Capítulo 93
⸻⸻⸻ ♡ ⸻⸻⸻
Roberto Abad Rocamonte
La serenidad que fingí durante la conversación con el padre de Lily se desmoronó apenas vi a Arturo esperándome afuera de la habitación, con ese rostro serio que ya me anticipaba malas noticias.
—Tenemos que hablar —dijo, apenas me acerqué a él. Su tono fue seco, directo.
Lo miré con desconfianza.
—¿Qué pasa?
—El contacto de Sam en la policía me llamó. Revisaron el auto. —Se detuvo un segundo, tragando saliva—. La manguera de los frenos estaba cortada.
El estómago se me cerró de inmediato.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, los músculos de la mandíbula endureciéndose hasta doler. Cerré los puños con tanta fuerza que los nudillos me crujieron.
—¿Fue alguien o… Katherine? —solté, con la voz grave, cargada de rabia contenida.
Arturo me miró con incredulidad.
—¿De verdad crees que ella sería capaz de algo así?
Solté una carcajada amarga, sin humor, llevándome una mano al cabello.
—No la subestimes. Siempre ha estado enferma… obsesionada contigo. —Levanté la vista, mis ojos se clavaron en los suyos—. Pero esta vez no pienso tenerle piedad.
Me di media vuelta, dispuesto a salir de allí, pero sentí su mano aferrarse a mi brazo con fuerza.
—¡Espera! —me exigió—. Iré contigo. No voy a dejar que cometas una locura. Si fue Katherine, necesitamos demostrarlo. Sin pruebas no la tocarán. Sam me lo dijo, ¿me oyes?
Su tono era de advertencia, casi de súplica.
Chasqué la lengua, frustrado, porque sabía que tenía razón. No podíamos acusarla sin nada concreto… pero la conozco. Conozco esa mente retorcida, su forma de actuar cuando no consigue lo que quiere.
—Está bien —dije al fin, soltándome de su agarre con brusquedad—. Pero no pienses que voy a quedarme de brazos cruzados.
Caminar por ese pasillo me pareció interminable. La rabia me hervía por dentro, una rabia fría, peligrosa. Si algo le pasaba a Lily por culpa de esa mujer… no había fuerza en el mundo capaz de detenerme.
Arturo caminaba detrás de mí en silencio, como si también estuviera midiendo mis pasos, temiendo hasta dónde llegaría.
Al llegar al estacionamiento, abrí el auto con un movimiento rápido y me metí al volante. Arturo subió del otro lado.
Encendí el motor, el rugido del motor me sirvió de escape, como si la furia encontrara ahí su propio lenguaje. Lo sentí mirarme, como si intentara leer en mis gestos lo que pensaba hacer.
Prometí cambiar por Lily. Prometí ser un hombre distinto.
Pero primero tenía que asegurarme de que nadie volviera a amenazar su vida.
Por defenderla, por ella… sería capaz de convertirme en la fiera que tanto tiempo intenté enterrar.
Llegamos al departamento con el motor aún caliente y la rabia latiéndome en las sienes. Caminé hacia la puerta con pasos de animal herido; Arturo iba detrás, tenso, como si cada músculo intentara detenerme.
Antes de que Arturo alcanzara a tocar el timbre, la puerta se abrió sola. Katherine apareció en el umbral con una sonrisa apenas insinuada, como si hubiera estado esperándonos.
Mi mano encontró su cuello antes de que pudiera detenerme. La empujé contra la pared y la sostuve allí, con la mirada ardiendo y mi voz quebrada por la rabia.
—¿Qué diablos te pasa, hija de puta? —le solté, sintiendo la garganta como un tambor.
Ella empezó a toser, a forcejear con los dedos contra mi mano, los ojos muy abiertos. A su alrededor el mundo se difuminó: solo existían sus ojos humedecidos, su rostro pálido y la necesidad de arrancarle la verdad de la boca.
—¡Suéltala! —gritó Arturo, tratando de interponerse. Su voz llevaba miedo y contención a la vez—. No puedes, Roberto, suéltala ahora.
Mis dedos se cerraron por puro instinto. Sentía la furia subiéndome por la garganta, caliente y accionada. Katherine empezó a toser con más fuerza, su voz se quebró.
—No puedo… respirar… —tosió, las manos arañando mi muñeca.
Arturo empujó con más fuerza. —¡Ya, Roberto! —me demandó con esa voz que me conoce y me frena—. ¡Suéltala!
Se abrió paso y ella cayó al suelo, yacente, agarrándose el cuello con las manos. No sentí remordimiento. En ese momento no lo tuve: veía a Lily en cada gesto de aquella mujer, en cada burla, en cada mentira.
La miré desde arriba, y una calma extraña, la que siempre precede a la tormenta, me atravesó durante un instante. Entonces la ordené:
—Confiesa.
Katherine buscó a Arturo con la mano en la garganta, los ojos soltando lágrimas amargas. Su voz fue un hilo tembloroso.
—No sé de qué hablas… —farfulló, teatralizando sorpresa—. ¿Qué se supone que hice?
La miré como a un animal al que le descubres el engaño.
—No finjas. Nadie te cree. —Mi voz no era más que una amenaza.
Ella me devolvió una mirada que tuve que reconocer: había algo de locura ahí, pero también alguien que ya no daba miedo. Se irguió, como si alzara el mentón para plantarme cara.
