Capítulo 37

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Arturo se adelantó para abrirme la puerta del departamento, con ese gesto elegante que parecía natural en él. Su mano rozó apenas mi espalda baja para indicarme el camino, y ese simple contacto fue suficiente para que un cosquilleo eléctrico me recorriera entera. Respiré hondo, tratando de disimular, y me repetí mentalmente que solo estaba siendo amable, nada más.

Al llegar a su auto, un sedán negro impecable que brillaba bajo las luces de la calle, se apresuró a abrir la puerta del copiloto. Me quedé mirándolo unos segundos, sorprendida por la atención. Nadie había hecho eso por mí en mucho tiempo… Carlos solía hacerlo. El recuerdo me golpeó de lleno, pero antes de que la culpa me invadiera, Arturo inclinó levemente la cabeza con una sonrisa educada que me sacó de mis pensamientos.

—Gracias… —susurré, entrando en el auto.

Él rodeó el vehículo y tomó su lugar en el asiento del conductor. El aroma de su loción masculina llenó el espacio, cálido e intenso, y me sentí atrapada entre esas notas amaderadas que parecían invadir cada rincón de mí.

Durante los primeros minutos reinó un silencio pesado. Yo me entretenía mirando por la ventanilla, aunque era imposible no sentir su presencia tan cerca. Su brazo rozaba el mío cada vez que cambiaba de velocidad, y esa mínima fricción me hacía contener la respiración.

—Estás muy callada… —comentó de pronto, con un tono bajo que me erizó la piel.

Giré apenas el rostro, encontrándome con su mirada fija en la carretera, aunque la forma en que su boca se curvaba dejaba claro que estaba sonriendo.
—Sólo pienso en… —me detuve, insegura— en que no esperaba que aceptara venir.

Él soltó una risa suave, grave, que hizo vibrar el ambiente.
—No iba a rechazar una invitación tuya.

Mis mejillas ardieron. Apoyé las manos sobre mi regazo para no demostrar lo nerviosa que estaba. Cada palabra suya parecía diseñada para desarmarme.

En un semáforo, se volvió ligeramente hacia mí. La luz roja iluminó sus facciones, marcando la seriedad de su mandíbula y el brillo oscuro de sus ojos. Me sostuvo la mirada unos segundos de más, suficientes para que mi corazón comenzara a golpearme con fuerza contra las costillas.

—Te ves preciosa esta noche, Ana —dijo en voz baja.

Tragué saliva. No sabía qué responder. El aire se volvió espeso, como si el coche hubiera quedado sellado en una burbuja donde sólo existíamos él y yo. Quise agradecerle, sonreír o desviar el tema, pero las palabras no salieron. Me limité a bajar la vista, intentando ordenar el torbellino que me agitaba.

El resto del trayecto continuó en un vaivén de silencios cargados y miradas furtivas. Cada vez que me atrevía a girar hacia él, lo encontraba observándome de reojo, como si quisiera decir algo más pero se contuviera.

Al llegar al restaurante, no esperó un segundo: bajó primero, rodeó el coche y abrió la puerta para mí. Extendió su mano, y la mía se posó sobre la suya casi con timidez. El contacto fue firme, seguro, y al ayudarme a bajar me sostuvo más de lo necesario. Nuestros ojos se encontraron a escasos centímetros de distancia. Sentí que me faltaba el aire.

—Lista —dijo finalmente, con esa voz grave que parecía arrastrar cada letra como una caricia.

Asentí, aunque en realidad lo único que quería era que no soltara mi mano. Caminamos hacia la entrada, y aun cuando ya no era necesario, mantuvo su palma rozando la mía, como si se resistiera tanto como yo a romper ese contacto.

Instantes más tarde entramos al restaurante y lo primero que noté fue el murmullo alegre que provenía de una de las mesas más grandes, formada por dos que habían unido para la ocasión. Había unas seis personas ya sentadas allí, todas conocidas del hospital. En cuanto nos vieron, nos saludaron con sonrisas cálidas y gestos efusivos.

Lili no perdió tiempo en lanzarse a los brazos del festejado. Dejando en sus labios un par de besos, podía ver en la mirada de Lily cuanto amaba a Miguel, y, sabía que esperaba que un  día de estos, más temprano que tarde, le propusiera matrimonio.

Ella, sin perder el hilo, presentó a Arturo como “un amigo de las dos”. Genial. Así, sin precisar de quién era amigo en realidad. Agradecí en silencio esa ambigüedad que me quitaba un peso de encima.

Nos acomodamos en la mesa: Lili a un lado de Miguel, feliz de ocupar el sitio junto a su novio, y yo junto a Arturo. El mesero apareció con una bandeja impecable, sirviéndonos copas de vino tinto cuyo aroma fuerte y envolvente se mezclaba con el murmullo del lugar.

Las conversaciones fluyeron casi de inmediato. Entre risas y anécdotas, los temas giraron en torno a nuestro día a día con pacientes: diagnósticos complicados, tratamientos poco comunes, esas historias que solo entre médicos se entienden. Observé cómo Arturo escuchaba cada comentario con genuino interés, inclinando apenas la cabeza y sosteniendo la mirada de quien hablaba, como si nada se le escapara. De vez en cuando hacía alguna pregunta puntual que nos arrancaba una sonrisa, demostrando que no solo estaba allí como espectador, sino que participaba.

Cuando le preguntaron a qué se dedicaba, su voz grave se impuso sobre el bullicio de la mesa. Explicó, con paciencia y detalle, que era arquitecto y que lo que más disfrutaba era diseñar planos mediante un programa llamado AutoCAD. Yo no tenía la menor idea de qué era eso, pero la seguridad con la que hablaba, la pasión con la que describía su trabajo, lograban que resultara fascinante aunque me sonara a otro idioma.

