah, sí… ella. No es mi tipo. —Una mueca de desagrado se dibujó en su rostro.

Y entonces, sin previo aviso, sentí su mano posarse en mi cintura. Su cercanía me estremeció, como si una corriente eléctrica me recorriera la piel. Arturo se inclinó hacia mí, y pude ver que sus ojos ya no eran los mismos de antes: estaban oscuros, dilatados, fijos en mí con una intensidad que me desarmó. Sentí el instinto de retroceder, pero terminé acorralada entre la pared y su cuerpo. Mi respiración se agitó, descontrolada.

—Ana… dejando de lado el espectáculo del novio de Lily y la manera en que la cena terminó, me agrada tu compañía —dijo con voz grave esbozando una media sonrisa, casi un susurro que vibró dentro de mí.

Su mirada bajó a mis labios por una fracción de segundo, lo suficiente para que yo me quedara helada, inmóvil, como una cachorrita asustada.
—Eres la mujer más atractiva que he conocido, lo digo en serio.

Abrí los ojos como platos, sorprendida. Quería decir algo, cualquier cosa, pero mi voz estaba atrapada en mi garganta. Él se inclinó un poco más, y el calor de su aliento rozó mi piel. Cuando estuvo a punto de rozar mis labios, giré la cara bruscamente, presa del pánico.

Su otra mano subió hasta mi barbilla, firme pero cuidadosa, obligándome a volver mi rostro hacia él. Mi respiración era errática, entrecortada.

—No acostumbro rendirme fácilmente, Ana. He aprendido a tener paciencia. Sé que estás pasando por la etapa del duelo… yo también ya la viví. Pero no hay dolor que dure cien años… —susurró, y sus ojos volvieron a fijarse en mi boca con descaro—. Nos vemos en el colegio de Lisa. Buenas noches, doctora Lago.

Lo vi dar media vuelta y alejarse con paso decidido. No insistió. Y, por alguna razón, eso me desarmó más que si hubiera intentado besarme. Quizá se había enfadado por mi reacción, pero en ese momento lo único que quise fue entrar cuanto antes al departamento. Cerré la puerta tras de mí con manos temblorosas y me recargué en ella, sintiendo cómo mi corazón golpeaba con violencia.

Lo que realmente me importaba era que, cuando estuvo a punto de besarme, algo dentro de mí —muy profundo, muy oculto— deseaba que lo hiciera. Pero justo entonces la imagen de Carlos, su sonrisa, su recuerdo intacto, irrumpió en mi mente como una daga, y fue eso lo que me hizo apartar el rostro.

Todo esto era un tormento. Yo nunca había dudado del amor que sentía por Carlos… hasta ahora.

Encendí rápidamente todas las luces, una tras otra, hasta que la sala quedó bañada en un resplandor casi sofocante. El silencio de la casa se volvió más pesado con cada bombilla encendida. Caminé directo a la habitación de Lily, pero la cama estaba intacta y el aire frío del cuarto me devolvió el vacío que ya sentía en el pecho.

Con las manos temblorosas marqué su número, apretando el móvil contra mi oído. La llamada no tardó en mandarme directo a buzón. El sonido metálico del buzón de voz me apretó el corazón.

Respiré hondo y escribí un mensaje con rapidez, apenas viendo las palabras mientras mis dedos se movían sobre la pantalla:
“Lily, por favor contéstame. Necesito saber que estás bien o voy a tener que llamar a tus padres y a la policía. Estoy angustiada por la manera en que te fuiste del restaurante. Amiga, sabes que puedes confiar en mí, te quiero mucho.”

Lo envié.

Comencé a caminar en círculos alrededor de la mesita de centro, mis pasos resonando en el piso como un eco de mi propia desesperación. La ansiedad me secaba la garganta, así que fui a la cocina y llené un vaso de agua. Lo bebí de un solo trago, como si pudiera tragarme también el nudo que tenía en el estómago.

Al final, sin encontrar consuelo, regresé a mi habitación y me acurruqué en la cama, abrazando una de las almohadas contra mi pecho. Fue entonces cuando el móvil vibró entre mis manos. El nombre de Lily apareció en la pantalla.

Con el corazón, latiéndome fuerte, abrí el mensaje:
“No te preocupes por mí, Ana. Esta noche no llegaré. Te ruego, no le digas nada a mis padres, estoy bien, solo necesito estar sola.”

Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos, como si las palabras pudieran cambiar de sentido si las leía una vez más. Pero no, la respuesta no me daba la calma que buscaba, apenas un alivio mínimo y frágil.

Escribí de inmediato:
“¿Dónde estás? Solo para saber… prometo darte la privacidad que necesitas.”

La respuesta llegó en menos de un minuto. Sus letras parpadeaban frente a mis ojos, cortas, firmes, como si ella misma quisiera cerrar la puerta sin darme opción.

“Quiero estar sola, Ana.”

—Lily… amiga… —exhalé, sintiendo que el aire se me escapaba junto con el suspiro.

La conocía bien. Si había decidido estar sola, no me quedaba más remedio que respetar su voluntad. Algún motivo debía tener, y lo más probable es que quisiera evitar cualquier encuentro con Miguel si él venía a buscarla.

Me quedé inmóvil, con el teléfono aún en la mano, confiando en que tarde o temprano volvería al departamento cuando estuviera lista.

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