Capítulo 21

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—En mi opinión profesional… necesita dejar de fastidiar a la gente y preocuparse más por usted mismo.

Parpadeé, incrédulo.

—¿Disculpe? ¿Me está tomando el pelo?

—Señor Abad, por favor evite usar lenguaje soez en mi consultorio. De lo contrario, voy a patearle el trasero.

Fruncí el ceño, sin creer lo que acababa de escuchar.

—Pero acaba de…

—Yo soy la médica, así que puedo maldecir. Usted es el paciente y tiene que hacer lo que digo —remató. Para colmo, me guiñó un ojo. Ese gesto aceleró mi corazón más que cualquier pelea.

Me incliné hacia ella con una media sonrisa torcida.

—Así que… ¿dejar de fastidiar a la gente?

—Sí —respondió mientras arrancaba una hoja de su bloc y me la tendía.

Miré el papel.

En letras grandes decía:

SE BUENO

—¿Qué…? —levanté una ceja—. Esto es un poco inapropiado, ¿no cree, doctora?

Ella me lo arrebató y me mostró la parte inferior. Había escrito: Vitamina B y magnesio.

—Mire, señor Abad. Entiendo que usted y su hermano se odien tanto como para terminar a golpes, pero eso solo le traerá más problemas. Hoy es hipertensión; mañana podría ser un infarto. Hágase unos análisis, cuide su salud. La gente que se empeña en vivir con rabia termina destrozándose por dentro.

Suspiré con una sonrisa ladeada.

—Si usted supiera…

—¿Perdón?

La observé fijamente, sosteniéndole la mirada.

—Digo… ¿Y usted, doctora Caballero? ¿Se toma vacaciones? Porque me sermonea sobre el estrés y la presión, pero algo me dice que es la primera en romper sus propias reglas.

Se tensó un instante, clara señal de que había tocado un nervio.

—Bueno… no las he necesitado.

Me eché a reír por lo bajo.

—No sea hipócrita, doctora. Acaba de decirme que el corazón necesita descanso, que la mente debe soltar el peso… ¿O acaso el hospital se va a derrumbar si usted no está? ¿Por qué no nos tomamos unas vacaciones juntos?

Ella cruzó los brazos con gesto orgulloso.

—En realidad, sí. Este hospital es de mi familia. Yo no solo doy consulta, también lo administro.

Me acerqué un poco más, inclinándome sobre ella y disfrutando de cómo se erizaba la piel de su cuello.

—Ah… entonces me está diciendo que está bien que los jefes se maten trabajando, ¿no? Qué conveniente.

—Eso no es lo que dije. No ponga palabras en mi boca, Abad —me señaló con el dedo, desafiante.

Me puse de pie, alzando toda mi estatura frente a ella. Su dedo se apoyó contra mi pecho, pero no lo retiró. La diferencia de altura era tan evidente que estuve a punto de reír.

—Diantres… sí que es un gigante —susurró.

Incliné el rostro hacia el suyo, lo suficiente para que sintiera mi respiración.

—Y usted, doctora, es demasiado pequeña como para cargar con tanto orgullo… pero debo admitir que le queda endiabladamente bien. ¿Le gustan los hombres altos? ¿Sabe? Creo que ya empiezo a olvidarme de Ana…

—Bueno, no joda —maldijo sin filtro.

Levanté una ceja. Esa maldita mujer tenía agallas, y precisamente eso era lo que me estaba poniendo de cabeza. Su mirada desafiante me atravesó como una bala. Por alguna razón inexplicable, las palmas de mis manos sudaban, el corazón me golpeaba el pecho como si estuviera en plena pelea y una tensión incómoda se apoderó de todo mi cuerpo.

¿Qué demonios estaba haciendo esta mujer conmigo?

La parte superior de su cabeza apenas me llegaba al cuello, y eso que llevaba tacones. Aun así, ese maldito desafío suyo estuvo a punto de hacerme perder la compostura.

—Doctora Lilian, ¿cuánto mide? —pregunté sin pensar.

—¿Qué le importa, señor Abad? —disparó con brusquedad.

—Bueno, no joda —le devolví con la misma moneda, provocando que me fulminara con la mirada.

Sonreí de lado.

—Nunca respondió mi pregunta, doctora.

—¿Cuál pregunta?

—La de los jefes y las vacaciones. ¿Está bien que los jefes trabajen todo el día y no tengan tiempo para divertirse?

Ella soltó una risa seca.

—No. Pero eso no significa que un jefe pueda tomarse vacaciones cuando se le antoje. Los jefes son jefes por una razón. Deben mantener el orden y el funcionamiento de todo. A diferencia de algunos idiotas que creen que la vida es un juego y nunca han trabajado en serio.

—Voy a fingir que no acabo de escuchar todo eso —repliqué, entre divertido y ofendido.

—¿Por qué? Lo dije específicamente por usted.

Me quedé mudo un segundo.

—¿Disculpe? ¿Es que esta mujer no tiene filtro?

Ella se acomodó la bata blanca con toda la calma del mundo.

—Señor Abad, me enseñaron a decir lo que pienso, sin importar los sentimientos de los demás. Puede que sea médica, pero eso también significa ser honesta. No puedo mentirles a mis pacientes para evitarles lágrimas, ¿entiende? Mentir sí causaría una tragedia en mi trabajo.

Me miró de arriba abajo. Y, si no supiera que en su cabeza me estaba evaluando como a un monstruo, habría jurado que me estaba desnudando con la mirada.

—Es triste, pero es cierto —continuó—. Así que no, no tengo el lujo de tomar vacaciones en este momento. Tengo demasiado de qué ocuparme, y no solo de esta consulta. También tengo otros pacientes a quienes atender.

Abrió la puerta del consultorio, dejando claro con ese gesto que ya no quería verme ni un segundo más.

—Y no… —añadió con una sonrisa irónica— no puedo tomarme unas vacaciones con usted, aunque quisiera, porque yo no salgo con villanos. Además, tengo novio.

Ese último golpe vino acompañado de la puerta abierta, como una elegante invitación a retirarme.

Respiré hondo, tomé mi chaqueta del respaldo de la silla y salí con calma, aunque por dentro hervía.

En la recepción alcancé a escuchar su voz, firme y profesional, despidiéndose como si nada hubiera pasado:

—Como le dije, le recomiendo tomarse un tiempo libre y controlar sus niveles de estrés de manera natural. Si lo logra, no será necesario intervenir con medicamentos para normalizar su presión arterial. Hágase unos análisis de colesterol y una evaluación general para descartar alguna enfermedad cardiovascular. Lo espero dentro de un mes para revisar su evolución. Con la recepcionista puede realizar el pago de mis honorarios.

Y, sin regalarme una última mirada, se marchó apresurada por el pasillo hacia otra habitación.

La puerta se cerró tras ella y yo me quedé allí, con una sonrisa torcida, pensando en lo absurdo que era todo aquello.

Había entrado odiándola… y salía con el maldito presentimiento de que no iba a poder sacármela de la cabeza.

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