Capítulo 66

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Ana Paula Lago 

Subimos a su BMW, impecable como todo en él. El interior olía a su perfume —ese aroma amaderado con un toque cítrico que, sin querer, me aceleraba el pulso—. Ajustó el retrovisor, encendió el motor y después la radio.

Enseguida comenzó a sonar una melodía conocida: “Si tú la quieres”, de David Bisbal y Aitana. Sonreí. Era la canción que sonaba todas las mañanas en la radio mientras iba camino al trabajo.

Pero lo que realmente me sorprendió fue escucharlo tararearla, con una naturalidad que no esperaba.

Lo miré de reojo, divertida. Su voz era grave, cálida, y ver a Arturo Abad, el empresario serio y distante, cantar una canción tan romántica… era simplemente encantador.

No pude evitar sonreír.

Era extraño descubrir esa faceta suya. Arturo Abad, el hombre que siempre parecía tener el control, iba siguiendo la letra de una canción romántica con total naturalidad.

Y, por alguna razón, aquello me gustó más que cualquiera de sus trajes elegantes.

Él notó mi sonrisa, y sin dejar de mirar al frente, entrecerró los ojos y me dedicó una sonrisa tan coqueta, tan suya, que me dejó sin aliento. Tuve que girar la mirada hacia la ventana para no hacer una locura, porque juro que en ese instante morí de ganas de inclinarme sobre él y besarlo.

—¿Nunca has visto a un hombre cantar? —preguntó, con una mueca traviesa mientras mantenía la vista en la carretera.

—Sí, pero no a uno que parece un monumento de hierro y resulta tan tierno cuando canta —respondí con una voz fingidamente dulce.

Soltó una carcajada suave y movió la cabeza.
—Casi todos los días, cuando llevo a Lisa al colegio, suena esta canción en la radio. Creo que está tan de moda que me la terminé aprendiendo.

—Yo también la escucho —dije con entusiasmo.

Él arqueó una ceja.
—Entonces canta conmigo.

Me tensé un poco.
—¿Qué? No… —bajé la mirada, sonrojándome—, no canto bien.

—Vamos, Ana —insistió, sonriendo—. No puede ser tan terrible.

Respiré hondo. No quería parecer una niñita insegura frente a él. Así que cuando llegó la parte del dueto, abrí los labios y comencé a cantar, apenas por encima del volumen de la canción.

Al principio mi voz temblaba, pero después me dejé llevar.

Cuando terminé la estrofa, sentí el peso de su mirada.
—Tienes una voz hermosa —dijo en un tono ronco, con esa mezcla de calidez y deseo que me recorrió entera.

El corazón me dio un vuelco.

Antes de que pudiera responder, su mano derecha se posó mi mano izquierda que descansaba en mi pierna… y luego empezó a trazar círculos suaves con el pulgar. Mi respiración se volvió irregular; no lo miraba directamente, pero podía ver su perfil, su mandíbula tensa, la concentración en su mirada.

El aire dentro del auto cambió, se volvió espeso, cargado de algo eléctrico.

Apoyé mi mano sobre la suya, y él la entrelazó con firmeza, sin dejar de conducir. Nuestras manos encajaron con naturalidad, como si se conocieran desde siempre.

Durante unos segundos, el mundo pareció detenerse.

Cuando finalmente retiró su mano para volver al volante, sentí un pequeño vacío en el pecho.

—¿A dónde vamos? —pregunté, intentando disimular la emoción en mi voz mientras observaba por la ventana. El paisaje urbano de San Pedro quedaba atrás, y tomábamos rumbo hacia Monterrey.

Él me lanzó una mirada fugaz, ladeando una sonrisa cargada de sensualidad.
—A Fundidora. ¿Has comido en el restaurante del horno 3?

—¿En El Lingote? —pregunté, sorprendida.

—Exacto. —Su tono tenía esa seguridad elegante que lo caracterizaba.

—Me encanta ese lugar —respondí sin ocultar el entusiasmo.

Al llegar, estacionó el coche y, antes de bajar, se giró hacia mí.
—Déjame hacerlo —dijo, saliendo primero y rodeando el auto para abrirme la puerta.

