Capítulo 28
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Cuando entramos, Lisa ya estaba despierta. Su rostro se iluminó apenas reconoció a la doctora.
—¡Ana! ¡Viniste a visitarme! —exclamó, alzando los brazos en un gesto ansioso de pedir un abrazo. No podía levantarse por el pie inmovilizado, pero su entusiasmo llenaba la habitación.
Ana pasó a mi lado, sin dudarlo, hasta llegar a mi hija. Se inclinó para abrazarla, y la sonrisa de Lisa brilló con una pureza que me desarmó. Nunca la había visto tan feliz. Por primera vez, empecé a pensar que ese deseo suyo de tenerla como madrastra no era un simple capricho infantil.
Reconocía, aunque me costara admitirlo, que Ana era una mujer hermosa. Desde el tono grisáceo de su mirada hasta la delicadeza de su sonrisa, pasando por la figura esbelta y la serenidad con la que se movía, no había duda de que muchos hombres se sentirían atraídos por ella.
—¡Hola, Lisy! —dijo, modulando su voz a una ternura especial—. Vine a visitarte y a realizarte un pequeño examen. Es algo muy sencillo, solo una muestra de saliva en tu boquita. ¿Me dejarás, verdad?
Lisa asintió con un entusiasmo radiante. Ana me miró de reojo, y yo respondí con una sonrisa cómplice. Mi hija no tenía por qué saber la verdad. Era demasiado pequeña para cargar con eso.
Ana procedió con la misma delicadeza con la que lo había hecho conmigo. Abrió el paquete estéril, preparó la espátula y acercó la bolsa etiquetada. Lisa hizo una mueca de desagrado, pero permaneció quieta hasta que terminó.
—Eso es, eres muy valiente. Por eso te traje un regalo, algo que a mis sobrinos les encanta —dijo, sacando un chocolate del bolsillo de su bata.
Lisa lo tomó con las dos manos y mostró todos sus dientes en una sonrisa que me apretó el corazón. Había en esa escena algo tan enternecedor que por un instante imaginé lo imposible: Clara, viéndolas juntas. Pero Clara ya no estaba… y quizá, aunque doliera aceptarlo, eso me facilitaba muchas cosas con mi hija. Si hubiera decidido abandonarme en su momento, yo habría luchado con todo para no dejarla irse con Lisa.
Mi hija comenzó a platicar sin detenerse: de sus juguetes, de la escuela, de su fiesta de cumpleaños. No quise interrumpir ese momento, así que me retiré discretamente de la habitación y bajé al recibidor. Samuel ya aguardaba allí, listo para llevar de regreso a la doctora.
Al cabo de unos minutos, la vi descender las escaleras. Caminó hacia mí con la misma compostura de siempre, hasta quedar frente a mí.
—Lo espero en dos días en mi consultorio para entregarle los resultados —dijo con formalidad.
Asentí, y extendí un cheque hacia su mano.
—Sus honorarios. Espero su total discreción en este asunto.
La sorpresa cruzó fugazmente sus ojos al ver la cantidad escrita. Me sostuvo la mirada y, con un gesto firme, deslizó el cheque de nuevo en el bolsillo de mi saco, a la altura de mi pecho. Ese simple acto me desconcertó.
Su mirada no era de juicio, sino de compasión.
—No es necesario —dijo con suavidad—. Me conformo con que liquide el precio de consulta a domicilio.
Sonrió. Y, sin proponérmelo, hice lo mismo. Algo en su gesto me desarmó. Había esperado otra reacción, que aceptara sin dudar, como la mayoría lo habría hecho. Pero ella no. No le interesaba el dinero. Y esa certeza me dejó más inquieto de lo que hubiera querido.
Escuché a Sam carraspear detrás de mí.
—Señor… —los dos volteamos hacia él—, tengo que mencionarle que la señorita tampoco ha cobrado el cheque que le envió hace semanas.
Giré lentamente hacia Ana, entrecerrando los ojos. La incomodidad se reflejó en su rostro apenas por un segundo, suficiente para que desviara la mirada.
—¿Por qué no lo hizo? —pregunté con genuina intriga. Era una buena suma de dinero, y según lo que me había dicho Roberto, ella lo necesitaba. Sus suegros le habían quitado el departamento, las cuentas de ahorro… prácticamente la habían dejado en la calle. No comprendía.
Sus mejillas se sonrojaron.
—Bueno, yo… no lo cobré porque usted dijo que ya había llegado a un acuerdo con mis suegros. Entonces pensé que su hermano había enviado ese cheque al verme en el estado deplorable en el que me encontraba aquella vez. —Se le quebró apenas la voz—. No necesito la lástima de nadie, señor Abad.
Sus ojos se cristalizaron y sus labios se apretaron con fuerza mientras desviaba la mirada, como si intentara contener lo que llevaba dentro.
Me quedé en silencio unos segundos, observándola. La mujer que tenía delante no era la que me habían descrito. Ni de cerca. Entonces, con voz más baja, formulé la pregunta que me carcomía.
—¿Por qué la odian tanto los padres del arquitecto Alcázar?
Ellos me habían asegurado que Ana era una arribista, una mujer interesada, alguien capaz de aprovecharse de cualquiera con tal de trepar. Pero nada en ella, nada de lo que había visto hasta ahora, encajaba con esa imagen.
Ana tensó la espalda, como si se protegiera de un golpe invisible.
—Me odian porque Carlos dejó a su prometida, con quien iba a casarse, por mí —su voz bajó, cargada de vergüenza—. Él y yo nos conocimos cuando yo aún estudiaba. Trabajaba en un bar cerca de la zona universitaria de Monterrey, era mesera y con ese dinero pagaba mi carrera. Creo que fue amor a primera vista… Carlos comenzó a frecuentar el lugar. Yo no sabía que estaba comprometido hasta que me lo confesó.
Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—Después de eso pasaron muchas cosas. El asunto es que él y yo nos amábamos. Nos fuimos a vivir juntos prácticamente sin tener nada. Él salió de su casa sin trabajo, sin un techo, y aun así supimos salir adelante. —Su voz se quebró del todo.
Me arrepentí en ese instante de haber preguntado.
—Lo siento… —murmuró, recomponiéndose con esfuerzo—. Lo espero en el consultorio para los resultados. Adiós, señor Abad.
Se giró con premura y caminó hacia la salida. Samuel abrió la puerta, y yo la seguí con la mirada, haciéndole una leve seña a mi asistente para que la acompañara.
La doctora Ana Lago había removido algo en mi interior. Algo que no esperaba. La culpa comenzó a pesar en mis hombros. Yo no era culpable del accidente de la plaza Antara… y ella debía saberlo.
