Capítulo 48
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De pronto Roberto carraspeó. Su mandíbula se tensó, vi cómo sus labios se apretaban y sus fosas nasales se ensanchaban al inhalar con fuerza.
—Lilian —dijo de pronto, con un tono tan serio que se me heló la sangre—. Hay algo que tienes que saber. Es mejor que lo sepas de mi boca que de alguien más.
—¿Qué cosa? —mi voz tembló.
Él clavó la mirada en la carretera, pero su tono fue seco, directo, sin escapatoria.
—Fui yo quien le envió la copa adulterada a tu novio.
Sentí que mi estómago se revolvía, el rostro se me descompuso como si me hubieran dado un golpe.
—¿Qué?
Roberto no dudó.
—Escuché en el baño cómo él y su amigo hablaban de eso. Ese cobarde no te lo quería decir. Dijo que su relación tenía poco tiempo y que no funcionaría una relación a distancia. Yo no iba a dejar que se burlara de ti de esa manera.
La sangre me hirvió. Mi respiración se agitó al instante.
—¿Estás loco? ¡Por qué tenías que hacerlo! —grité con toda la rabia acumulada—. ¡Tú no tienes ningún derecho a decidir por mí! ¡No eres mi amigo! ¡Detén el maldito auto, no quiero estar cerca de ti!
—Escúchame, Lilian… quise protegerte… —su tono se volvió más grave, más dominante.
—¡Detén el maldito auto, ya! —exploté, a punto del colapso.
Apenas se orilló, abrí la puerta y salí, con pasos torpes, pero desesperados, queriendo poner distancia. El aire caliente de la tarde me golpeó en el rostro, pero mi rabia era más ardiente que cualquier viento. Sin embargo, no avancé mucho. Roberto era mucho más rápido que yo. En segundos me alcanzó, me sujetó y me obligó a detenerme, rodeando mi cuerpo con sus brazos como si fuera una jaula.
—¡Suéltame! ¡Por tu culpa mi relación terminó! —las lágrimas comenzaron a rodar sin freno por mis mejillas—. ¡Yo lo quería!
Intenté golpear su pecho, pero mis manos apenas chocaron contra la dureza de su torso. Era inútil. Él me sostuvo con firmeza, su calor y su fuerza me envolvían por completo.
Su mirada oscura se hundió en la mía, gélida y penetrante.
—¿Que no lo ves? Lo único que hice fue abrirte los ojos, Lilian. Ese tipo no te merece, te estaba mintiendo en tu propia cara. ¿De verdad crees que merecía que te esmeraras tanto en organizarle una fiesta de cumpleaños? ¿Crees que merece tu amor?
Su voz era un rugido contenido, un reclamo y a la vez una súplica. Su proximidad me robaba el aliento.
—¡Tú eres mucho más valiosa que eso! —añadió con una fuerza tan brutal que me estremecí—. Sé que no soy de tu confianza, pero tampoco soy el monstruo que todos dicen. Si tan solo pudieras verme como en realidad soy…
Yo temblaba de coraje, de confusión, de algo que no quería aceptar.
—Tú y yo jamás seremos amigos… —escupí con veneno, tajante.
Entonces él acercó su rostro al mío, tan cerca que sentí el roce de su respiración contra mis labios. Mi cuerpo entero se estremeció. Su mirada, oscura y peligrosa, me hizo tragar saliva.
¡Por Dios, ¿qué estaba haciendo?! Un berrinche con un hombre que apenas conocía, en medio de la nada, y que había venido a buscarme para llevarme a casa. ¡Lily, al menos hubieras esperado a estar a salvo para maldecirle en la cara!
Pero ya era tarde.
Nuestras miradas se encontraron y fue como si millones de centellas crepitaran entre nosotros. Mi corazón latía frenético, mi pecho subía y bajaba con violencia.
Su voz salió ronca, baja, como una confesión:
—Yo no quiero tu amistad, doctora. Quiero esto…
Y antes de que pudiera reaccionar, sus labios encontraron los míos. Fue un asalto, un arrebato salvaje que me arrancó el aire. Al principio intenté negarme, girar el rostro, pero la intensidad con la que me besaba… la fuerza con la que me devoraba la boca, la pasión abrasadora que me transmitía… hicieron que me rindiera poco a poco, como si mi cuerpo y mis deseos me traicionaran.
Con un solo beso, Roberto Abad rompió mis defensas. Y lo peor… es que una parte de mí lo deseaba.
