Capítulo 41

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Roberto Abad Rocamonte

Estaba decidido a ir detrás de Lilian cuando la vi caminar hacia la salida del restaurante; su figura se recortaba contra la luz cálida de la puerta y, por un instante, todo lo demás se volvió ruido de fondo. Era mi momento perfecto para entrar en acción y demostrarle que yo era mucho más hombre que su novio insípido. Caminé entre las mesas con paso medido, notando cómo algunas miradas se pegaban a mi espalda; no me importaba. Solo tenía ojos para ella.

Pero justo cuando crucé el umbral de la entrada, una mano me jaló con fuerza haciéndome girar. El agarre era firme, demasiado familiar.

—Ahora, ¿qué quieres Katherine? —solté, tenía prisa, necesitaba buscar a Lilian, miré hacia la calle, pude vislumbrarla a lo lejos; caminaba por la acera, pronto saldría de mi campo de visión, alcé la barbilla para ver que dirección tomaba.

Katherine se plantó frente a mí como una pequeña tempestad con la mirada encendida.

—Quieres decirme por qué la tal Ana no está haciendo ridiculeces como el tipo ese que estaba bailando arriba de la mesa donde estaban ellos.

La miré con desprecio, esa mezcla de aburrimiento y peligro que me nacía con ella. Por supuesto que no le daría la copa a Ana; ella me agradaba mucho más como cuñada que la víbora que ahora tenía delante. Lisa merecía una madre que la amará de verdad, no una madrastra que la desechara a la primera oportunidad.

—Tal vez el mesero se equivocó y entendió mal mis instrucciones… —solté con cinismo.

Katherine no tragó la explicación. Se llevó las manos a la cintura y me clavó la mirada con la suficiencia de quien cree tener siempre la última palabra.

—A mí no me engañas Roberto, vi como mirabas a la amiga de la mustia esa, ¿te gusta verdad? —sus palabras eran ácido y quedaron flotando en el aire como un reto— así que eso es, entonces ordenaste que le dieran la copa al novio para que terminará con ella —aplaudió con efusividad— ¡Bravo! Un plan digno de ti, y una más de tus maldades a la lista, ¿Qué pensaría la doctora si lo llegará a saber? Que drogaste a su novio para que hiciera el ridículo frente a todos…

La rabia me subió en oleadas, caliente y controlada. Con una de mis manos tomé a Katherine por el cuello, apenas lo suficiente para que sintiera mi fuerza, para recordarle quién podía partirle la vida en dos.

—No te atrevas o me vas a conocer de verdad, hasta ahora te he tolerado pero no vas a quererme tener de enemigo, te lo advierto, no te metas con ella.

Katherine alzó las manos en gesto de rendición, esos dedos que antes se habían pegado a mi cuello ahora temblaban ligeramente. La solté, pero no lo hice con indulgencia; fue un gesto medido, como dejando que supiera que la próxima vez no habría distancia.

—A partir de ahora estás por tu cuenta, voy a hacer las cosas yo misma, así que cuídate porque si te cruzas en mi camino te hundirás con ellos.

Mi mirada se oscureció. Había decidido no retroceder nunca más.

—Si yo me hundo, te hundes conmigo, maldita víbora.

Dije la sentencia baja, casi un ronroneo en la penumbra del vestíbulo. Mientras Katherine se alejaba, clavando en mis ojos la última mirada de desafío, mi pulso seguía acelerado. No por el golpe, no por la confrontación: por la adrenalina de jugar con fuego.

Vi cómo ella se alejaba hacia el valet, haciendo una figura pequeña contra la luz ámbar del estacionamiento. Antes de que pudiera dar un paso, un empleado del restaurante se me acercó, con los ojos enrojecidos y la camisa arremangada, claramente agitado.

—Señor, el tipo ebrio que sacamos está golpeando un auto, ¿qué hacemos?

Lo miré con la frialdad de quien calcula pérdidas y ganancias en segundos. Aquél borracho estorbaba; dos días y se marcharía del país, y yo no quería que la policía montara un escándalo ni que ese idiota volviera a aparecer cerca de Lilian. Saqué la cartera sin pensarlo demasiado, el gesto automático de quien está acostumbrado a resolver problemas con billetes.

—Ten, llévatelo y déjalo por ahí, revisa su identificación y tíralo cerca de esa dirección, pero lo quiero lejos de aquí.

El empleado tragó saliva, tomó el dinero y desapareció hacia el estacionamiento con paso apresurado. 

Quise ir detrás de Lilian en ese instante, cruzar la calle y decirle algo absurdo y perfecto, como si todo pudiera arreglarse en una línea. Pero mi socio me llamó al mismo tiempo, su voz tensa por el teléfono. El incidente del novio —el numerito que acababa de armar— le costaba reputación al restaurante y eso no pude ignorarlo. Exhalé, conteniendo la impaciencia. Por más que una parte de mí ardiera por correr tras ella, también sabía que presentarme allí como un hombre que corre decisiones al azar sería un error. Lilian no necesitaba mi irrupción desesperada; necesitaba tiempo, discreción. Y yo, sobre todo, necesitaba mantener el tablero en orden.

