Capítulo 27
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Arturo Abad Rocamonte
No tenía ánimos de regresar a la oficina. La sola idea de sentarme frente a papeles y los números me resultaba insoportable en este momento. Le pedí a mi asistente que condujera hasta la casa; lo único que quería era ver a mi hija.
Pero el recuerdo de las palabras de Roberto me golpeó de nuevo: “Clara y yo siempre nos amamos”. Aquella frase se repetía como un eco punzante en mi cabeza. Entonces, ¿existía la posibilidad de que él fuera el verdadero padre de Lisa? Podía soportar la traición de mi hermano, incluso de Clara… pero no soportaría descubrir que mi hija no era mía. Eso me derrumbaría por completo. Tenía que averiguarlo cuanto antes.
Cuando llegamos, subí de inmediato a la habitación de Lisa. Mi necesidad de abrazarla era insoportable, como si solo en ella pudiera encontrar un refugio. Al entrar, la descubrí profundamente dormida, envuelta en sus sábanas como un pequeño ángel. Mi niña traviesa parecía tan inocente en ese instante que el corazón se me encogió. Me acerqué despacio y acaricié su frente con la palma de mi mano, observando cada facción, cada detalle de su rostro, rogando que realmente fuera mi hija… que nada ni nadie pudiera arrebatarme ese vínculo.
Después de unos minutos, me obligué a salir de la habitación y me dirigí a mi despacho. Saqué mi cartera del bolsillo y encontré la tarjeta que había solicitado en recepción: el contacto de la doctora Lago. Ahí estaba escrito su número personal. Tragué saliva, encendí el celular y marqué, con el pulso acelerado.
—¿Doctora Lago? —pregunté, apenas escuché su voz, mi garganta se sintió seca y mi cuerpo entero en tensión.
—Sí, dígame en qué puedo ayudarle—. Sonaba profesional, distante, sin tener idea de quién estaba al otro lado de la línea. Temí que me colgara antes de que pudiera explicarme.
—Soy Arturo Abad. —Casi podía imaginar la sorpresa en su rostro al reconocer mi nombre—. La llamo porque necesito de sus servicios.
—¿Pasó algo con Lisa? —preguntó enseguida, pero esta vez su voz sonó más fría que al inicio, como si hubiera levantado una barrera.
—No, ella está bien. —Me aclaré la garganta, la desesperación se filtraba en cada palabra—. Quiero saber cuáles son los requisitos para solicitar… una prueba de ADN urgente.
El silencio del otro lado de la línea me pareció eterno. De todos los médicos del mundo, tuve que llamar precisamente a ella… pero se veía como una buena persona. Y si realmente era como habían dicho los padres del arquitecto Alcázar, con un cheque bastaría para mantener todo en secreto.
—¿La prueba es para usted? —preguntó al fin.
—Sí, es para mí. —Ya caminaba en círculos alrededor de mi escritorio, con pasos agitados, como un animal enjaulado.
—Mmm… ahorita el laboratorio se encuentra cerrado, pero podría pasar a su casa a tomar las muestras de ADN y mañana solicitar el examen a primera hora. El resultado tarda aproximadamente dos días en estar listo.
Dos días. Me sonó a eternidad.
—Está bien. Envío por usted a mi asistente personal. En veinte minutos estará en su consultorio.
—Okey. —colgó.
Me quedé con el celular aún en la mano, temblando, como si en esa llamada hubiera puesto en juego toda mi vida.
Mi asistente, Sam, fue a buscarla. Mientras tanto, me puse de pie y caminé hasta el retrato enorme que colgaba sobre la chimenea: Clara, con esa sonrisa perfecta que durante años engañó a todos, incluso a mí. La mujer a la que juré amor y fidelidad, aunque en silencio había destrozado nuestra vida con una traición imperdonable.
Aún sabiendo lo que había hecho, mantenía su imagen allí, intacta, como si fuera un altar. La esposa ejemplar que todos creían que era. Pero ya no.
