Capítulo 33

⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻

Roberto Abad Rocamonte

Me habían hecho unos estudios de colesterol en la sangre y hoy me llamaron para avisarme que ya estaban listos. Lo curioso era que, en lugar de preocuparme por los resultados, lo primero que pensé fue en que eso significaba que volvería a verla. La doctora.
Esa mujer tenía un efecto extraño en mí: me encantaba provocarla, verla perder la compostura por unos segundos. Ese rubor en sus mejillas cada vez que la hacía enfadar despertaba en mí algo placentero, casi adictivo.

Pero no todo era tan ligero ese día. También era el día en que operarían a mi padre. Y aunque no quería verme ni en pintura, yo no podía simplemente desaparecer. No sería fácil que me perdonara, mucho menos en el lecho de un hospital, después de un infarto que casi le cuesta la vida. Si le ocurría algo, mi madre jamás me lo perdonaría. Y de las pocas personas en este mundo cuya opinión me importaba, la de ella era una de las más valiosas.

Chasqueé la lengua, frustrado. Lo mejor sería apartarme por un tiempo, al menos hasta que la salud de mi padre mejorara. Tampoco era tan maldito como para desear que falleciera con el resentimiento clavado en el pecho… y por mi culpa.

Durante el trayecto al hospital, el sonido insistente de mi móvil me obligó a detener mis pensamientos. El semáforo estaba en rojo, así que contesté sin entusiasmo. La llamada sería breve, o al menos eso pensé.
Era Katherine.

—¿Qué quieres, Katherine? —escupí con fastidio—. Pensé que te había quedado claro que no quiero saber nada de ti.

Su voz sonó desesperada, casi quebrada.
—Roberto, necesito que me ayudes a regresar con Arturo. Haré lo que sea, te ayudaré en lo que quieras, pero ayúdame…

No pude evitar soltar una risa amarga, cargada de ironía.
—Aunque quisiera ayudarte, no puedo. Mi padre me echó de la mansión, ¿recuerdas? Ahora me estoy quedando en mi apartamento. Y todo gracias a tu maldita confesión. Así que olvídate de que voy a mover un dedo por ti.

—No me cuelgues… —se apresuró a suplicar—. Si me ayudas, prometo que haré que te quieran de nuevo. Solo necesito estar otra vez con Arturo.

Apreté la quijada con fuerza, sintiendo el calor subir a mi rostro. Katherine era como una plaga: fastidiosa, impulsiva, siempre arrastrándome hacia sus problemas como ya lo había hecho antes. Solo que esta vez yo no estaba dispuesto a caer. Era más inteligente que eso.

—Bórrate de mi vida, Katherine —escupí con dureza—.Arréglatelas como puedas… pero jamás te ayudaré.

Colgué sin darle oportunidad de contestar, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante. 

Para cuando estacioné mi auto cerca de la entrada del hospital, sentí cómo el corazón comenzaba a golpearme con fuerza contra el pecho. ¿Estaba… emocionado? Sonreí a medias, incrédulo de mí mismo. Esa doctorcita me estaba volviendo loco, y lo peor era que apenas empezaba a darme cuenta de cuánto.
Pero había algo que me estorbaba, un obstáculo que no podía ignorar: su maldito novio.

Al entrar, me acerqué a recepción.
Pregunté con voz firme, aunque por dentro me consumía la impaciencia. La recepcionista, una mujer joven con uniforme de enfermería, revisó la pantalla de su computadora antes de levantar la vista hacia mí.
—Necesita agendar una cita si quiere que la doctora Caballero lo atienda. O bien, puedo revisar la agenda de otros doctores para ver si tienen un espacio ahora mismo.

La miré incrédulo, como si hubiera dicho la mayor tontería.
—Solo me interesa una cita con la doctora Caballero, ¿es que no puede hacerme un espacio ahora mismo?

Ella negó con la cabeza, profesional y fría. La mandíbula se me tensó al punto de dolerme.

—Roberto Abad… —la voz que me erizó la piel llegó justo detrás de mí, obligándome a girar—. ¿No solo pelea con su familia, sino también con la recepcionista? Me está comenzando a decepcionar.

Ahí estaba. Lilian.
La miré de arriba abajo sin poder contenerme. Dios… esta mujer era perfecta: hermosa, decidida, con un carácter que pocas veces había encontrado. La quería para mí.

—Lo que menos quiero es decepcionarte, doctora —dije en un tono más bajo, buscando suavizar el momento—. Solo que no tengo tanto tiempo como para esperar a que me atiendas. Ya tengo los resultados de los análisis que me pediste.

Ella respiró hondo, como si se armara de paciencia, y luego se giró hacia la recepcionista.
—Madi, voy a atender al señor Abad. Revisa estos documentos: el señor Jiménez hará el pago de su operación mediante un seguro de gastos médicos mayores.

—Sí, doctora.

Lilian volvió a mirarme, y esa mirada me atravesó con fuerza. Después sonrió, no con ternura, sino con esa ironía que me hacía sentir como un niño pillado en falta.
—Vamos, señor Abad. Revisemos esos análisis.

No me dijo que la siguiera, pero estaba implícito. Y yo, como hipnotizado, caminé tras ella. Mis ojos inevitablemente se clavaron en su caminar. La bata blanca cubría demasiado, pero aun así, mi imaginación me traicionaba: podía verla debajo, podía adivinar lo redondo de su trasero, lo firme de su cuerpo. Era alta, no frágil ni exageradamente delgada, sino con unas curvas definidas que la hacían aún más atractiva.