Le di la espalda a la puerta por un segundo, observando cómo la noche tragaba su figura. Me prometí, frío y decidido, que la buscaría mañana —o el día que mejor me conviniera—, pero no como un rayo desesperado: como quien reclama lo suyo con calma, con recursos y sin ruido.

“Esto es una mierda”, pensé mientras trataba de prepararme un café. Al abrir el refrigerador me di cuenta de que no tenía ni leche. Apenas llevaba unos días quedándome en este departamento y ya estaba harto de la rutina doméstica. Necesitaba con urgencia a alguien que se encargara de estas cosas porque yo, ni de chiste, lo haría.

Entonces sonó el timbre. Gruñí para mis adentros, tomé la playera que había dejado sobre el respaldo del sofá y me la puse de un tirón. Caminé hacia la puerta, apoyando un hombro en el marco mientras miraba por el ojo de la mirilla. Cuando vi quién era, abrí la puerta de inmediato.

—¿Puedo pasar? —preguntó, y nuestras miradas se cruzaron con ese brillo incómodo que siempre nos acompañaba. Me hice a un lado y, con un gesto seco del brazo, le indiqué que entrara.

—Qué milagro verte por aquí, hermanito… —solté con sorna.

Arturo dio unos pasos dentro del departamento. Se veía impecable como siempre, con la camisa planchada y esa carpeta negra en las manos que parecía pesar toneladas.

—La operación de papá fue un éxito, ahora solo debe estar tranquilo para poder recuperarse.

Me dejé caer en el reposabrazos del sillón del living, con los brazos cruzados a la altura del pecho.

—Me alegra por el viejo… —dije sin mentir. A pesar de todo, no le deseaba la muerte. Aunque desde niños siempre prefirió a Arturo, aunque era a él a quien abrazaba, con quien hablaba, a quien sin dudarlo le entregó la dirección de la constructora por ser el primogénito.

Arturo frunció los labios antes de continuar:

—Papá ha estado insistiendo en quererte fuera de la constructora. Aquí está el contrato de separación laboral. Fírmalo y te depositaré la liquidación hasta el último centavo, conforme a la ley.

Sentí un nudo en el estómago. Me puse de pie despacio, apretando la mandíbula.

Después de años de ser relegado, ahora directamente me echaban de la empresa.

—Aunque no lo creas, intenté hablar con papá. Le dije que te necesitaba en la constructora, pero se negó.

—No me digas… —mi voz sonó cargada de veneno—. Al fin la constructora solo para ti, hermanito. Es lo que siempre quisiste, quedarte con todo.

Arturo chasqueó la lengua con un gesto de fastidio.

—Eso no es cierto, Roberto. Siempre he buscado lo mejor para los dos. Eres mi único hermano. Tú eres quien siempre quiso tener todo lo que yo tenía… incluso a mi mujer.

Mi mirada se endureció al instante. El aire se volvió pesado entre nosotros.

—A Clara no la metas en esto.

Arturo ladeó la cabeza, con los ojos cargados de un rencor que ya no intentaba ocultar.

—No estoy diciendo mentiras. Esto que te está pasando te lo ganaste a pulso, porque a la familia no se la traiciona.

Apreté los puños con tanta fuerza que sentí las uñas clavarse en mis palmas. Por dentro ardía, pero no iba a mostrarme débil frente a él. No necesitaba a mi padre ni su constructora para triunfar; tenía otros negocios, tenía dinero para volver a empezar… aunque, en el fondo, sentía cómo mi orgullo se desangraba.

—Dame esos malditos papeles.

Le arrebaté la carpeta de las manos y caminé hasta el comedor. Abrí mi maletín, saqué una pluma y estampé mi firma sin detenerme un solo segundo.

Puedes con esto y más, Roberto, me repetí. Esto no es el final.

—Ten… y lárgate.

Le dejé caer la carpeta sobre el pecho.

Arturo la sostuvo sin reaccionar de inmediato. Me observó durante unos segundos, como si quisiera decir algo. Al final solo soltó un suspiro y se marchó.

La puerta se cerró con un golpe seco.

El silencio del departamento me cayó encima como una losa.

Me quedé inmóvil, respirando despacio. Una vez. Dos veces.

Después miré la mesa de cristal del comedor.

Sin pensarlo, descargué el puño con toda la fuerza que llevaba acumulada.

¡CRASH!

El vidrio estalló bajo el impacto. El sonido del cristal resquebrajándose retumbó por todo el departamento. Las grietas se extendieron como una telaraña antes de que varios fragmentos se desprendieran y cayeran al suelo con un incesante tintineo.

Permanecí allí, inmóvil, con el pecho subiendo y bajando violentamente. El eco de mi respiración era lo único que rompía el silencio. Cerré los ojos un instante, intentando controlar la furia que seguía hirviendo dentro de mí.

—¡Maldita sea! —mascullé entre dientes.

Cuando bajé la vista, una gota roja cayó sobre los restos del cristal.

Luego otra.

Abrí lentamente la mano. Un trozo de vidrio se había incrustado en los nudillos. La sangre resbalaba por mis dedos y goteaba sobre el piso.

Solté una risa amarga, agotada.

—Estoy jodido.

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