Capítulo 75
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Ana Paula Lago
Los fuertes golpes en la puerta me sobresaltaron; estaba quedándome dormida.
Recordé el mensaje de Arturo. Me levanté con cuidado y caminé hasta la sala del departamento. El timbre sonaba una y otra vez, insistente, como si quisiera atravesar las paredes. En ese instante, mi teléfono comenzó a vibrar: era él. Pero no contesté.
—¡Anaaa! —gritó mi nombre del otro lado.
Su voz sonaba irritada, impaciente. Me acerqué despacio a la puerta, con el corazón agitado, sin saber qué esperar de él.
Cuando la abrí, me encontré con esos ojos oscuros y penetrantes que siempre lograban desarmarme. Por un instante quise lanzarme a sus brazos, dejar que me envolviera ese efecto de protección y seguridad que sólo él conseguía despertar en mí… pero me contuve.
No tuve que decidir mucho: fue él quien me tomó entre sus brazos, apretándome con fuerza.
—No vuelvas a asustarme así —me reprendió, y antes de que pudiera responder, buscó mis labios con los suyos.
Su beso fue urgente, posesivo, lleno de una mezcla de enojo y alivio. Yo me dejé llevar. Quería estar sola, sí… pero también quería que él se quedara, que me ayudara a aliviar este torbellino de pensamientos que me ahogaba.
Me empujó suavemente hacia el interior del departamento sin dejar de besarme, como si temiera que pudiera desaparecer si soltaba mi mano.
—¿Viste la nota de MMTV? —pregunté, apenas separándome, con la voz seca.
—Por eso estoy aquí —respondió con firmeza.
Me tomó de la mano y me llevó hasta el sillón. Se sentó y me atrajo hacia su regazo.
Por un momento, recordé cuando era niña y me lastimaba jugando; mi papá solía sentarme igual, contándome historias o tarareando alguna melodía hasta que el dolor se desvanecía. Me apoyé en su hombro, buscando esa misma calma que creía perdida.
—Justo ahora, Sam está entregando una advertencia escrita a los medios —dijo con voz grave—. No volverán a publicar nada sobre nosotros sin nuestra aprobación. No entiendo por qué sacaron la nota. Sí, soy un empresario conocido, pero no una figura pública. Jamás habían hecho algo así, y eso que he salido con otras mujeres después de lo de Clara. Sam ya está investigando quién fue la persona que nos delató.
Lo miré en silencio, intentando procesar sus palabras.
“Después de lo de Clara…”
Me incomodó escucharlo decirlo con tanta naturalidad. No sé si era tristeza o celos lo que sentí, pero una punzada me atravesó el pecho.
¿Quiénes habrán sido esas mujeres? ¿Eran como yo? ¿O más adecuadas para él?
Él carraspeó, como si notara el cambio en mi expresión.
—Ana, estoy casi seguro de que esto es obra de mi hermano Roberto —dijo Arturo con voz tensa—. Nunca antes los medios se habían interesado en mi vida personal.
—¿Crees que lo haya hecho solo para molestar? —pregunté incrédula—. Pero… él me prometió que no volvería a meterse en nuestras vidas. Está entusiasmado con Lily.
El gesto de Arturo se endureció, sus facciones se tensaron como si le resultara insoportable escucharme defender a su hermano.
—Tú no conoces a Roberto tanto como yo. No sabes de lo que es capaz con tal de salirse con la suya. Intenté mostrártelo, Ana, pero tú quisiste creer que había cambiado. Lo que más me preocupa es que pueda hacerle daño a Lily.
Tragué saliva, sintiendo cómo otra vez el peso de la culpa se deslizaba por mi pecho.
Lily había salido con él la noche anterior, pero no tuve oportunidad de preguntarle cómo había ido la cita. Si algo malo hubiera pasado, lo habría notado; por la mañana parecía de buen humor.
Mis lágrimas habían cesado. Si todo esto era una trampa de Roberto para fastidiar a Arturo, yo había caído de lleno. Casi rompo la relación que apenas estábamos comenzando… y todo por una nota malintencionada. Un escalofrío recorrió mi espalda al imaginar lo cerca que estuve de perderlo por mi inseguridad.
