Capítulo 97

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Ana Paula Lago

El taxi se detuvo frente a la antigua construcción. Bajé despacio, sintiendo cómo el aire me golpeaba el rostro. Me abracé a mí misma, apretando el móvil en mi mano, mientras mis ojos recorrían el lugar que… me había arrebatado a Carlos.

El silencio de esas paredes rotas me oprimió el pecho.

Un nudo se formó en mi garganta.
Nostalgia. Dolor. Miedo.
Todo junto, todo de golpe.

Respiré hondo. Vine a terminar con esto… a poner un punto final. No quería seguir cargando con este vacío, ni con la sombra de Domenika persiguiéndome. Quizá… quizá si venía, por fin podríamos soltar el pasado. Quizá ella también necesitaba paz.

Eso quise creer.

Un escalofrío me recorrió la espalda al entrar. Nunca había estado en una construcción así. Cada paso que daba sonaba hueco, frío… como si el lugar respirara tristeza.

—Carlos, esto lo hago por ti… —murmuré para mí, mirando alrededor.

Nada.

Tomé mi móvil y la llamé.
Una vez.
Dos.
Sin respuesta.

El silencio se volvió tan pesado que empezó a parecerme absurdo haber venido. ¿Y si todo había sido una mala broma? ¿Una forma cruel de jugar con mi necesidad de cerrar heridas?

Estaba a punto de dar un paso atrás cuando, de pronto, una voz resonó desde lo alto, acompañada de un eco que me erizó la piel.

—¡Ana!

Levanté la vista.
Allá arriba, en lo que parecía ser un segundo piso incompleto, vi su silueta. Demasiado quieta.

—Me da mucho gusto saber que sí viniste —dijo, con un tono que no supe leer. ¿Alegría? ¿Satisfacción? ¿Triunfo?

Sentí un pinchazo de inquietud en el estómago, pero alcé la voz tratando de sonar firme.

—Ya estoy aquí, Domenika, podemos hablar.

Mi eco volvió a mí, deformado. Y entonces… escuché pasos.

Rápidos. Urgentes.

Me giré y casi se me detuvo el corazón al ver a Arturo aparecer. Venía apresurado, casi corriendo, con el ceño fruncido y esa expresión que solo tenía cuando estaba a punto de estallar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, y su voz se sintió como un regaño que no estaba preparada para recibir.

Retrocedí un paso, torpemente, sintiendo cómo la culpa me subía por la garganta.

—Lo… lo siento —balbuceé, intentando tomar aire—. Domenika me llamó. Quiere arreglar las cosas entre nosotras. Tenía que hacerlo, Arturo. Necesito cerrar este ciclo… ya me ha traído demasiadas desgracias.

Le tomé la mano. Su piel estaba caliente, tensa. Arturo tragó saliva y negó con la cabeza, como si le costara encontrar las palabras correctas.

—Ella no quiere arreglar nada —dijo al fin, con la voz quebrada entre furia y preocupación—. Roberto me dijo que fue ella quien provocó el accidente de tu auto. ¡Ana… te quiere muerta!

Sentí que algo dentro de mí se rompía al instante.
Como si mi corazón hubiera caído al vacío.

Mis ojos, sin que yo pudiera evitarlo, buscaron la figura de Domenika allá arriba.

Y ahí estaba ella.
Inmóvil.
Mirándonos con una expresión fría… tan fría que me heló la sangre.

El eco de la voz de Domenika retumbó por toda la estructura como un golpe seco directo al corazón.

—Te dije que vinieras sola, Ana —gruñó desde lo alto, con un tono que me hizo sentir… estúpida. Ingenua. Una completa idiota por haber creído en su arrepentimiento.

Apreté los dientes con fuerza, sintiendo mis mejillas arder de rabia y terror.
¿Cómo pude caer tan bajo? ¿Cómo pude confiar, aunque fuera un poco?

Sentí la mano de Arturo tomar la mía con firmeza. Su mano era firme, cálida, segura.
Me aferré a él como si fuera el único pedazo de realidad en ese infierno.

Arturo levantó la mirada hacia Domenika, su rostro endurecido, la mandíbula tensa.

—¿Qué es lo que quiere de Ana? —escupió con voz grave—. Si de verdad quisiera limar asperezas, estaría aquí… y no allá arriba, escondida como una cobarde.

El pecho me latía tan fuerte que casi me dolía.
Pero Domenika… Domenika solo sonrió.

Esa sonrisa.

Fría. Torcida. Enferma.

—Tienes razón, Arturo —respondió con una calma que me heló la sangre—. Hay una frase que dice que una madre haría cualquier cosa por un hijo… y yo haré una última cosa por Carlos.
Su mirada se clavó en mí como un puñal.
—Me desharé de la escoria que nunca debió haber conocido.

Mis piernas temblaron.
Me llevé la mano al pecho como si eso pudiera protegerme del odio que me estaba lanzando.

Y entonces la vi.
Entonces metió la mano en el bolso.

Un arma.
Un arma apuntando directamente hacia nosotros.

—No… —exhalé apenas, sintiendo cómo el agarre de Arturo se volvía aún más firme. Su cuerpo se tensó por completo, adoptando una postura que solo había visto en hombres dispuestos a morir peleando.

—Domenika, no hagas una locura —supliqué, mi voz temblorosa, quebrada.

Pero Arturo ya había tomado una decisión.

—Vámonos de aquí —ordenó con firmeza, jalándome del brazo.

Di un paso, pero un disparo al aire me perforó los oídos y el alma al mismo tiempo.

—¡No se muevan! —rugió Domenika, su voz llena de un odio que parecía no tener fondo.