—Yo no hice nada, Arturo —dijo dirigiéndose a él, fingiendo herida—. Mi único delito siempre fue amarte… amar al esposo de mi mejor amiga.
Arturo apretó la mandíbula hasta que la tensión le marcó el cuello.
—Entre tú y yo no hay nada y nunca lo habrá —respondió con sequedad—. ¿Qué te ha hecho esa mujer para que cambies tanto de la noche a la mañana? Es una falsa, busca tu dinero —la acusó.
Katherine se encendió en ira fingida:
—Ana me contó como la humillaste en el hospital —dijo, y la frase cayó como un golpe—. Por tu culpa la despidieron.
Mi estómago se revolvió. No había nada que detuviera la marea de odio que me inundaba. Arturo, que hasta entonces había mantenido la compostura, lo dijo claro:
—Si descubro que tuviste que ver en el accidente del auto de Ana, te juro que me encargaré de que pases mucho tiempo en la cárcel. Lo pagarás caro. —Sus palabras fueron una roca fría..
Katherine alzó la barbilla por primera vez con una seguridad repulsiva.
—Sólo si encuentran pruebas —replicó—. No encontrarán nada. Ni siquiera he salido de mi departamento; hay cámaras de seguridad que lo confirman. Si viene la policía, les doy todo. Ahora váyanse o llamaré a seguridad.
En ese instante, a punto de cruzar el umbral hacia el ascensor, me habló de espaldas, con la voz envenenada y ese rictus que me hacía hervir la sangre.
—Salúdame a tu novia, Roberto —dijo burlona—. Y entrégale esto; a la próxima piensa dos veces antes de verme la cara de tonta.
Antes de que Arturo o yo reaccionáramos, lanzó algo contra nosotros. Vi el móvil girar por el aire y caer al suelo. Lo reconocí al instante: era el viejo teléfono de Lily. Mi estómago se contrajo como si me hubieran dado un puñetazo.
Su risa chillona retumbó mientras yo descargaba la furia en la puerta con golpes sordos, ella fue más rápida y la cerró antes de que pudiera evitarlo. La madera no fue suficiente para contener mi ira; golpe tras golpe, hasta que el portazo retumbó por todo el edificio. Katherine se reía desde dentro, su carcajada era como una daga.
—Maldita bruja —grité, sin pensar.
Arturo, que se había mantenido firme hasta ese momento, me increpó tratando de poner orden.
—No le des atenciones, Roberto. Eso es exactamente lo que busca, quiere ponerte al límite.
Pero yo no estaba para razonamientos.
—El maldito eres tú —escupió Katherine con todo el veneno que le quedaba—. Clara ni siquiera te amaba; solo te usaba para que hicieras lo que ella quería, para que la ayudaras a escapar de Arturo.
Lo dijo despacio, para que cada palabra doliera..
—Si no me crees, mira tu móvil —gruñó—. Yo estaba guardando esto para un momento especial.
Saqué el móvil; mis dedos temblaban. En la pantalla aparecían capturas, audios, conversaciones los acababa de enviar: mensajes de Clara a Katherine, planes, cartas, confesiones— “vamos a huir”, “toma el dinero”, “él no se enterará” —fotos de billetes, audios donde Clara hablaba de manipularnos, de hacerme creer una versión que me alejara de Arturo y me mantuviera a mí engañado y dócil.
Arturo me arrebató el teléfono sin avisar. Sus dedos, firmes. Se lo pasó por un segundo, lo miró con ojos tan abiertos como los míos. Luego, cuando los mensajes le golpearon, su expresión cambió: incredulidad, dolor, traición. Su mandíbula tensa, la misma que yo conocía cuando el mundo le daba un golpe.
Clara. Todo lo que creí sobre ella —mi lealtad, mi luto, mis culpas— se desmoronaba sobre mis manos. Ella había diseñado mentiras para enfrentarnos, para drenarme, para escapar con una red de engaños que había tejido con esa mujer que ahora se atrevía a reír detrás de una puerta cerrada.
Sentí que alguien me arrancaba una capa de ingenuidad que había llevado como una armadura. Años de luto, de rabia dirigida a Arturo porque pensé que él era el culpable de su muerte… y todo era mentira. Me apretaba los puños hasta hacerme daño en las palmas.
—¿Eso… eso es cierto? —pregunté con voz rota, sin poder creer que fuera real.
Arturo asintió despacio. No dijo nada más. No hacía falta. La traición hablaba por sí misma.
Katherine, desde dentro, siguió provocando. Pero ahora, después de ver esos mensajes, después de sentir el agujero que me abrían en el pecho, su voz me sonó hueca. Ya no sentía rabia. Solo un vacío inmenso; sólo una sed de justicia que me quemaba las entrañas.
—¡Escúchame bien, maldita bruja! —gruñí, vociferé, mortal—. Que la policía haga su trabajo. Y si tocas a Lily, si tocas a una sola persona de las que me importan, te juro que no habrá cárcel que te salve. Yo mismo te apagaré hasta que des el último respiro.
La puerta permaneció cerrada. Sus risas se apagaron. El silencio que siguió fue pesado, como la promesa de guerra que acabábamos de sellar entre nosotros.
Al subir al auto, la furia seguía latiéndome en las venas.
