Capítulo 12
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Ana Paula Lago
Sentí el calor de una mano que se deslizaba suavemente por mi brazo, tibia y firme, devolviéndome poco a poco a la realidad. Abrí los ojos de golpe, desorientada, con la respiración entrecortada. ¿Qué había pasado? Estaba recostada sobre un sofá de cuero, desconocido, que olía a maderas finas y perfume masculino.
Me incorporé de inmediato, aturdida, mirando a mi alrededor como un ave herida. Un hombre con bata blanca —un doctor, supuse— me observaba con atención, como si esperara a que reaccionara. A su lado estaba el asistente de traje que había visto minutos antes y otro hombre, de porte elegante, al que no conocía. Tres pares de ojos clavados en mí, pero yo solo buscaba uno.
—Señorita, se desmayó —explicó el hombre de traje con voz amable, como si quisiera tranquilizarme.
Sacudí la cabeza con impaciencia. Sentí los labios resecos.
—¿Dónde está el señor Abad? Necesito hablar con él —mi voz sonó más seria de lo que pretendía, quebrada, pero cargada de determinación.
El hombre desconocido dio un paso hacia mí. Sus ojos oscuros se posaron sobre los míos con una calma inquietante.
—Yo soy Roberto Abad Rocamonte. ¿En qué puedo ayudarla, señorita…?
Titubeé un segundo; mis manos temblaban.
—Ana Lago —respondí con timidez, apretando los labios. Los observé a los dos, notando cierto parecido. Seguramente eran hermanos; había algo en sus gestos que los delataba.
El médico carraspeó, interrumpiendo el momento.
—Señorita Lago, el desmayo ha sido producto del estrés extremo de estos días. Su cuerpo está agotado. Debe descansar, alimentarse mejor, recuperar fuerzas.
Reí con ironía, amarga y rota.
—¿De verdad? —espeté—. También soy doctora; créame que no necesito que me lo recuerden. Sé perfectamente que el dolor por perder a mi prometido me está consumiendo, lo sé cada segundo que respiro. ¿Cree que me importa? —Mis palabras se quebraron, y la rabia dio paso a las lágrimas—. Lo único que quiero es verlo una última vez… y ni eso me han permitido. Su familia me ha cerrado las puertas como si nunca hubiera existido en su vida.
El médico abrió los ojos sorprendido, quizá incómodo por mi confesión, pero yo ya no lo miraba. Me hice un ovillo sobre el sofá, abrazando mis rodillas, hundiendo el rostro en ellas. Mi cuerpo temblaba. No me importaba la humillación de mostrarme así; mi dolor era más fuerte que cualquier orgullo. Solo sabía que no me movería de allí hasta que hablara con Arturo Abad.
Entonces escuché una voz grave, firme, que cortó el silencio.
—Déjenme solo con ella.
El doctor y el asistente intercambiaron miradas, pero obedecieron. Cerraron la puerta tras ellos, dejándome a solas con ese hombre.
Él se acercó y, en lugar de tomar asiento en el sillón contiguo, se sentó sobre la mesa de centro, frente a mí, como queriendo reducir la distancia. Extendió la mano con gesto seguro.
—Soy Roberto Abad Rocamonte —se presentó, acompañando sus palabras con una media sonrisa que apenas suavizaba su porte altivo.
Dudé en estrecharle la mano. Mis ojos, enrojecidos y húmedos, lo miraban con desconfianza. No me moví.
—¿Dónde está el otro Rocamonte? —pregunté, con el ceño fruncido y la voz cargada de impaciencia—. Necesito hablar con el dueño de la constructora. Con él.
Roberto inclinó el torso hacia adelante, suavizando la expresión de su rostro. Sus ojos, oscuros y serenos, buscaron los míos con una mezcla de respeto y compasión.
—Soy hermano de Arturo Abad. También dirijo la constructora. Fui quien contrató a su prometido y lo asignó como líder del proyecto de Plaza Antara. Me siento muy apenado por el accidente ocurrido y le ofrezco mi más sentido pésame por la pérdida de su ser querido.
Mis ojos, empañados por lágrimas contenidas, se clavaron en los suyos mientras escuchaba cada palabra.
—El arquitecto Alcázar fue de los mejores que hemos tenido en la empresa —prosiguió con calma solemne—. Responsable, dedicado, apasionado por su trabajo… pero, lamentablemente, no podemos luchar contra el destino. Aún no entendemos cómo ocurrió la tragedia de la plaza y estamos trabajando para que no se repita. Lo lamento mucho, señorita Lago, pero ya no hay más que hacer… más que aceptar su fallecimiento.
Mi mundo se desmoronaba con cada sílaba que pronunciaba. Las lágrimas comenzaron a deslizarse sin control por mis mejillas. Negaba con la cabeza, incapaz de aceptar sus palabras.
