Capítulo 3
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Roberto Abad Rocamonte
El día que la vi por primera vez fue en Navidad, hacía ya diez años. Arturo, mi hermano mayor, la presentó como su novia. Nunca olvidaré ese instante: ella apareció en la sala iluminada por las luces del árbol, con un vestido rojo que resaltaba el dorado de su cabello, recogido apenas por un listón del mismo color. Sus ojos marrones eran tan profundos que parecían capaces de arrancar secretos con solo mirarlos. Y su sonrisa… Dios, su sonrisa tenía el poder de iluminar cualquier lugar.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí un destello recorrerme el cuerpo. Fue tan intenso que hasta me faltó el aire. Y después supe que no era solo yo; ella también lo había sentido.
—Hola, mi nombre es Clara Arango —me dijo, con una picardía en la voz que aún hoy resuena en mi memoria.
Yo apenas pude articular palabras, torpe, nervioso, como un muchacho que descubre por primera vez lo que es amar.
—Roberto Abad, mucho gusto… señorita.
Ese fue el comienzo de mi condena: enamorarme de la mujer de mi hermano.
Nos hicimos amigos, cómplices de risas y de conversaciones eternas. Yo la amaba en silencio, y ese silencio era mi manera de protegerla, de respetar los lazos de sangre que me ataban a Arturo… y también mi propio miedo a perderla para siempre si me atrevía a confesarle lo que sentía.
El tiempo pasó y Clara se casó con él. Nunca me lo dijo entonces, pero su matrimonio era un infierno. Arturo siempre había tenido un carácter duro, y ella lo soportaba en silencio. Hasta que una noche, meses después de dar a luz a Lisa, mi sobrina, llegó a mi habitación con el rostro empapado de lágrimas.
La abracé, con el corazón desgarrado al verla así.
—¡Voy a dejarlo, Roberto! ¡Me iré lejos, no aguanto más! —me gritó entre sollozos.
—No puedes… ¿y Lisa? —pregunté, aunque, en el fondo, lo único que temía era no volver a verla nunca.
Fue entonces cuando me dijo las palabras que cambiaron mi vida:
—Yo no amo a Arturo. Nunca lo amé. Me casé con él porque mi padre me obligó, porque decía que era lo «correcto». Pero yo… —sus ojos brillaban con desesperación— yo siempre te he amado a ti. Desde el primer día, Roberto. Siempre fuiste tú.
Mi respiración se detuvo. Sentí el mundo romperse y reconstruirse al mismo tiempo.
—Clara… —murmuré, con la voz temblorosa.
Ella me abrazó con fuerza, pidiéndome perdón por su silencio, y entonces lo dije:
—Yo también te amo.
Ese fue el comienzo de nuestra verdad oculta. El primer beso, la primera noche que fue mía, la primera promesa de muchas. Pasábamos juntos cada instante robado, cuidando de que nadie nos descubriera. Hicimos planes: esperaríamos a que Lisa creciera un poco y luego escaparíamos lejos, a un lugar donde nadie supiera nuestros nombres. Donde, al fin, podríamos vivir lo que tanto habíamos callado.
Pero el destino fue cruel.
El día que Clara decidió pedirle a Arturo el divorcio, todo se derrumbó. Él no le permitió salir con Lisa en brazos; la echó a la calle entre gritos y amenazas. Esa noche llovía con furia, como un diluvio que parecía presagiar el desastre. Clara conducía hacia el departamento secreto donde solíamos encontrarnos… pero nunca llegó. Un accidente en medio de la tormenta apagó su vida para siempre.
Recibí la noticia como quien recibe una sentencia de muerte. Desde ese día, mi corazón quedó enterrado junto al suyo. Culpé a Arturo, lo maldije; quise destruirlo como él había destruido mi única razón de vivir.
Clara fue mi amor prohibido, mi verdad más profunda y mi eterna condena. Y, aún hoy, cada vez que la recuerdo, siento que sigo amándola con la misma intensidad del primer instante, aunque la vida me la haya arrancado para siempre.
Por demasiados años viví a la sombra de mi hermano Arturo. Él era el favorito, el orgullo de mis padres, el heredero de todo. Yo solo era la sombra incómoda que nadie quería mirar. Incluso cuando se encaprichó con Clara y mis padres lo alentaron en esa farsa de matrimonio, tuve que tragarme mi rabia en silencio. Se quedó con la dirección de la empresa… y con la mujer que yo amaba.
Clara… cuánto te extraño.
Hoy se cumplen tres años desde que la muerte me arrancó lo único puro que había en mi vida. Mis dedos recorrieron con ternura el borde de su retrato, como si pudiera acariciar su piel a través del cristal. Todavía recuerdo sus labios prometiéndome huir juntos, escapar de este infierno, vivir nuestro amor lejos de las cadenas de los Rocamonte. Eran nuestros planes, nuestro sueño.
Si ese bastardo de Arturo no hubiera descubierto tu secreto… si no hubiera descubierto que tenías un amante, quizá aún estarías conmigo, respirando, sonriendo como solo tú sabías hacerlo. Pero él jamás aceptó que pudieras amar a otro hombre que no fuera él. Su orgullo enfermizo te condenó.
Mi amada Clara, juro ante tu memoria que pagaré el precio de tu ausencia con la sangre de mi hermano. Le arrancaré lo que más ama, lo veré perder cada peldaño de poder hasta que se arrastre frente a mí. Y ese día, mientras lo contemple vencido, sabré que al fin te he vengado.
Con un suspiro quebrado, guardé su retrato en el cajón de mi escritorio y lo cerré con llave.
