Capítulo 4
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Ana Paula Lago
Mi celular no dejaba de sonar. Medio adormilada pensé: Seguro Carlos olvidó algo.
—¿Diga? —respondí con un bostezo.
—¿Ana, estás acostada a esta hora? ¡Por Dios, ya es mediodía! —La voz acelerada de Lili, mi amiga y compañera de guardias, me hizo abrir los ojos de golpe.
Iba a responderle con fastidio, pero su respiración entrecortada me heló la sangre.
—Te llamo porque acaban de salir todas las ambulancias del hospital rumbo a la Plaza Antara… hubo un derrumbe en la construcción.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Dónde? —pregunté con la voz rota.
—En la plaza nueva que están levantando al norte de la ciudad… —Su silencio fue más cruel que sus palabras. Sentí cómo el aire me abandonaba de golpe—. Recuerdo que me dijiste que Carlos trabajaba allí. Intentaré averiguar si está bien.
No la dejé terminar. Colgué y marqué de inmediato su número. Una vez. Dos. Tres. Contestador. Cada timbre era un cuchillo clavándose en mi pecho. Mis manos temblaban mientras me vestía con lo primero que encontré. Los pensamientos se atropellaban en mi cabeza: Carlos está bien. Tiene que estar bien. Él sabe cuidarse. Es imposible que algo le haya pasado.
Conduje tan rápido como mis lágrimas me lo permitieron. Y entonces lo vi.
El caos. El humo. Policías, sirenas, ambulancias. La Plaza Antara, el sueño de Carlos… reducido a ruinas y polvo. Mi corazón se detuvo. Salté del coche y corrí, esquivando uniformados, atravesando el cordón de seguridad como una posesa. Lo buscaba entre rostros, entre gritos, entre cuerpos cubiertos con sábanas.
No lo encontraba.
Hasta que vi a un compañero suyo. Lo tomé del brazo con desesperación.
—¿Dónde está Carlos? ¡Dime!
Él me sostuvo la mirada, pero no dijo nada. Yo necesitaba oírlo.
—¿Dónde está? —grité con la garganta hecha trizas.
—Estaba en el área del derrumbe… con tres más. No lograron salir a tiempo, lo siento.
Mis rodillas cedieron. El mundo se quebró a mi alrededor. No recuerdo más que el suelo frío recibiéndome mientras todo se apagaba.
Un día después
No siento el paso del tiempo. Camino como un fantasma. Me niego a aceptar lo inevitable. Dicen que solo han rescatado un cuerpo. No es Carlos. No puede ser Carlos. Me aferro a esa mínima esperanza como un náufrago a una tabla.
Lili me mira con ternura.
—Ana, cariño, tienes que comer algo.
—¿Qué sentirías tú si perdieras al amor de tu vida? —Mi voz es un sollozo apagado.
Ella baja la mirada, incapaz de responder.
El timbre interrumpe nuestro silencio. Y entonces aparece ella: Domenika, la madre de Carlos. Sus ojos, dos puñales.
—¡Tú tienes la culpa! —me grita apuntándome con el dedo—. Si mi hijo no se hubiera enredado contigo, estaría vivo. ¡Vivo!
Ni fuerzas tenía para defenderme. Mi dolor ya me estaba matando.
—Señora, por favor, cálmese. Ana no tiene la culpa de nada —intentó Lili, poniéndose entre nosotras.
Pero la furia de Domenika era un huracán.
—Escúchame bien, muchacha. Si mi hijo muere, te arrepentirás de haber nacido.
Algo en mí se quebró. Me puse de pie con la poca dignidad que me quedaba.
—¡Basta! —Mi voz resonó entre lágrimas—. Lo único que hice desde que conocí a Carlos fue amarlo, con todo mi ser. Y si usted y su familia nunca aceptaron nuestro amor, ustedes también son culpables de este dolor. ¡Váyase de mi casa!
—¡Cómo te atreves! ¡Insolente…!
—¡Largo!
Lili la empujó suavemente hacia la salida. Domenika me regaló una última mirada de odio antes de marcharse.
Caí de nuevo en el sillón, temblando.
—¿Y si es verdad? ¿Y si todo es culpa mía? —murmuré con la voz rota.
—No, Ana. No te culpes. Fue un accidente.
Me abracé a mí misma, como si pudiera evitar que mi corazón se desangrara. Soy doctora. Sé que las probabilidades de que haya quedado atrapado y esté vivo son mínimas. Los cuerpos que rescataron antes… ninguno salió con vida. Pero mi alma se niega. Carlos tiene que volver. Prometimos casarnos. Prometimos envejecer juntos.
El dolor de esos días era una tortura interminable. Vivir sin él se estaba convirtiendo en la peor de mis pesadillas.