Me sonrojé un poco al tomar su mano para salir.
—Gracias —murmuré.

—De nada… —sus dedos rozaron los míos, como si no quisiera soltarme aún.

Caminamos hacia la entrada del parque, de la mano. El sol de mediodía bañaba los árboles, y el aire olía a tierra húmeda y metal caliente, a vida.

—De niña solía venir aquí —le conté mientras avanzábamos despacio—. Mi padre nos traía a mi hermana y a mí los domingos, paseábamos en bici y después veníamos a comer cerca del canal. Era nuestro ritual familiar.

Arturo me miraba mientras hablaba, con atención genuina, como si cada palabra que saliera de mis labios le importara.

—Me gusta escucharte —dijo finalmente—. Tienes esa manera de hablar que hace que todo suene más bonito.

Me reí, bajando la mirada.
—Eres un encantador profesional.

—Solo contigo —replicó con voz baja, casi un susurro. 

Sonreí de felicidad sin poder evitarlo, estaba emocionada, enamorada…

—¿Tus padres aún viven… los dos? —me preguntó Arturo mientras caminábamos por el sendero del parque.

—Sí —respondí con una sonrisa suave—. Mi padre siempre ha tenido una pequeña refaccionaria y mi mamá se dedica al hogar. Los dos apenas pasan los cincuenta.

Él asintió, aunque pude notar cómo algo se endurecía en su rostro.

—¿Tú conservas recuerdos como esos de tu infancia? —quise saber, observando cómo la luz del atardecer delineaba su perfil.

Su mandíbula se tensó. Soltó mi mano, pero en su lugar me tomó por la cintura, acercándome con delicadeza mientras caminábamos despacio.

—No demasiados —confesó, bajando la voz—. Cuando vienes de una familia tan competitiva, los buenos recuerdos se vuelven escasos. Mi padre le quitó la empresa a sus hermanos y cambió el nombre de la constructora. Antes se llamaba Grupo Monterrey, pero después de casarse con mi madre decidió renombrarla Grupo Rocamonte. Roberto y yo crecimos viendo conflictos, rivalidades… y aunque mis padres intentaron mantenernos unidos, hay heridas que nunca sanan.

Su voz arrastraba una melancolía que me apretó el pecho. Me detuve y giré hacia él. Quedamos frente a frente. Lo miré a los ojos, y en ellos vi un brillo distinto, una mezcla de cansancio, orgullo y algo de dolor contenido.

—Lo siento —murmuré, y relamí mis labios antes de atreverme a continuar—. Arturo… hay algo que tengo que decirte.

Él frunció el ceño, expectante.

—He estado yendo a terapia junto a Roberto —admití, bajando la voz—.  Está intentando cambiar. Me prometió que no volverá a meterse contigo.

Su rostro se endureció de inmediato; por un momento temí que se enfadara.

—¿Qué estás diciendo? —su tono sonó más dolido que molesto—. ¿Has estado viendo a Roberto todo este tiempo?

Asentí con la espalda recta, aunque por dentro sentía que el corazón me martillaba el pecho.

—Sí. Fue mi condición para que pudiera acercarse a Lily. Creo que… él se ha enamorado de ella, aunque no lo diga. Y sé que ha cambiado, lo noto. Está intentando dejar atrás el pasado.

Arturo soltó un suspiro profundo, cargado de incredulidad.

—Ana… le tienes demasiada fe a mi hermano. Ojalá no te decepcione. No lo conoces como yo.

Esbocé una sonrisa triste y levanté la mano para acariciarle la mejilla. Su piel estaba tibia, y al contacto se relajó un poco.

—Pensé que te enojarías conmigo —confesé.

Él me rodeó la cintura con firmeza y me atrajo hacia su pecho. Pude oír el ritmo pausado de su respiración, el leve roce de su barba contra mi frente.

—Prométeme que tendrás cuidado con él —susurró con una seriedad que me estremeció—. Roberto es el hombre más traicionero que conozco. Siempre ha sabido esconder muy bien lo que siente. Cuando toma una decisión, es capaz de hacer cualquier cosa para conseguirla. Eso es lo que me preocupa.