Y entonces mi mente me jugó una mala pasada. Fantaseé con la doctora, con tenerla contra la puerta de su consultorio, con sus uñas arañándome la espalda mientras yo mordisqueaba su cuello. Un calor incómodo recorrió mi cuerpo, haciéndome maldecir en silencio.

De pronto, me di cuenta de que mi “amigo” estaba despertando sin aviso alguno. No era, precisamente, una buena señal en un pasillo lleno de gente. Tragué saliva y respiré hondo varias veces, obligándome a pensar en cualquier otra cosa para recuperar el control antes de que ella lo notara.

Ella abrió la puerta de su consultorio con un gesto breve, profesional, y me indicó con la mano que pasara.
—Siéntese, señor Abad.

—Puedes llamarme Roberto si quieres, doctora Lilian.

Se detuvo a medio camino de su silla y me lanzó una mirada que hubiera hecho retroceder a cualquiera.
—Yo soy la doctora Caballero para usted, y usted es mi paciente, señor Abad. No me interesa tener ningún otro tipo de relación fuera de la de paciente–doctor.

Me froté la barbilla, disfrutando en silencio cómo me retaba con la mirada, tan firme y tan consciente de cada palabra.
—¿Nunca se ha enamorado de algún paciente, doctora? —pregunté con toda la intención, dejando asomar una sonrisa ladeada.

Ella abrió los ojos de golpe, escandalizada, y por un momento pensé que me lanzaría el estetoscopio a la cabeza.
—¡Por supuesto que no! —exclamó, casi ofendida, aunque el rubor que trepaba por sus mejillas la delataba. Inspiró profundo, recomponiéndose—. Revisemos los resultados de los análisis, porque tengo otros pacientes que atender además de usted.

Tuve que contener una sonrisa. 

Se sentó en su silla giratoria, girando apenas hacia mí, y yo hice lo propio en la mía, sin dejar de observarla. Noté cómo ahora evitaba mi mirada, incómoda… nerviosa. Sonreí satisfecho.

Le entregué el sobre con los resultados que me habían dado en recepción. Ella lo tomó con rapidez, casi arrebatándomelo, y lo abrió de inmediato. Mientras repasaba los indicadores, yo dejé vagar la vista por su consultorio. Todo en ese espacio hablaba de ella: ordenado, sobrio, sin excesos, como si cada objeto estuviera en el lugar exacto que debía ocupar.

Entonces algo en el escritorio atrapó mi atención: una tarjeta colorida, mediana, con un lazo dorado, encima de varios papeles. La tomé con discreción. Era una invitación de cumpleaños para esa misma noche, en un restaurante que conocía bien… demasiado bien. Sonreí con ironía: yo era socio de ese lugar. Nunca me conformé con el título de arquitecto en la constructora familiar, sabiendo que Arturo era el favorito de mi padre; invertí cada ganancia en distintos negocios, y ese restaurante era uno de mis orgullos silenciosos.

La voz de Lilian me sacó de mis pensamientos.
—Señor Abad, su nivel de colesterol está apenas por encima del rango normal, así que no hay mucho de qué preocuparse. Basta con que lleve una alimentación adecuada y evite el exceso de alcohol. Le recomiendo suplementarse con omega 3.

Asentí, inclinándome apenas hacia adelante.
—¿Eso es todo? —pregunté con tono inquisitivo. Dejando de nuevo la invitación sobre la mesa.

—Sí —respondió encogiéndose de hombros, como si fuera una obviedad—. La próxima cita de control podrá ser dentro de uno o dos meses, depende de cómo se sienta.

—Uno o dos meses es esperar demasiado para volver a verla —dije, poniéndome de pie al mismo tiempo que ella lo hacía.

Vi cómo un leve rubor volvía a teñir sus mejillas. Caminó hasta quedar frente a mí, tan cerca que pude sentir el roce imperceptible de su perfume. Su voz sonó firme, aunque su respiración la traicionaba.
—Sé lo que intenta hacer, Roberto, pero no soy una jovencita de dieciocho años. ¿Sabe? Tengo novio, y si él supiera que uno de mis pacientes me coquetea de esta manera tan descarada, estaría en problemas. Así que le sugiero que, si desea seguir siendo mi paciente, deje de hacerlo.

Mi rostro se endureció por un segundo, conteniendo una réplica mordaz. Luego, bajé la voz, sincero a mi manera.
—No voy a negar que es usted una mujer muy bella. Pero no soy el tipo de hombre que se enamora a primera vista, eso es demasiado cursi para mí. Mi corazón ya tiene un dueño, doctora, y no es usted. Sin embargo, eso no significa que no pueda divertirme un poco. 

Ella me sostuvo la mirada, implacable.
—Soy mujer de un solo hombre, señor Abad.

Tragué saliva y desvié la vista apenas un instante. Yo también era hombre de una sola mujer. Le había prometido a Clara que jamás me enamoraría de alguien más, y pensaba cumplirlo. La doctora me atraía, sí, su fuego me descolocaba y me excitaba. Pero era solo físico. 

✨ También te puede gustar... ✨

Dejar un comentario

🩷 Gracias por leer.

Si este capítulo te hizo sonreír, emocionarte o enojarte, cuéntamelo. Leer tus comentarios es una de las cosas que más me motiva a seguir escribiendo.

Scroll al inicio