Capítulo 73
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Sentí un impulso absurdo de lanzar el teléfono contra la pared. ¿Quiénes se creían para juzgar una vida que no conocían?
—Me están acusando de aprovecharme de la situación… —dije apenas en un susurro, con la voz temblorosa.
Lily me observó con compasión.
—Ana, no hagas caso de lo que dicen. Te lo mostré porque de cualquier forma ibas a enterarte —explicó con cautela.
Yo me quedé inmóvil, mirando la pared sin verla realmente. Mi mente era un torbellino.
¡No saben nada! —exploté de pronto—. No tienen idea de lo que he vivido… pero aún así me siento culpable —susurré al fin, poniéndome de pie. Comencé a caminar de un lado a otro, con las manos temblorosas—. Ahora todos saben que tengo una relación con un hombre… cuando hace apenas unos meses Carlos murió.
Sentí un nudo en la garganta, la culpa desgarrándome desde adentro.
—¿Cómo pude…? —murmuré, llevándome una mano al pecho—. ¿Cómo pude dejarme llevar? Debí esperar más tiempo.
Me quedé en silencio unos segundos, respirando con dificultad.
—Nunca voy a dejar de querer la vida que soñé con Carlos —continué con la voz rota—. Aún lo amo… pero con Arturo las cosas son distintas. También lo quiero. Me hace sentir viva otra vez, pero… no sé si eso me convierte en una mala persona.
Lily se acercó despacio, con esa serenidad que siempre la caracterizaba.
—No eres mala, Ana. Solo eres humana.
Negué con la cabeza, ahogando un sollozo que se me escapaba.
—Necesito pensar, salir de aquí —murmuré. Tomé mi bata del perchero y caminé hacia la puerta. Sentía que si no respiraba aire fresco, iba a ahogarme.
Saqué mi bolsa de la gaveta del escritorio y comencé a guardar mis cosas. Sentía la mirada de Lily sobre mí, llena de inquietud.
—¿A dónde vas? —preguntó con ese tono suyo que siempre mezcla cariño y preocupación.
—Necesito estar sola —respondí sin mirarla—. Quiero pensar… recuperaré el día o algo. No sé. Lo siento Lily, pero así no puedo trabajar.
—Pero no traes coche.
—Me iré en taxi, no te preocupes por eso. Solo… necesito pensar.
Lily se levantó despacio y me tomó por los hombros. Nos miramos fijamente.
—Ana, te conozco. No cometas una locura —dijo con voz suave—. Arturo te quiere. Es un buen hombre para ti. No te dejes llevar por lo que puedan o no decir de ti. Tú… sólo sé feliz.
Sentí el nudo en la garganta y cómo mis ojos se humedecían.
—La sombra de Carlos siempre estará sobre mí —murmuré, bajando la mirada—. Me recuerda que traicioné una promesa que le hice. No soy una viuda porque no llegamos a casarnos, pero… faltaban unos meses. Si él no hubiera muerto, ahora estaría casada con él. ¿Te das cuenta, Lily? Otra persona en mi lugar estaría guardando luto… y yo ya compartí mi cama con otro hombre.
Ella no dijo nada. Sólo me abrazó con fuerza. Me aferré a su abrazo como si de eso dependiera mantenerme entera.
—Si quiero continuar con Arturo —continué en voz baja—, tendré que enfrentar las críticas. Las miradas. Todo lo que digan de mí. Es muy difícil, pero… ahora sólo quiero estar sola. Estaré bien.
—Prométeme que me mandarás un mensaje cuando llegues al departamento —pidió—. Yo tomaré tus pacientes de hoy para que no haya problema.
Le agradecí con el corazón apretado. Era más de lo que merecía.
Cuando llegué al departamento, me dirigí directamente a mi habitación. Me dejé caer sobre la cama y el llanto me arrasó sin resistencia. Sentía tanta culpa… Pensé que ya había superado esa etapa, que ya no me castigaría por sentir algo bonito otra vez. Pero bastó leer esa nota para que todo regresara: la vergüenza, el miedo, el remordimiento.
¿Qué pensarían mis padres, después de todo lo que soportaron por culpa de los padres de Carlos?
¿Y los de Arturo, si llegaban a leer la nota? Carlos había trabajado para ellos… ¿qué pensarían de mí?
¿Y en la clínica? Seguramente ya lo sabrían. Si se corría la voz, podría traerle problemas a Lily. Era una clínica muy exclusiva, de prestigio. No tolerarían escándalos.
Estaba… frita.
El sonido del móvil rompió mis pensamientos. Arturo.
No tenía fuerzas para escucharlo. Le escribí un mensaje:
<<Te llamo más tarde. Ahora no puedo contestar.>>
No pasaron ni dos minutos cuando su respuesta llegó:
<<Necesito hablar contigo ahora. Ya sé que en el hospital no estás.>>
¿Cómo lo supo? ¿Lily se lo habría dicho?
<<Quiero estar sola>> —escribí finalmente.
Tardó en responder. Por un momento, esperé que entendiera. Pero entonces vibró el teléfono otra vez.
<<Voy a buscarte.>>
Respiré hondo y me limpié las lágrimas. No estaba preparada para verlo. No tenía miedo de enfrentarlo. Tenía miedo de descubrir que, por mucho que lo amara, todavía no era capaz de perdonarme a mí misma.