Me percaté entonces de algo incómodo: mis dos compañeras, sentadas justo frente a nosotros, no le quitaban los ojos de encima. Lo miraban con descaro, con esa chispa de lujuria que se percibe a kilómetros. Una de ellas incluso tuvo el atrevimiento de cambiarse de lugar y acomodarse junto a él, demasiado cerca, como si la silla contigua me perteneciera solo de forma temporal. Reí forzada mientras charlaba con Miguel y otro compañero, fingiendo que no me molestaba, aunque mi piel se tensó de manera inevitable al verlos conversar tan animadamente.

Fue entonces cuando Lili, con esa sutileza tan suya que no lo es en lo absoluto, se inclinó hacia mí y me susurró al oído, al mismo tiempo que me jalaba suavemente del brazo:
—¿Dejarás que te coman el mandado?

Fruncí el ceño, fulminándola con la mirada.
—Creo que tú estás alucinando —respondí, incapaz de disimular el fastidio en mi voz.

Ella sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que siempre logra sacarme de quicio.
—Tú sabrás, pero mejor prospecto que este que tienes a un lado no encontrarás tan fácilmente. Sé que te duele lo de Carlos, Ana, pero él falleció hace casi tres meses, ya no está aquí.

Su frase me atravesó como un bisturí, justo en el centro del pecho. Tragué saliva y fingí interesarme en el vino para no mostrar cuánto me afectaban sus palabras.

Apenas sentí el nudo en la garganta, la presión en el pecho y el escozor en mis ojos, me levanté de la silla casi de golpe. No quise que nadie me viera derrumbarme, así que caminé con pasos rápidos hacia el baño, esquivando las miradas curiosas de la mesa.

El silencio del lugar me envolvió al cerrar la puerta tras de mí. Me apoyé unos segundos en el lavabo, intentando controlar la respiración, cuando escuché el chirrido de la puerta abrirse. Lili entró enseguida, con esa expresión de niña traviesa arrepentida.

—Ana, yo no quise ser tan cruda contigo, eres mi mejor amiga y quiero que seas feliz, ¿me perdonas? —dijo mientras me miraba con sus ojos grandes, suplicantes, que siempre usaba para desarmarme.

No pude evitar sonreírle débilmente. La abracé con fuerza, buscando refugio en ese cariño tan leal que solo ella sabía darme.

—Es que todo esto es muy difícil para mí, Lili… —murmuré, mi voz quebrada—. Extraño mucho a Carlos, pero a la vez me siento muy culpable cuando salgo con otras personas, como cuando cené con Arturo o ahora mismo con ustedes. Siento que la gente me mira y siento que todos esperan que siga llorando para siempre. 

Ella se apartó apenas lo necesario para mirarme de frente.
—Tranquila, amiga. No te fijes en lo que piensen los demás. Hazle caso a tu corazoncito —dijo, señalando mi pecho con su dedo índice, como si pudiera tocar directamente mis sentimientos—. ¡Y date cuenta, amiga! Que ese arquitecto babea por ti, se le nota a leguas. Y si tú no quieres nada con él, deberías decírselo, porque de lo contrario habrá muchos malos entendidos.

Asentí despacio. Ella tenía razón, aunque no quería admitirlo del todo. ¿Y si le estaba dando falsas esperanzas? ¿Y si lo único que Arturo quería era agradecerme lo del accidente de su hija? Pero entonces… ¿por qué había aceptado la invitación al cumpleaños de Miguel? Esa duda me golpeó con fuerza, dejándome aún más confundida.

Mi amiga, con ternura, limpió con sus dedos el borde de mis ojos, borrando todo rastro de humedad.
—Ana, no te importa que esta noche duerma con Miguel, ¿verdad? —preguntó de repente.

Abrí la boca, sorprendida, antes de sonreír divertida.
—¿Qué? Por supuesto que no, es tu departamento.

—Es que hoy le daré su regalo de cumpleaños —dijo, toqueteándose descaradamente todo el cuerpo frente a mí —si escuchas gritos en la alcoba, solo tápate los oídos con la almohada.

Solté una carcajada, la primera sincera en lo que iba de la noche. Esa era Lili: capaz de arrancarme una sonrisa incluso cuando sentía el mundo encima.

—Regresaré con Arturo —le comenté, bajando un poco la voz, consciente de lo que su nombre provocaba en mí—, si es que Amanda… no consigue secuestrarlo —porque así se llamaba la chica que no se le despegaba ni un segundo—De todas maneras, podría tomar un taxi, por eso no te preocupes.

—Miguel y yo te llevaremos si eso sucede, pero no creo que el arquitecto sea de esos tipos, eso lo creería de su hermano, pero se ve que Arturo es diferente—respondió con seguridad.

Regresamos a la mesa, y apenas crucé el umbral del salón sentí la mirada de Arturo clavada en mí, firme, profunda… tan penetrante que me recorrió un escalofrío por la espalda. Traté de hacer como si no lo notara, me obligué a mantener la compostura. Me senté de nuevo y retomé la charla con mis compañeros, aunque no podía ignorar cómo Amanda seguía inclinándose hacia él, buscándole conversación, riéndose demasiado fuerte de cualquier cosa que dijera.

Mientras tanto, yo me mantenía serena, como si nada me afectara, aunque por dentro mi espalda seguía rígida y mis manos inquietas sobre la copa de vino. Por primera vez desde que conocía a Arturo, me desagradó que otra mujer llamara tanto su atención, aunque intentara convencerme de que eso no era cierto. 

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