Capítulo 67

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Ana Paula Lago

Me dejó con cuidado sobre el borde de la cama. El colchón cedió bajo mi peso mientras apoyaba las manos detrás de mí para mantener el equilibrio. Permanecimos unos segundos en silencio, observándonos. Había deseo en sus ojos, sí, pero también una ternura que me desarmó por completo.

Sonrió apenas, de esa manera suya que siempre lograba hacerme olvidar todo lo demás, y se inclinó hasta rozar mis labios con un beso lento.

—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

Lo miré a los ojos. En ellos no había prisa, ni exigencia, solo la necesidad de escuchar mi respuesta. Sentí un nudo en la garganta. Después de tantos meses huyendo de mis propios sentimientos, por fin estaba donde quería estar.

Asentí despacio.

—Sí.

Sus hombros parecieron relajarse. Como si aquella pequeña palabra hubiera liberado también el peso que él llevaba encima.

—Gracias por elegirme, Ana.

Aquella frase me estremeció más que cualquier caricia.

Él comenzó a desabotonarse la camisa sin dejar de mirarme. No había arrogancia en sus movimientos; solo la naturalidad de un hombre que se mostraba tal como era. Cuando terminó, extendió una mano hacia mí.

La tomé.

Me ayudó a ponerme de pie con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de sus manos. Quedamos frente a frente, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración mezclarse con la mía.

Llevé las manos hasta su pecho. Su corazón latía con fuerza.

—También estás nervioso… —susurré.

Soltó una risa baja.

—Mucho más de lo que imaginas.

Aquella confesión me hizo sonreír. Siempre había visto a Arturo como un hombre seguro de sí mismo, casi imposible de desestabilizar. Descubrir que yo podía ponerlo nervioso me enterneció.

Nuestros labios volvieron a encontrarse.

Esta vez el beso fue más profundo, más lento, como si ambos quisiéramos memorizar cada instante. Él me abrazó por la cintura, acercándome despacio, mientras yo me aferraba a sus hombros.

No había prisa.

No necesitábamos demostrar nada.

Solo queríamos sentirnos cerca.

Cuando nuestras frentes quedaron apoyadas una contra la otra, cerré los ojos un instante.

—Te extrañé demasiado —confesé.

Sentí cómo acariciaba mi mejilla con el dorso de la mano.

—No sabes cuántas veces imaginé volver a verte así.

Respiré hondo.

—Yo también.

Él me besó la frente con una ternura que hizo que el pecho se me llenara de una calidez difícil de describir.

—Todavía podemos detenernos, si eso quieres.

Negué con una sonrisa.

—Hace mucho que dejé de querer detenerme.

Su mirada se iluminó.

Me tomó entre sus brazos y caminamos juntos hasta el centro de la cama. Me recosté lentamente sin dejar de sostener su mano. Él permaneció a mi lado unos segundos, acariciando mi cabello, recorriendo mi rostro como si quisiera aprenderlo de memoria.

—Quiero hacerte feliz, Ana —dijo con sinceridad—. No solo hoy… todos los días que me permitas estar a tu lado.

Las lágrimas amenazaron con escapar.

Nadie me había prometido algo así.

Busqué su rostro con la mano y sonreí.

—Quiero intentarlo contigo, Arturo.

Él cerró los ojos apenas un instante, como si aquellas palabras significaran más de lo que podía expresar.

Cuando volvió a besarme, el resto del mundo dejó de existir.

Nos abrazamos con la tranquilidad de quienes, después de mucho tiempo, por fin habían encontrado el camino de regreso el uno hacia el otro.

No supe cuánto tiempo pasó.

Solo recuerdo el calor de su abrazo, nuestras respiraciones intentando recuperar el mismo ritmo y el silencio tranquilo que llenaba la habitación.

Apoyé la cabeza sobre su pecho. Escuchar los latidos de su corazón tenía algo extrañamente reconfortante.

Él entrelazó sus dedos con los míos y besó mi cabello.

—¿En qué piensas? —preguntó.

Sonreí sin abrir los ojos.

—En que tenía miedo de volver a amar.

Guardó silencio.

—Y ahora…

Respiré profundamente.

—Ahora entiendo que amar otra vez no significa olvidar a quien perdí.

Levanté la mirada para encontrar la suya.

—Solo significa que mi corazón todavía tenía espacio para volver a ser feliz.

Arturo acarició mi mejilla con infinita delicadeza.

—Y pienso cuidar esa felicidad todos los días que me lo permitas.

Sonreí.

Me acerqué para besarlo una vez más, esta vez despacio, sin prisa, sabiendo que ya no había despedidas entre nosotros.

Entonces, sentí que el futuro dejaba de darme miedo.

Al día siguiente, aún con los ojos cerrados, extendí los brazos buscando el calor de Arturo. Solo encontré el espacio vacío a mi lado.

Un ligero sobresalto me recorrió el cuerpo.

Abrí los ojos de golpe y recorrí la habitación con la mirada. El silencio del departamento era absoluto. Por un instante, una idea absurda me atravesó el pecho.

¿Y si se había ido sin despedirse?

Me incorporé despacio, todavía envuelta entre las sábanas. Entonces un aroma familiar llegó hasta mí.

Café de olla.

Sonreí antes incluso de salir de la habitación.

Al llegar a la cocina, lo encontré de pie junto a la barra, con una taza entre las manos y esa sonrisa tranquila que parecía capaz de calmar cualquiera de mis temores.

—Buenos días, dormilona —dijo divertido—. ¿Quieres café?

Suspiré aliviada.

—Sí… por favor.

