Capítulo 88
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Ana Paula Lago
Estábamos todos sentados alrededor de la mesa: mis padres, mis sobrinos, Lisa, Arturo y yo. El ambiente se sentía cálido, familiar… como hacía tiempo no lo sentía.
Lisa, con esa energía tan contagiosa, se había ganado a todos desde el primer instante.
Desde la cocina, mientras mamá y yo terminábamos de preparar la comida, la escuchábamos reír a carcajadas mientras jugaba a las escondidillas con mis sobrinos.
Verlos correr por el jardín, llenos de vida, me llenó de ternura. Lisa tenía algo especial… una alegría tan pura que iluminaba a quien la mirara. No me sorprendía que mis pequeños se hubieran quedado encantados con ella; en el fondo, yo también me había sentido así la primera vez que la vi.
Sin embargo, mientras revolvía el guiso y el olor a carne con verduras se extendía por toda la casa, no podía dejar de pensar en Arturo.
Su expresión un rato antes, mientras hablaba con mi padre, me había dejado inquieta. Había tristeza en sus ojos… una sombra que intentaba disimular con una sonrisa.
No me dijo qué le pasaba, pero lo noté.
Y eso me dolía un poco.
Porque si algo deseaba, era que confiara en mí, que no me ocultara nada.
Ya no éramos simples compañeros o amigos, ahora éramos pareja… y eso significaba compartirlo todo, incluso lo que dolía.
Cuando volvimos a la mesa, tomé su mano entre las mías.
Él me miró y me regaló una sonrisa serena, de esas que derriten cualquier duda.
Sentí que, tal vez, no era el momento de presionarlo; a veces el silencio también es una forma de amar.
El guiso de carne con verduras quedó delicioso —como sólo mamá sabe hacerlo— y Lisa no dejó de elogiarlo, con esa vocecita dulce que la caracterizaba.
Después de comer, nos quedamos en la sala viendo el programa favorito de mi padre, uno sobre remodelación de autos antiguos. A veces pienso que papá podría pasar horas hablando de motores y aun así no aburrirse.
Mientras tanto, aproveché para escribirle a mi hermana y preguntar por mi cuñado. Me respondió que los médicos ya habían retirado los vidrios de su mano y le habían enyesado el brazo; por suerte, estaba fuera de peligro. Respiré aliviada.
Observé a Arturo conversando con mi padre. Se habían entendido enseguida. Había algo en ellos… esa forma firme pero amable de hablar, la mirada segura, el sentido del deber.
Ambos eran hombres de carácter fuerte y corazón noble, protectores, comprometidos, buenos padres.
Desde el sofá, mientras los miraba, pensé en lo afortunada que era.
Mi padre había sido mi ejemplo toda la vida: trabajador incansable, cariñoso y atento, un hombre que se partió el alma para darnos una carrera y un futuro digno, aunque no siempre tuviéramos mucho.
Y ahora, frente a mí, veía en Arturo algo parecido.
Esa forma en la que miraba a Lisa, con ternura y orgullo, me recordaba tanto a mi padre…
Y, sin proponérmelo, había encontrado a alguien que despertaba en mí la misma sensación de seguridad que siempre sentí en casa.
Arturo entrelazó sus dedos con los míos.
Me dio un suave beso en la frente y yo no pude evitar sonreír.
La tarde se nos pasó volando.
Cuando miré el reloj del celular, marcaban casi las ocho.
Mi hermana todavía no llegaba y los niños ya estaban cabeceando frente al televisor, donde sonaba un programa infantil en Disney. Lisa, acurrucada contra Arturo, luchaba por mantener los ojos abiertos.
Le envié otro mensaje a mi hermana para preguntarle si quería que la esperara y le llevara a los niños al departamento, pero me respondió enseguida que no hacía falta.
Por esa noche, se quedarían con mis padres; Jesús necesitaba descansar después del accidente.
Le deseé que todo saliera bien y guardé el teléfono, alzando la vista hacia Arturo.
Él estaba sentado a mi lado, con el brazo rodeándome, tranquilo, sereno… ese tipo de paz que sólo él lograba transmitirme.
Me recosté un poco más sobre su pecho y suspiré.
—Creo que es hora de irnos —dije en voz baja, sin dejar de mirar la pantalla del celular.
Arturo asintió.
Con cuidado se levantó y, en un gesto que me enterneció por completo, cargó a Lisa entre sus brazos. La niña ya dormía profundamente, con la cabeza apoyada en su hombro y las manos relajadas a los costados.
Salimos despacio hacia el exterior de la casa. La ferretería estaba a punto de cerrar; las luces interiores se atenuaban y el sonido metálico de la cortina anunciaba el fin del día.
—Papá, mamá, ya nos vamos. Es algo tarde y Lisa está dormida —dije, acercándome a ellos—. Le mandé un mensaje a Laura y me dijo que los niños se quedarán aquí esta noche.
Mi madre me sonrió con ternura.
Se acercó a darme un beso en la mejilla y luego acarició suavemente la mano de Lisa, que colgaba del brazo de su padre.
—Ha sido un gusto conocerlo, señor Arturo —dijo con su tono cálido y maternal—. Y también a la pequeña, es un verdadero encanto. Ojalá pronto puedan venir con más calma, cuando Jesús esté mejor, y así organizar una comida familiar.