Lo abracé con fuerza, aferrándome a él, rodeándole el cuello con mis brazos.
—¡Soy una tonta! —exclamé, con voz quebrada.
—¿Por qué lo dices? Tú no eres una tonta, amor —me respondió, acariciándome la mejilla.
Negué con la cabeza.
—Me dejé llevar por lo que decía la nota. Estuve a punto de pedirte que te alejaras de mí sin pensar que todo pudo haber sido una trampa. Necesito saber si realmente fue Roberto… o alguien más.
Arturo apretó los dientes. Su mirada se desvió hacia la ventana, y en ese gesto vi decepción… y algo más, una punzada de herida.
—¿Ibas a alejarte de mí? —gruñó, la mandíbula tensa.
—Bueno, es que yo… —no alcancé a terminar.
Me tomó por la cintura, levantándome de su regazo para ponerse de pie. Su cuerpo irradiaba enojo.
Se acercó tanto que pude sentir el roce de su respiración sobre mi piel.
—Dime algo, Ana —su voz se volvió baja, cargada de rabia contenida—. Si Alcázar estuviera vivo… ¿Me dejarías por él?
Sus palabras me desconcertaron. No entendía de dónde salía ese arranque, pero la furia en su mirada me crispó los nervios.
—Carlos está muerto —le gruñí con la misma dureza.
—¿Y si no lo estuviera? Contéstame.
—Pero no lo está, Arturo —vociferé, sintiendo cómo la rabia me subía al pecho.
—Solo contesta —insistió, con voz ronca.
Me quedé en silencio. No podía mentirle. Había amado a Carlos… lo amé intensamente. Y ahora quería a Arturo, aunque de una forma distinta. Él me había devuelto la ilusión de sentir, de creer otra vez en algo parecido al amor. Pero eran dos hombres distintos, dos historias imposibles de comparar.
—Ya me has dado una respuesta —murmuró con voz amarga.
Se giró bruscamente y caminó hacia la puerta. Apreté los puños, conteniendo el impulso de ir tras él. Estaba dolida… y también furiosa.
—¡Espera! —le ordené, la voz me salió más fuerte de lo que pretendía. Estaba furiosa, y ahora él me iba a escuchar.
Arturo se detuvo, sin girarse. Avancé hacia él, cada paso cargado de la rabia que me hervía en la sangre.
—¿Por qué tomas esa actitud? —le reclamé—. Carlos está muerto —fue la primera vez que lo dije con tanta firmeza—. Te prohíbo hablar de él.
Sus ojos se entrecerraron; creo que también era la primera vez que me veía tan molesta.
—Mientras tú y yo tengamos una relación sentimental, te prohíbo mencionarlo —continué con voz firme—. Así como yo nunca te he cuestionado nada sobre Clara ni sobre las mujeres con las que estuviste antes de mí.
Lo miré directamente a los ojos.
—Ahora, si quieres, puedes irte.
—Lo siento —murmuró con visible arrepentimiento.
Su tono me desarmó al instante.
—Odio sentir celos… pero contigo no puedo evitarlo —confesó, bajando la mirada—. Te quiero, Ana. Solo me asusta pensar que nunca puedas amarme tanto como lo amaste a él.
Mi enojo se desvaneció. Caminé hasta él y lo abracé con fuerza.
—Te quiero, y eso nadie lo cambiará —susurré, tomando su rostro entre mis manos.
Nos besamos con intensidad, como si cada respiración dependiera del otro. En ese instante todo el enojo, la culpa y el miedo se fundieron en deseo, en la necesidad de reafirmarnos, de saber que estábamos ahí, los dos, a pesar de todo.
Entre caricias torpes, sus labios buscaron mi cuello, mis hombros, mis pensamientos. Yo me aferré a su camisa, sintiendo cómo la tensión se transformaba en algo más profundo, más urgente.
Caminamos hasta mi habitación, sin romper el contacto.
Antes de besarme de nuevo, Arturo me susurró contra la piel:
—Ya no puedo imaginar una vida sin ti.
—No lo hagas —le respondí con voz temblorosa.
El resto fue silencio. Solo quedamos nosotros, el latido compartido y el alivio de sabernos, al fin, del mismo lado.
