Capítulo 95
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Narrador Omnisciente
La cafetería del hospital bullía con su movimiento habitual: cucharas que tintineaban, voces que se entrelazaban en un rumor constante, el olor del café recién hecho flotando entre las mesas. En una esquina discreta, donde la luz se hacía más débil y el murmullo parecía amortiguado, Domenika permanecía sentada como una estatua: rígida, fría, con la mirada clavada en la pareja que hablaba a lo lejos. Su rostro, endurecido por la pena y el odio, no parpadeaba; veía y procesaba cada gesto como quien arma un plan.
Por fuera parecía tranquila, pero por dentro un incendio antiguo consumía sus pensamientos. Su voz, apenas un hilo que nadie más oyó, se escapó en una exhalación:
—Maldita, mi hijo ahora estaría vivo si no te hubiera conocido, tú solo fuiste su perdición, tú me lo arrebataste y te arrebataré la vida como me lo arrebataste a mí, jamás serás feliz, Ana Lago; de mí depende que sufras lo que Carlos sufrió al morir, morirás de la misma manera y al fin podré descansar, sabiendo que estás tres metros bajo tierra.
La frase, cargada de veneno, quedó suspendida entre ella y el mantel. Domenika apretó los dedos alrededor de la taza hasta estremecerse; el rencor le daba fuerza, la convertía en un tigre en espera.
Justo entonces su teléfono vibró sobre la mesa. Lo tomó con manos decididas y atendió. Al otro lado de la línea estaba Katherine, precisa e impaciente. La voz de la joven llegó tensa, recriminatoria:
—¿Qué jodidos se te ocurrió hacer? ¿Por qué Arturo y Roberto fueron a reclamarme a mi departamento?
La ansiedad en su tono era clara; el plan, al parecer, mostraba fisuras.
Domenika, sin perder la compostura, respondió con falsa pena:
—Lo siento querida, lamento no haberte informado, aunque no van a encontrar nada porque pagué muy bien para que hicieran ese trabajo. Lástima que la maldita Ana tenga más vidas que un gato, lo siento por su amiga que casi muere.
Por un instante hubo silencio en la línea; luego la respiración enfurecida de Katherine se filtró por el auricular.
—Solo te advierto una cosa. Yo te dije que te ayudaría a hundir a esa zorra, pero jamás imaginé que pretendías matarla. Si ese es tu plan, yo me bajo. Mi maldad no llega a tanto.
Domenika apretó los dientes, y su voz, cuando volvió, fue una cuchillada:
—Como quieras, solo quédate callada porque si no lo haces… me encargaré de acabar contigo también, Kathie.
La llamada terminó con un clic seco. Domenika dejó el móvil sobre la mesa como quien deposita una pieza de ajedrez lista para el jaque. Observó a la pareja —Ana y Arturo— moverse, reírse con ligeros gestos, ajenos a la red que se tensaba a su alrededor. Cuando los vio levantarse, algo en su pecho se tensó; sus palabras salieron al borde de los labios, un murmullo que no buscaba consuelo sino determinación:
—Esta vez, Ana, no te salvarás; así tenga que matarte con mis propias manos, no lo harás.
Para Domenika, cada movimiento de ellos era una cuenta pendiente; para el mundo, era solo otro día.
Roberto Abad Rocamonte
Me estaba perdiendo en los ojos de Lily cuando el timbre del móvil rompió el silencio. Miré la pantalla y apreté la mandíbula: Katherine, ¡Otra vez! Un mal nudo me subió al pecho. Vi la curiosidad en la cara de Lily y, sin dejar que el pánico se instalará, me puse de pie con calma fingida.
—Es de la oficina —le dije, con la voz más neutra que pude—. Vuelvo enseguida.
Ella asintió, sin sospechar la tormenta que venía. Crucé el pasillo con pasos medidos y contesté.
—¡Roberto! —saludó ella, la voz sonaba como un hilo agitado.
Noté el olor a mentira nada más empezar. La dejé hablar y solté, frío:
—¿Qué demonios quieres?
Hubo un silencio y luego un suspiro largo que sonó como una rendición contenida.
—Escúchame, no me cuelgues. Tengo que decirte algo importante. Puede probar mi inocencia en lo del accidente de tu novia.
La frase me hizo apretar más los dientes. Intenté no mostrar la mezcla de rabia y desconfianza que me hervía dentro.
—Más te vale que esto no sea otra de tus jugarretas, Katherine —le advertí.
Su voz se volvió pequeña, casi frágil, y, sin embargo, llena de una urgencia que no terminaba de cuadrarme.
—No es broma. Detrás de todo está Domenika, la madre del arquitecto Alcázar. Ella la quiere muerta —dijo atropellada—. Al principio me buscó para vengarse; yo acepté porque… pensé que era solo humillarla, hacerla sufrir, llorar, ya sabes, no matarla. Jamás me arriesgaría a la cárcel. Soy refinada, me gustan los lujos; antes muerta que entre rejas.
La ironía de la confesión provocó que resoplara con incredulidad. Tenía razón en algo: la familia de Katherine era de esa gente que vive por las apariencias. Pero la verdad, el veneno en las palabras, no borraba lo que Katherine era ni lo que había hecho. No me fiaba ni un centímetro.
—¿Y por qué me llamas a mí y no a Arturo? —pregunté, directo—. Si esto es real, él es el afectado, no yo.
—Lo llamé, no contestó —respondió ella con voz rápida—. Fuiste un cavernícola conmigo, aún me duele el cuello, te buscaste que te dijera el secreto de Clara—rasgó la frase con cierta amargura—. Míralo como un favor a mi conciencia: te lo diría algún día, pero lo guardé por si luego necesitaba un favor grande.
Me mordí el labio. La confesión tenía el hedor de la manipulación, pero también llevaba una pieza que cuadraba con lo que ya sabíamos: alguien poderoso tenía motivos para hacer daño. Katherine añadió algo más en un susurro de fuga:
—Me voy un tiempo al extranjero. No confío en Domenika; me dio un cheque grande para que la apoyara, pero ahora tengo miedo de que me incrimine. Te lo digo para que sepan a quien realmente temer y que dejen de acosarme.
Colgó antes de que pudiera decir algo. La línea quedó muda en mi oído; el móvil en mi mano pesó como una sentencia.
Volví a la habitación con el ceño fruncido. Lily seguía mirándome, esa mezcla de protección y curiosidad en la cara.
—Era de la oficina —le dije, sin poder ocultar la tensión—. Nada grave —mentí.
Me senté de nuevo, aún tenía que procesar lo que dijo Katherine antes de decirle a Arturo o a Ana.
Ana Paula Lago
Caminaba junto a Arturo, con el corazón aún acelerado por todo lo que había pasado. A pesar del cansancio, me reconfortaba tenerlo cerca; su sola presencia me daba una calma que no encontraba en ningún otro lugar. Todavía me costaba aceptar que Katherine hubiera querido matarme con tal de alejarme de Arturo.
Cuando llegamos frente a la habitación de Lily, él se detuvo.
—Voy a tener que ir a la constructora unas horas —me dijo con esa voz grave y firme que siempre me ha hecho sentir protegida—. Pero prométeme que si necesitas moverte del hospital, me llamas. Sam vendrá por ti de inmediato, ¿de acuerdo?
Sonreí, intentando aliviarle la preocupación que se reflejaba en su mirada.
—No te preocupes, Arturo. Estaré con Lily.
Asintió, aunque noté que aún dudaba. Justo en ese momento, una voz femenina nos interrumpió.
—Ana, querida.
Al girar, vi a la mamá de Lily acercarse. Llevaba un conjunto beige impecable, el cabello castaño corto y perfectamente peinado, y ese porte elegante que siempre la había caracterizado. La señora Reyna Ponce de Caballero era una mujer que imponía respeto, pero su sonrisa resultaba cálida.
—Arturo, te presento a la señora Reyna Ponce de Caballero, mamá de Lily, señora Reyna, él es Arturo Abad, mi novio —dije con una sonrisa amable.
La señora Reyna le tendió la mano con elegancia.
—Un placer conocerlo, joven.
—El placer es mío, señora —respondió Arturo con educación.
Ella asintió con amabilidad y luego me miró con ternura.
—Mi querida Ana, lamento tanto que mi esposo te haya despedido. Créeme, los empleados firmaron una petición… pero ya estoy en pláticas para que pronto te devuelvan tu puesto. —Me guiñó un ojo con complicidad—. Yo sé que tú no eres como te pintaron en esa nota del periódico. Te conozco desde que estudiabas con mi Lily en la facultad.
Sus palabras me conmovieron. Tragué saliva antes de responder.
—Gracias, señora Reyna. Sus palabras significan mucho para mí.
Arturo permaneció en silencio un momento, observando la interacción. Luego saludó de nuevo con respeto.
—Con permiso, señora —dijo, y le dio un beso en la mejilla antes de volver la mirada hacia mí.
Me tomó de la barbilla con suavidad y rozó mis labios con los suyos. Un beso breve, tierno, pero lo suficiente para hacerme sentir ese mariposeo en mi estómago.
—Nos vemos en unas horas —murmuró.
—Cuídate, Arturo —le respondí en voz baja.
Cuando se alejó por el pasillo, respiré hondo y traté de concentrarme en Lily. La señora Reyna y yo caminamos hacia la puerta de la habitación, pero antes de entrar, mi teléfono sonó dentro del bolso.
Lo saqué sin pensarlo, y en cuanto vi el nombre en la pantalla, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Domenika Alcázar, mi ex suegra.