Mis manos empezaron a sudar, mi respiración se cortó.

—Esto era solo contra ti, zorra —escupió—. Pero quizá sea un castigo mejor si primero ves cómo acabo… con tu nuevo novio.

—No… no… —murmuré, negando con la cabeza.
¿Esto era real? ¿De verdad estaba viviendo esto?

Arturo se adelantó un paso, poniéndose frente a mí como un escudo humano.

—Con mi familia nadie se mete —le gruñó.

Domenika apuntó.
Apuntó directo a él.

Y disparó.

El estruendo retumbó entre las columnas.

Durante una fracción de segundo nadie se movió.

Entonces Arturo dio un paso atrás, llevándose la mano al brazo.

La sangre comenzó a extenderse sobre su camisa.

—¡NOOOOOO!

El grito salió de lo más profundo de mi pecho, desgarrando todo lo que había dentro de mí.

Arturo soltó un gruñido gutural, un sonido que jamás voy a olvidar. Lo vi llevarse la mano justo debajo del hombro; la sangre comenzó a teñir su camisa.

Una bala.
Una bala que debía haberme dado a mí.

Todo pasó en un segundo, un parpadeo, un temblor del alma.

—Arturo… Arturo… —supliqué desesperada, queriendo sostenerlo, queriendo detener la sangre con mis manos temblorosas.

Pero otro grito me arrancó la atención.

Desde lo alto, donde estaba Domenika.

Escuché un grito de sorpresa mezclado con rabia.

Roberto apareció entre las sombras como un animal furioso, lanzándose contra ella. Forcejeaban, ambos luchando por el arma. La silueta de ambos se movía de un lado a otro, peligrosa y mortal.

El corazón me latía tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.

Todo era caos.
Dolor.
Sangre.
Miedo.

Y yo, en medio de ello, sintiendo que mi mundo se estaba rompiendo justo frente a mis ojos.

El corazón me golpeó en el pecho tan fuerte que sentí que las costillas se me iban a romper.

Roberto y Domenika forcejeaban sobre esa franja angosta de cemento, una estructura vieja, resquebrajada… demasiado estrecha. Mis piernas se aflojaron al imaginar el vacío bajo ellos. Al menos cuatro metros de altura. Si alguno caía…

Dios mío… —susurré, sintiendo cómo la garganta se me cierra de puro terror.

Arturo apretó mi mano con fuerza, jadeando por el dolor de su brazo herido.

—Ana, no te acerques —me dijo con esa autoridad que me atravesaba, pero su voz sonaba más tirante, más áspera. Estaba sufriendo. Y yo… yo estaba a punto de perder el control.

Miré arriba. Roberto intentó arrancarle el arma a Domenika, pero la mujer se movió con una desesperación frenética, como si la locura le hubiera devorado lo poco que le quedaba de cordura. El metal del arma brillaba, chocando contra las manos de ambos.

Roberto estaba concentrado, los dientes apretados, esa mirada oscura y acalorada que siempre ha dado miedo… ahora al cien por ciento.

El piso crujió.
Dios… no… no…

Tragué saliva con fuerza, sintiendo el sabor metálico del miedo subiéndome por el esófago.

—Si se caen… —murmuré en un hilo de voz— Arturo… es demasiada la altura.

No terminé. No podía.

El rostro de Arturo se transformó en un rictus de determinación. Sabía que quería subir. Sabía que estaba calculando cómo hacerlo… pero su brazo estaba sangrando. Esa bala… 

Me aferré a él.

—No te muevas, por favor… no te arriesgues tú también, siento haberlos metido en esto, lo siento… no quería… —le supliqué, sintiendo el temblor en mis manos. Al borde de las lágrimas. 

Arriba, un grito ahogado de Roberto me golpeó el alma. Domenika lo empujó y él se tambaleó… se tambaleó.

—¡ROBERTO! —mi grito se quebró al verlo perder ligeramente el equilibrio.

El mundo se convirtió en un zumbido. Mi piel se enfrió. Sentí cómo las piernas me fallaban, pero Arturo me sostuvo con el brazo sano, pegándome a su pecho.

—Tranquila, tranquila… no es tu culpa… —murmuró con la mandíbula rígida— Roberto no se caerá tan fácil.

Domenika disparó, pero no le atinó, casi siento que me desmayaba.

La bota de Roberto tropezó con el borde de la estructura. Mi corazón se detuvo de nuevo. Domenika aprovechó y volvió a levantar el arma, usando el cuerpo de Roberto como muro para estabilizarse.

No… por favor, no… —susurré, sin aire.

Roberto logró sujetarla de la muñeca con una fuerza bruta . Su voz retumbó con un rugido grave:

—¡SUÉLTALA! O de aquí solo saldrá uno con vida y seré yo —Roberto gruñó.

La estructura vibró bajo el peso de ambos.

El arma se disparó de nuevo hacia algún punto del techo, el eco resonó haciendo caer polvo y piedras alrededor. Yo me cubrí la cabeza, temblorosa, mientras Arturo me protegió empujándome hacia un pilar. 

Cuando levanté la vista… los dos seguían forcejeando.

Estaban demasiado cerca del borde.

Demasiado.

Mi corazón se rompe en un solo latido.

—No puedo… —susurré ahogada— No puedo ver cómo alguien más muere aquí… no otra vez… no…

Mis ojos se llenaron de lágrimas, calientes y violentas. Arturo apretó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo.

—Ana, mírame… Roberto va a salir de esta. Uno de los dos va a terminar en el suelo, sí… pero no será él. Te lo juro.

Quería creerle.
Necesitaba creerle.

Por Lily.

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