Carlos… mi amor, ¿cómo podría seguir respirando sin ti? ¿Cómo podría vivir sin la calidez de tus manos, sin tu risa, sin tus sueños compartidos conmigo?
El dolor era una grieta que me partía en dos y, aun así, te necesitaba. Te necesitaba, Carlos.
Un sollozo desgarró mi pecho. Me cubrí el rostro con las manos, hasta que sentí un toque inesperado: la palma de Roberto, firme pero contenida, apoyándose con suavidad sobre mi espalda. Un gesto que, lejos de incomodarme, me hizo sentir menos sola. No me importaba lo que pensara de mí en ese instante; solo quería llorar y dejar salir todo lo que me ahogaba.
—La llevaré a casa. Es lo menos que puedo hacer por usted —dijo con voz grave, casi como una orden—. Me aseguraré de que coma algo.
Levanté la mirada, sorprendida por la severidad de su tono. Sus palabras tenían un peso extraño, como si no fueran simples cortesías, sino promesas que no admitían réplica. Vi lástima en sus ojos, sí… pero también algo más, algo que no me atreví a descifrar.
Asentí en silencio. No me permitirían hablar con Arturo; ya no había caso en insistir. Y yo no tenía fuerzas para conducir. Tal vez lo más sensato era aceptar. Después me las arreglaría para que alguien viniera por mi auto.
Él se ocupó de todo. Me pidió mi dirección y, con una calma implacable, condujo hasta mi departamento. El trayecto fue un océano de silencio. Yo miraba por la ventanilla, abrazada a mis propios brazos, sintiendo cada kilómetro como una eternidad.
Al llegar, subimos en el ascensor hasta mi piso. Pero, al abrirse las puertas, una punzada helada atravesó mi estómago. En el pasillo, frente a mi puerta, había varias maletas apiladas. Me quedé inmóvil unos segundos, hasta que el desconcierto se transformó en angustia.
—No… —susurré, apenas audible.
Caminé con rapidez hacia ellas. Eran mis maletas. Mi cuerpo entero se tensó; un sudor frío me recorrió la espalda. Saqué las llaves de mi bolso con manos temblorosas, consciente de la mirada atenta de Roberto, que se mantenía unos pasos atrás.
Introduje la llave en la cerradura, giré… nada. Probé otra vez, con desesperación, pero la puerta permanecía cerrada.
—Déjeme intentarlo —pidió Roberto, al ver mi agitación.
Lo observé luchar con la cerradura, pero tampoco logró abrirla. Sentí que el aire me abandonaba. Entonces, la imagen se proyectó en mi mente como un golpe brutal: los padres de Carlos. La frialdad con la que me habían tratado, la forma en que me negaban su despedida.
Saqué mi celular del bolsillo de la chamarra con torpeza, los dedos húmedos por el sudor. Solo había un pensamiento en mi cabeza, confuso pero ardiente: esto solo podía ser obra de ellos.
El celular vibró entre mis manos, anunciando un nuevo mensaje. Lo abrí con la esperanza absurda de que fuera una disculpa, una explicación… pero lo que encontré fue un puñal directo al corazón:
“El departamento en el que vives era de Carlos, por lo que ya no tienes nada que hacer ahí. Toma tus cosas y no vuelvas jamás. Tampoco se te ocurra pelear por él, porque te recuerdo que el departamento estaba a nombre de mi hijo, no del tuyo. No tienes derecho a nada de lo que era suyo, ya que nunca se casaron.”
Las letras se borronearon frente a mis ojos empañados. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, que el mundo giraba demasiado rápido. Mis manos comenzaron a temblar de forma incontrolable. El teléfono se resbaló de mis dedos y cayó al suelo con un golpe seco, justo cuando mis rodillas se rindieron al peso del dolor.
Caí con él.
Un sollozo desgarrador me arrancó el pecho. Me abracé el abdomen como si pudiera contener en él los pedazos rotos de mi corazón. El suelo frío del pasillo me recibió sin piedad y allí me dejé caer, vencida, humillada, expulsada de la última huella que me quedaba de Carlos.
—Ana… —la voz grave de Roberto llegó hasta mí, más cercana de lo que esperaba.
Sentí su sombra cubrirme y, enseguida, la firmeza de sus brazos sosteniéndome para que no me desplomara por completo. No quise mirarlo; no quería que nadie me viera en ese estado. Pero tampoco tuve fuerzas para apartarme.
Me cubrí el rostro con las manos, mientras mi llanto se volvía incontenible.
—Me lo quitaron todo… —murmuré con un hilo de voz quebrada—. Me arrebataron hasta el derecho de llorarlo en paz…
Roberto no dijo nada. Solo me sostuvo, fuerte y seguro, como si quisiera protegerme del peso invisible que me hundía. En ese silencio cargado de compasión, sentí cómo su respiración rozaba mi cabello y cómo sus manos, aunque tensas, temblaban apenas al aferrarme.