Me sirvió una taza humeante y esperó a que diera el primer sorbo.

—Pensé que te habías ido.

Él negó con una sonrisa.

—Ni siquiera se me pasó por la cabeza.

Aquellas palabras bastaron para borrar el miedo que había sentido unos segundos antes.

Mientras disfrutaba del café, mi atención se desvió hacia las charolas acomodadas sobre el comedor.

—¿Todo esto?

—Le pedí a Sam que me trajera un cambio de ropa y que pasara por el desayuno. También hay comida para Lily.

Levantó una de las tapas y apareció un desayuno digno de un hotel: waffles recién hechos con fruta fresca, miel y mantequilla; además de varios taquitos mañaneros con distintos guisos.

No pude evitar sonreír.

—Creo que alguien quiere conquistarme por el estómago.

—¿Está funcionando?

—Muchísimo.

Él soltó una risa baja mientras me servía un plato.

Después de la noche anterior, el hambre volvió con fuerza. Tomé varios taquitos y comenzamos a desayunar entre conversaciones sencillas, riendo por cualquier tontería.

Entonces algo me hizo detenerme.

—Espera… ¿y Lisa?

Arturo dejó la taza sobre la mesa.

—Está con mis padres. Les pedí que la cuidaran este fin de semana para poder dedicarte tiempo. Además, hoy la llevarán al cumpleaños de una compañerita.

Se inclinó hacia mí y apartó con delicadeza un mechón de cabello de mi rostro.

—No te preocupes. Está feliz.

Sentí un pequeño alivio.

—La extraño.

Sus ojos se enternecieron.

—Ella también te extraña. No deja de hablar de ti. Dice que cuando sea grande quiere ser doctora… igual que Ana.

No pude evitar sonreír.

Lisa siempre lograba ablandarme el corazón.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Puedes escaparte conmigo el resto del día?

Repasé mentalmente mi agenda.

—Trabajo hasta media tarde.

Hice un pequeño puchero que lo hizo reír.

—Entonces tendré que compartirte con el hospital unas horas más.

En ese momento escuchamos abrirse la puerta de la habitación de Lily.

Apareció despeinada, aún con expresión de recién levantada. Nos observó un segundo y una sonrisa traviesa iluminó su rostro.

—¡Buenos días! Vaya… no sabía que tenía visita tan temprano.

Su mirada pasó de Arturo a mí con evidente picardía.

—Quiero pensar que alguien tuvo una noche bastante entretenida.

Sentí que las mejillas me ardían.

Arturo, en cambio, sonrió con absoluta tranquilidad.

—Buenos días, Lily.

Ella se acercó para saludarlo con un beso en la mejilla y luego me abrazó rápidamente.

—Siéntate a desayunar con nosotros —le dije.

—No quiero ser mal tercio.

—No seas exagerada —respondió Arturo con naturalidad—. Si eres la mejor amiga de Ana, también eres bienvenida para mí.

Antes de volver a la mesa, tomó la camisa que Sam le había llevado y se la puso con calma. Aquel pequeño gesto me enterneció. No quería incomodar a Lily.

Ella terminó aceptando la invitación y apenas tomó asiento lanzó la pregunta que sabía que haría.

—Bueno… ¿ya son novios?

Arturo respondió antes que yo.

—Sí.

Lo miré de reojo.

Escucharlo decirlo en voz alta hizo que una alegría inmensa me llenara el pecho.

—¡Por fin! —exclamó Lily con una sonrisa enorme—. Me alegro muchísimo por ustedes.

—Gracias, amiga.

Aún me costaba creer que todo aquello estuviera pasando.

Mientras desayunábamos, Arturo volvió la vista hacia Lily.

—¿Tú eres quien organiza el hospital, verdad?

Ella asintió.

—Digamos que sí.

Arturo carraspeó con cierta timidez.

—¿Crees que Ana pueda tomarse el día libre?

Lily me miró divertida.

—Por mí no hay problema. Yo cubro cualquier pendiente.

Luego añadió, como si nada:

—Además, esta noche tengo planes. Voy a ver a Roberto.

Arturo casi se atragantó con el café.

Lily continuó hablando con absoluta naturalidad.

—Está muy confiado. Cree que va a conquistarme enseguida… pero pienso hacerlo esforzarse bastante.

Arturo dejó la taza sobre la mesa.

—Me parece perfecto. Si Roberto habla en serio, tendrá que demostrarlo.

Asentí.

—Yo también creo que está intentando cambiar.

Lily sonrió.

—Eso espero. Porque mis hermanos siguen furiosos por todo lo que pasó con Miguel. Rodrigo incluso ha intentado cerrarle las puertas en varios hospitales cuando vuelva a Monterrey. Le dije que no lo hiciera, pero ya lo conocen… cuando se trata de su hermanita pierde completamente la cabeza.

La conversación continuó unos minutos más hasta que Lily terminó de desayunar.

—Los dejo solos. No quiero seguir interrumpiendo.

Nos guiñó un ojo antes de desaparecer nuevamente por el pasillo.

Apenas escuchamos cerrarse la puerta de su habitación, Arturo acercó un poco más su silla a la mía.

Rodeó mi cintura con un brazo y apoyó suavemente la frente contra la mía.

—Se me ocurrió una idea…

—¿Cuál?

Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—¿Qué te parece si aprovechamos que todavía tenemos unas horas antes de que entres al hospital… y las pasamos juntos?

Su voz sonó baja, íntima, cargada de complicidad más que de prisa.

Sentí cómo el corazón volvía a acelerarse.

Sonreí sin poder evitarlo.

Había esperado demasiado tiempo para permitirme ser feliz.

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio