Capítulo 36

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Ana Paula Lago 

Salimos de la habitación y encontramos al señor Arturo sentado en uno de los sillones de la sala de estar. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, él se incorporó de inmediato con esa cortesía que parecía inherente a su carácter. Lili, muy oportuna, anunció que se iría a bañar, pues teníamos poco más de una hora para arreglarnos; además, ella era la novia del festejado, así que debía estar impecable. Y entonces… nos quedamos a solas.

El silencio se llenó de una tensión invisible, como si el aire se hiciera más denso entre nosotros.

—¿Podría enviarme los datos del evento del colegio al que asistiremos con Lisa? —pregunté, intentando sonar profesional, aunque mi voz me delató con un leve titubeo.

Él sonrió ampliamente, esa sonrisa que parecía iluminarle el rostro entero.

—Pensé que nos tuteábamos —respondió con naturalidad—. Y sí, te los enviaré en cuanto los tenga.

Sentí un estremecimiento recorrerme el cuerpo. Su mirada penetrante parecía desarmarme, erizando mi piel como si sus ojos tuvieran el poder de tocarme sin acercarse. En otras circunstancias, habría sido una sensación agradable… incluso adictiva. Pero no ahora, no cuando aún me sentía atada al recuerdo de Carlos.

—Claro —murmuré, bajando la vista.

—Ana, me preguntaba si te gustaría salir a caminar…

Me mordí el labio antes de contestar.

—Tengo un compromiso. El novio de mi amiga Lili cumple años hoy. Cenaremos en un restaurante de Monterrey… —tragué saliva—. ¿Le gustaría acompañarnos?

Una parte de mí rogaba en silencio que rechazara la invitación, para ahorrarme el torbellino de emociones que me provocaba. Pero otra parte —más intensa y peligrosa— deseaba que aceptara solo para tenerlo cerca un momento más.

—Claro, ¿por qué no? —dijo, sonriendo con esa seguridad que parecía tan suya.

Un calor abrasador subió a mis mejillas y a mi frente. Mi respiración se agitó, y por primera vez en mucho tiempo sentí esa chispa peligrosa que confundía mis pensamientos. ¿Qué me estaba haciendo este hombre? Yo amaba a Carlos. Estaba segura de ello. ¿Entonces por qué mi cuerpo me traicionaba así?

—Ahora vuelvo, me arreglaré —dije con rapidez, casi huyendo hacia mi habitación. Cerré la puerta tras de mí y apoyé la frente contra la madera, intentando recuperar el aliento. Era cierto lo que Lili había dicho: una cosa era el amor y otra la atracción. Y lo que sentía frente al imponente Arturo Abad no podía llamarse de otra manera.

“Respira, Ana. Estás confundida”, me repetí mientras me duchaba apresuradamente. “Es normal extrañar los abrazos, los besos, el cariño que Carlos te daba todos los días. Ahora estás sola, y la soledad confunde”.

Sacudí la cabeza. No quería provocar nada, ni malas interpretaciones. Opté por un atuendo sobrio: un palazo negro y una blusa blanca semitransparente, con un top debajo del mismo tono. Zapatos altos negros, elegantes, pero discretos. Recogí parte de mi cabello ondulado en una media coleta, dejando el resto suelto para darle un aire más relajado.

Cuando abrí la puerta, el sonido de las voces me alcanzó. Lili conversaba animadamente con Arturo, y para mi sorpresa, él ya no parecía generarle la desconfianza inicial. Ambos sonrieron en cuanto me vieron, y Arturo se puso de pie en cuanto me acerqué, siempre atento.

—Te ves hermosa, Ana —exclamó con esa media sonrisa que parecía su sello personal.

Sentí cómo el rubor me trepaba por las mejillas de nuevo. Volteé hacia Lili, que me devolvió una mirada divertida, moviendo los ojos con esa complicidad juguetona que solo ella y yo compartíamos. Arturo arqueó una ceja, intrigado por nuestro intercambio silencioso, sin comprender del todo lo que pasaba entre nosotras.Pero sonrió para sí, satisfecho de haber provocado aquella reacción en mí.

—Las llevo en mi auto —dijo con un tono elegante, casi solemne.

—Miguel pasará por mí en diez minutos, adelántense. Me acaba de enviar un mensaje de que ya viene —anunció Lili.

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