Con un esfuerzo que me arrancó un gruñido, bajé el cuadro y lo sostuve entre las manos durante unos segundos. Mis dedos recorrieron el borde del marco mientras observaba aquella sonrisa inmóvil, perfecta… la misma que durante años había confundido con amor.
—¿Todo fue mentira…? —murmuré entre dientes.
La rabia terminó por imponerse al dolor. Levanté el cuadro por encima de mi cabeza y lo lancé con todas mis fuerzas contra el suelo.
El estallido del cristal resonó por todo el despacho. Miles de fragmentos salieron despedidos en distintas direcciones, mientras el marco de madera se partía en dos con un crujido seco. El retrato quedó boca arriba, atravesado por las grietas del vidrio, deformando para siempre el rostro de Clara.
Permanecí inmóvil, respirando con dificultad. Tenía el pecho subiendo y bajando con violencia, los puños cerrados y la mandíbula tan tensa que comenzaba a dolerme. Por primera vez desde su muerte no sentía ganas de llorar.
Sentía rabia.
Con un movimiento impulsivo descargué una patada sobre los restos del marco. La fotografía terminó doblándose entre los pedazos de cristal, hasta desaparecer bajo ellos.
No quedaba nada más que guardar de ella.
Sorprendentemente, el dolor ya no era tan agudo. La herida seguía allí, sí, pero ahora solo quedaba rabia… y un sabor amargo por no haber visto la verdad antes.
Para cuando me avisaron que la doctora Lago había llegado, ya habían retirado los restos del retrato de mi despacho. Samuel abrió la puerta y la dejó pasar primero. Ella entró con paso seguro, vestida con su bata blanca, y me llamó la atención la forma en que su cabello estaba recogido, formando una especie de diadema. Era un detalle sencillo, pero que la hacía ver distinta, más… encantadora de lo que habría esperado en medio de aquella situación.
—Doctora Lago —dije al ponerme de pie. Caminé hacia ella y le extendí la mano. La suya estaba fría. No pensé que venir a mi casa pudiera ponerla nerviosa, pero ese pequeño temblor en su piel me hizo dudar.
—Buenas tardes, señor Abad —respondió. Sus ojos recorrieron el despacho con detenimiento, como si quisiera leer en cada objeto algo de mí. Yo apenas esbocé una media sonrisa.
—Siéntese en alguna silla —continuó, con voz firme—. Le tomaré la muestra del ADN.
Me giré y tomé asiento frente a mi escritorio. Ella abrió su maletín con movimientos meticulosos, sacando paquetes sellados y bolsas transparentes que fue acomodando con orden sobre la superficie. Pegó etiquetas, escribió algo en cada una, sin levantar la vista de lo que hacía. La precisión en sus manos hablaba de costumbre, de disciplina… y, de algún modo, me transmitía calma.
Se colocó frente a mí. Yo permanecí sentado, obligado a mirarla desde abajo. Abrió uno de los paquetes y sacó una especie de espátula.
—No le dolerá —dijo suavemente—. Abra la boca lo más que pueda.
Obedecí. Su voz tenía una seguridad inesperada, y mientras introducía la espátula para frotar el interior de mis mejillas, mis ojos se quedaron fijos en los suyos. Grises. Tan poco comunes que me sorprendió no haber reparado en ellos antes. Eran intensos, profundos, y aunque ella estaba concentrada en su labor, yo no podía dejar de mirarlos.
—Listo —dijo al fin, depositando la espátula en una de las bolsas—. Ahora solo falta la muestra de la otra persona. ¿Dónde está?
—Venga conmigo. Lisa está en su habitación, descansando.
Mi voz sonó más áspera de lo que pretendía. Una incomodidad me recorrió el cuerpo. Decírselo de esa manera era casi aceptar en voz alta que dudaba de mi propia hija, de mi paternidad. Era mostrarle mi parte más vulnerable, algo que nunca habría hecho con nadie… y, sin embargo, ahí estaba, dejándola entrar en un terreno que no pertenecía a nadie más.
Ella se mantuvo profesional, sin hacer preguntas. Solo asintió y me siguió en silencio por el pasillo hacia la habitación de Lisa.
