Capítulo 60

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Roberto Abad Rocamonte 

Volví al consultorio al día siguiente, justo a la hora que me había indicado la asistente de Ana. No sé si era ansiedad lo que me traía ahí o la simple excusa de tener a alguien con quien hablar. Si recordaba el pasado mi padre nunca se sentó a hablar conmigo como lo hacía con Arturo, y mamá, bueno ella la mayor parte del tiempo estaba ocupada, aunque si tengo recuerdos de ella aconsejandome solo que la mayoría nunca los tomé, mi madre es amor y dulzura.

Ana estaba revisando mis resultados con esa concentración suya tan meticulosa. Sus dedos pasaban las hojas con cuidado, la ceja levemente arqueada.
Me quedé observándola. Cada detalle de su rostro me resultaba hipnótico: la serenidad, la seguridad con la que hablaba, esa calma que contrastaba tanto con mi propio caos.

—Todo está bien —dijo finalmente, dejando los papeles sobre el escritorio—. Tus análisis salieron dentro de los parámetros normales.
Me crucé de brazos, recargado contra el respaldo.
—¿Entonces no me voy a morir?

Ella sonrió apenas.
—No, no por ahora. Pero sí deberías hacer algunos cambios. Te recomendaré ejercicio regular, buena alimentación y algunos suplementos naturales para reducir la ansiedad. Todo lo demás está bien, no hay de qué preocuparse.

—¿Eso es todo? —pregunté, fingiendo decepción.
—Eso es todo —respondió con tono profesional.

Sonreí. Esa compostura suya me sacaba de quicio y al mismo tiempo me encantaba, ahora entendía un poco más el por que Arturo se enamoró de ella.
—¿Podemos hablar un momento? —solté, inclinándome un poco hacia ella.

Frunció el ceño.
—¿Hablar? ¿De qué?

—No sé… solo hablar. Como amigos. —Me encogí de hombros, sonriendo de medio lado—. Ya me aburrí de hablar con chicas de cabeza hueca. Necesito algo más… y tú tienes esa inteligencia que me entretiene.

Ella entrecerró los ojos, sin cambiar la expresión.
—Estoy trabajando, Roberto. La consulta no es para conversar ni hacer amistades.

Chasquee la lengua, mirándola con fingido reproche.
—¿Y si te pago todas las consultas de tu día y te invito a comer? —le dije con una sonrisa ladeada.

—No, ¿Es que todos los Abad son así? No puedes comprar el espacio de mis consultas por que hay personas que en verdad me necesitan y su vida depende de ello—. Su respuesta fue tajante, seca, sin espacio para réplica.

—Tranquila, doctora —dije con una carcajada suave—, no te pongas tan seria. No me gustas, si eso es lo que te preocupa.

La vi alzar una ceja, desconfiada.
—Espero que no Roberto.

—No —repetí, bajando la voz con cierto tono provocador—. La que me gusta es tu amiga Lily. Esto sería solo para distraerme, como tú misma me recomendaste.

Por un instante, el aire entre los dos se volvió denso. Ana lo sostuvo con la mirada fija, intentando mantener la compostura, aunque noté el leve movimiento de su garganta al tragar saliva.

—No puedo —dijo finalmente, con voz firme.

Asentí, sin borrar la sonrisa.
—No puedes… o no quieres.

No respondió. Se limitó a guardar los papeles y extenderme la receta. Sus dedos rozaron los míos, un segundo apenas, suficiente para que me recorriera una corriente eléctrica.

Guardé la hoja en el bolsillo, inclinándome hacia ella solo lo suficiente.
—Entonces será en otra ocasión. No suelo rendirme fácilmente.

Salí de la consulta haciendo un puchero fingido, más por provocar una reacción en ella que por otra cosa. Ana ni siquiera levantó la mirada. Esa mujer tenía una paciencia que rozaba lo imposible… o al menos eso pensé.

Al día siguiente regresé. Y al siguiente también.
Durante cuatro días seguidos crucé esa puerta con cualquier excusa: que si no entendía bien las indicaciones, que si necesitaba confirmar la dosis, que si no me había quedado claro lo de los suplementos.
Ella siempre me atendía igual, seria, profesional… aunque cada vez le costaba un poco más esconder el fastidio que le provocaba que interrumpiera su trabajo.

El cuarto día, apenas me vio entrar, dejó el bolígrafo sobre el escritorio y soltó un suspiro largo.
—Roberto, por favor… ya no vengas a consulta a menos que en verdad la necesites, te he dicho que estas bien.

Me quedé de pie, mirándola desde el marco de la puerta.
—Creo que ya se te esta acabando la paciencia conmigo, doctora —respondí con una media sonrisa.

—Haznos un favor a ambos y no regreses.

Crucé los brazos sobre el pecho y ladeé la cabeza.
—Podrías ahorrarte todo esto si me dices dónde viven ahora. Así buscaría a Lily en lugar de molestarte a ti.

Ana me miró con ese gesto que mezcla sorpresa y molestia.
—¿Qué pretendes al buscar a mi amiga?

—Nada raro —dije encogiéndome de hombros—. Solo quiero verla. Hablar, tal vez besarnos y terminar en la cama, como la última vez… 

Sus ojos se abrieron de golpe, incrédulos, y frunció el ceño como si acabara de decir una barbaridad. Ahí entendí que Lily no le había contado nada. Se suponía que eran mejores amigas.

—¿Qué dijiste? —preguntó, casi sin voz.

Me pasé una mano por la nuca, soltando una risa seca.
—Tranquila, Lily y yo nos besamos, listo. Pero… quiero estar con ella, se que le encantará.

Ana negó lentamente, sus labios se tensaron antes de hablar.
—Lily no es una de esas mujeres con las que te acuestas, Roberto. Si quieres algo con ella, que sea serio.

La miré de frente, sin apartar la vista.
—No puedo ofrecer algo serio a una mujer, ella lo sabe.

—¿Por qué no? —preguntó con un dejo de rabia contenida.

—Porque amo a alguien más, no he podido olvidar a Clara —Las palabras me salieron antes de pensarlas.
Sentí ese vacío en el pecho, ese nombre que todavía dolía decir.

Ana bajó la mirada, y por un instante se notó que el nombre también le pesaba.
—Tienes que dejarla ir —murmuró—. Su muerte fue hace años, Roberto. Clara querría que fueras feliz con otra mujer. No puedes seguir viviendo así. Te estás enfermando de soledad.

Solté una risa corta, amarga.
—Mira quién lo dice. —La observé fijamente, y por un segundo ella evitó mi mirada.

No era la primera vez que la veía esconder su propio cansancio detrás de esa bata blanca. 

Me giré hacia la puerta, pero antes de salir me detuve.
—De todos modos, si no me dices dónde viven, lo voy a averiguar. —Mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

Ana levantó la vista. Su mirada ya no tenía molestia… tenía tristeza.
—No la busques.

—¿Por que no? —le respondí, sin entender a qué se refería.

Ella solo negó con la cabeza.
—Ella aún piensa en Miguel, la he visto sentada en el balcón mirando hacia la nada, lo extraña.

Sentí un golpe seco en el estómago. La expresión de su rostro era tan seria que me quedé helado, sin saber si creerle o no.

No pregunté nada más.
Solo salí, con ese eco retumbando en mi cabeza.

“Lily aún piensa en su ex…”

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