Arturo le devolvió la sonrisa, esa que mezcla cortesía y afecto genuino.
—El gusto ha sido mío, señora Lago. Espero que así sea, será un placer regresar.
Su mirada se desplazó hacia mi padre.
—Gracias, señor Lago… por todo.
Hubo un segundo de silencio entre ellos.
Mi padre asintió despacio y, con un gesto que me desconcertó, le dio una palmada firme en la espalda, de esas que dicen más que mil palabras.
—Cuídate, hijo —le dijo con voz grave, aunque cargada de afecto—. Espero verte pronto de nuevo.
Fruncí el ceño, intrigada.
Había algo en ese intercambio que no comprendía del todo… algo que parecía un secreto compartido.
—Ana —la voz de Arturo me sacó de mis pensamientos.
—¿Sí? —pregunté, acercándome.
—¿Podrías sacar la cartera de mi bolsillo, por favor?
Asentí y, con cuidado de no despertarle a Lisa, metí la mano en el bolsillo trasero de su pantalón. Sentí el roce cálido de su cuerpo bajo la tela, lo que me hizo contener el aliento por un instante. Saqué la cartera y esperé instrucciones.
—Debe haber una tarjeta con mi número —dijo, sin apartar la vista de mi padre.
Busqué entre las ranuras hasta encontrar una. La saqué y se la mostré.
—¿Esta? —pregunté.
Él asintió.
—Dásela a tu padre.
Obedecí, un poco confundida, y le tendí la tarjeta a papá.
—Por si algún día necesita hablar conmigo —dijo Arturo, con esa voz firme que siempre usaba para las cosas importantes—. De lo que sea, no dude en llamarme.
Mi padre tomó la tarjeta y lo miró con gratitud.
—Gracias, muchacho. Ten por seguro que lo haré.
Lo observé sin decir palabra, sintiendo un extraño nudo en la garganta.
No entendía del todo lo que había pasado entre ellos… pero la manera en que se miraron, con respeto y complicidad, me dejó claro algo:
mi padre había visto en Arturo lo mismo que yo veía cada día.
Un hombre noble, de corazón enorme… y, aunque él aún no lo sabía, el amor de mi vida.
Arturo recostó con cuidado a Lisa en los asientos traseros del auto. La cubrió con una chaqueta y se aseguró de que quedara bien acomodada antes de cerrar la puerta con suavidad. Yo observaba cada movimiento suyo con una mezcla de ternura y admiración… ese lado protector que tenía con su hija me derretía el alma.
Cuando subí al coche, levanté la mano para despedirme de mis padres con una sonrisa cálida. Ellos nos miraron desde la puerta de la ferretería, todavía iluminada por la luz amarillenta del letrero.
Arturo encendió el motor, y durante unos segundos reinó un silencio tranquilo, de esos que no incomodan, pero que se sienten cargados de algo placentero. Entonces, con voz grave y esa mirada oscura que siempre consigue desarmarme, me preguntó:
—¿Te quedas conmigo esta noche?
Su tono fue bajo, casi un susurro, pero suficiente para que mi corazón empezara a latir más rápido. Esa mirada… profunda, intensa, tan suya, me atravesó de lleno. Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo, como una corriente eléctrica directa al vientre. Me miraba con ternura, pero también con deseo, y supe que no podía —ni quería— decirle que no.
Asentí despacio, con una sonrisa apenas dibujada y los ojos brillantes.
—Sí… puedo quedarme contigo —respondí en voz baja, intentando sonar natural aunque por dentro me temblara todo—. Pero necesito algo de ropa para dormir. ¿Podríamos pasar por mi departamento por mi pijama?
Él asintió, y sin dejar de mirarme, cambió el rumbo con suavidad.
—Claro, vamos —dijo, y siguió conduciendo con una mano en el volante y la otra apoyada sobre mmi muslo, tan cerca de mí que sentía el calor irradiando de su piel.
El trayecto fue corto. Cuando llegamos, aparcó frente al edificio.
—Te espero aquí —dijo—. No puedo subir contigo, la pequeña está dormida.
—Está bien —le sonreí antes de salir del coche.
Caminé rápido hacia el ascensor y subí hasta mi departamento. Al entrar, noté el silencio. No había señales de Lily, así que supuse que había salido con Roberto. Aproveché para meter algo de ropa en una de mis maxi bolsas y, mientras lo hacía, sentí un ligero nerviosismo. No era la primera vez que dormía en casa de Arturo, pero esta vez se sentía distinto…
Escribí un mensaje rápido a Lily para avisarle que me quedaría con él y bajé nuevamente.
Al salir del edificio, lo vi.
Arturo estaba recargado sobre el auto, con las piernas cruzadas y las manos en los bolsillos. Su postura era relajada, pero su presencia imponía. La camisa le marcaba los hombros y el pecho, y la luz del farol resaltaba los contornos de su rostro serio, atractivo, irresistible.
Cuando me acerqué, me miró con esa expresión que me deja sin aire y, sin decir una palabra, abrió la puerta del coche para mí.
Subí, sintiendo cómo su mirada me seguía cada segundo.
