Capítulo 89
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Al llegar a la casa, Arturo cargó a Lisa entre sus brazos y subió las escaleras con paso tranquilo. Lo observé perderse en el pasillo del segundo piso mientras yo me quedé en el vestíbulo, con la excusa perfecta de ir por un poco de agua. La verdad, necesitaba un momento para respirar… esa casa siempre me imponía.
La señora de servicio me recibió en la cocina con una sonrisa amable y enseguida me indicó dónde estaban los vasos. Agradecí con un gesto y salí de nuevo, pero en lugar de regresar a la sala principal, sin querer tomé otro pasillo.
Nunca había recorrido esa parte de la casa. Bueno, tampoco es que hubiera venido muchas veces… casi siempre Arturo y yo permanecíamos en el estudio o en el comedor, y rara vez me aventuraba más allá.
Pasé por una pequeña salita, una especie de recibidor, decorada con gusto clásico. Había sillas de madera tallada, dos sillones color marfil y, frente a ellos, una enorme chimenea blanca adornada con molduras delicadas. Me acerqué. En las esquinas, tallados con maestría, se alzaban dos leones rugiendo, tan detallados que parecían cobrar vida.
Sonreí. Tenía que ser la casa de familia de arquitectos. Todo en ella parecía hablar de él: la simetría, el orden, el estilo impecable.
Pero mi sonrisa se desvaneció cuando mis ojos se detuvieron en la repisa de la chimenea. Había tres fotografías enmarcadas.
En la primera, una mujer joven sostenía una bebé en brazos. Sonreía radiante, con esos ojos claros que parecían llenos de luz y una melena castaña que caía en ondas sobre sus hombros. Era hermosa.
La segunda foto mostraba solo a la pequeña: Lisa, tan cachetona, risueña, con los mismos ojos que su madre.
Y la tercera… esa me dejó sin aliento.
Arturo, la mujer y Lisa. Él las abrazaba a ambas con ternura, besando la mejilla de su esposa mientras la bebé reía entre ellos. Era una escena perfecta, de esas que se quedan grabadas en el alma.
Sentí un nudo en la garganta. Era extraño —doloroso, incluso— ver a Arturo con otra mujer, aunque fuera solo en una fotografía. Pero más que celos, me invadió una sensación profunda de empatía. Qué impredecible puede ser la vida. Un día estás completo, y al siguiente, todo cambia.
Aun así, sentí gratitud. Gratitud porque, de alguna forma, el destino nos había cruzado. Él merecía volver a ser feliz… y yo también.
—¿En qué piensas? —La voz de Arturo me sacó de golpe de mis pensamientos.
Me giré, sobresaltada. No lo había escuchado llegar. Estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome con expresión serena, aunque sus ojos parecían analizar cada detalle de mi reacción.
—Los tres se veían muy felices en la foto —murmuré, buscándole la mirada.
Él tragó saliva, como si midiera sus palabras antes de hablar. Se acercó despacio, con las manos en los bolsillos, y su voz sonó grave.
—Éramos felices.
Mi corazón dio un vuelco. Pude sentir su nostalgia, su peso. Y en ese instante, entendí el dolor que aún cargaba. Tal vez ahora sabía cómo se sentía él cuando pensaba que yo aún amaba a Carlos.
—¿Aún la amas? —pregunté en voz baja, sin apartar la vista de él.
Se quedó callado unos segundos, pensativo. Luego, una sonrisa pícara apareció en sus labios.
—Tú y ella son dos personas muy diferentes. No hay punto de comparación entre las dos.
Lo fulminé con la mirada. Reconocí de inmediato mis propias palabras en su respuesta. Me las estaba devolviendo.
—¿Qué se siente —dijo con una media sonrisa divertida— que te respondan de la misma manera, evadiendo las preguntas que no quieres contestar?
Abrí los ojos, sorprendida, mientras él soltaba una pequeña risa.
—He estado esperando el momento perfecto para hacerlo —añadió con tono travieso—. Siempre esquivas esa pregunta.
Luego su rostro se suavizó, y su mirada se posó en la foto de Lisa.
—Lo que sí puedo decirte —continuó, con voz más baja y sincera— es que Clara me dio lo más valioso que tengo. Una hija a la que amo con todo mi corazón. Ella es… la luz de mi vida.
Y al ver esa ternura en sus ojos, no pude evitar sentir un calor profundo en el pecho. No solo por lo que decía, sino por la manera en que lo decía.
Ese hombre… era todo lo que nunca supe que necesitaba.
Entonces él dio un paso hacia mí. Su expresión, que hace un momento era seria, se suavizó apenas… y en un segundo me envolvió entre sus brazos. Su abrazo fue tan intenso que sentí cómo su respiración se mezclaba con la mía, cómo su corazón latía contra mi pecho.
Sus labios encontraron mi cuello, tibios, urgentes. Era su forma de decirme que ya no quería hablar del pasado, que las palabras sobraban. Cerré los ojos y me dejé llevar. Su boca se deslizó lenta por mi piel, encendiendo cada rincón de mí.
—Hay una promesa que tengo que hacerte —murmuró de pronto.
Se separó apenas lo suficiente para mirarme. Su mirada era oscura, profunda, como una promesa en sí misma.
—Quiero llenar tu vida de recuerdos tan hermosos que nunca tengas que mirar atrás para ser feliz.
Su voz ronca me estremeció. Sentí cómo mi piel se erizaba completa, cómo el aire entre nosotros se volvía denso, cargado de deseo. Lo deseaba con todo mi ser.
Puse ambas manos a los lados de su rostro y lo atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron con la misma intensidad de la primera vez… o tal vez más. Fue un beso ardiente, desesperado, de esos que borran el pasado y lo dejan todo reducido al presente.
—Yo nunca te dejaré por alguien más como lo hizo Clara… lo prometo —susurré contra su boca. Necesitaba que lo supiera, que lo sintiera en mi voz.
Él me miró entonces con una ternura que me desarmó.
—Te creo —respondió, pero su voz sonó amarga, casi rota.
Me dolió escucharlo. Comprendí que hablar de ella aún le dolía, y supe que el tiempo sería nuestro único aliado. Ambos tendríamos que aprender a convivir con los fantasmas del otro.
Y entonces me besó.
Me besó con una intensidad que me dejó sin aliento, como si en ese instante quisiera borrar todas las dudas que aún habitaban entre nosotros. Sentí cómo mi cuerpo temblaba entre sus brazos mientras sus manos recorrían mi espalda con una mezcla de firmeza y ternura. Sin darme cuenta, mis dedos se aferraron a su camisa, acercándolo todavía más a mí. Él dejó escapar un suspiro profundo, y su respiración comenzó a acompasarse con la mía.
Su mirada cambió poco a poco. El brillo cálido de sus ojos se volvió más intenso, más profundo, cargado de un deseo que ya ninguno de los dos intentaba ocultar.
—Vamos a la cama —susurró, con una voz ronca, apenas un suspiro.
Solo pude asentir. Su mano buscó la mía, entrelazando nuestros dedos. Me jaló con prisa hacia las escaleras, y mientras subíamos, sentí que el mundo allá afuera dejaba de existir.
Solo él y yo.
Solo nosotros.