No quise discutir. Esa batalla no era mía.

—Está bien —respondí, dejando escapar una sonrisa conciliadora—. Solo le daremos el beneficio de la duda… por Lily.

Él soltó una breve risa y me acomodó un mechón de cabello que el viento había despeinado.

—Eres demasiado buena, Ana. La mujer más buena que he conocido. Y la más hermosa —añadió con un tono tan sincero que sentí un calor intenso subir hasta mis mejillas.

Bajé la mirada, mordiéndome el labio para contener la sonrisa.

—Háblame de ti —pedí con suavidad—. Quiero conocerte más… lo que te gusta, lo que no.

Arturo me miró en silencio unos segundos, como si buscara las palabras adecuadas.

—Cuando mi padre aún dirigía la constructora, me encantaba acompañarlo a los proyectos. Me fascinaba ver cómo los edificios se levantaban desde el suelo, cómo algo que solo existía en un plano cobraba vida —su voz se volvió más cálida, más íntima—. La arquitectura y el dibujo fueron mi refugio cuando Clara murió. Hasta que te conocí.

Mi respiración se detuvo por un instante. Había algo en la forma en que me miraba, una ternura contenida, una necesidad de hablar sin palabras.
Sus labios buscaron los míos, y el beso que compartimos fue lento, profundo… de esos que te hacen cerrar los ojos para no romper la magia.

Tomé una de sus manos y lo guié hasta la sombra de un árbol cercano. Nos sentamos sobre el pasto, todavía con los dedos entrelazados.

—¿La amabas mucho? —pregunté en voz baja.

Desvió la mirada. Su rostro se ensombreció por unos segundos antes de responder.

—Fue el primer amor de mi vida —dijo con una honestidad que me desarmó—. La conocí después de terminar la universidad. Nos casamos, tuvimos a Lisa… pero me traicionó. Iba a dejarme, a llevarse a nuestra hija. Y sé que suena cruel, pero a veces pienso que su accidente fue un golpe del destino. Me odio por sentirlo así, pero es la verdad.

Apreté su mano, mirándolo a los ojos.

—No te castigues, Arturo. Has sido un excelente padre. Y Lisa lo sabe, aunque no te lo diga todo el tiempo.

Él asintió, con una sonrisa cansada.

—Hago lo mejor que puedo.

Lo observé en silencio, recordando aquel día en el colegio, cómo había abrazado a su hija con tanto amor. No todos los hombres eran así. Había algo en él que iba más allá de su seriedad o de su porte imponente: era un hombre que amaba, que cuidaba, que protegía con el alma.

Caminamos tomados de la mano hasta el restaurante donde comeríamos. Él pidió un corte de carne con verduras al vapor; yo, una ensalada de higos con frutos secos. Ambos elegimos vino.
Parecía una cita romántica, aunque fuera pleno día. La vista desde el balcón era preciosa: el canal del paseo Santa Lucía se extendía bajo nosotros como una cinta azul que reflejaba el cielo. A lo lejos, las familias paseaban en pequeñas lanchas y el sonido del agua se mezclaba con las risas de los niños.

Era increíble cómo habían convertido una antigua fundición de metal en un sitio tan lleno de vida. 

Tal vez las personas también podían hacer lo mismo. Transformar un lugar lleno de heridas en algo hermoso.

Dentro del horno chimenea donde estaba el restaurante, una canastilla subía a más de setenta metros de altura. Arturo me tomó de la cintura y juntos subimos hasta lo alto. Desde allí, el cerro de la Silla se alzaba majestuoso frente a nosotros.

—Es hermoso —susurré.
Él me miró, y no sé si hablaba del paisaje o de mí cuando dijo:
—Sí. Lo es.

Su abrazo fue cálido, fuerte… y cuando me besó, una, dos, varias veces, sentí que algo en mí volvía a encenderse. A su lado, era yo otra vez.

Saqué el celular y lo apunté hacia nosotros.
—Quiero una foto —dije, fingiendo seriedad.
Reímos mientras posaba en la barandilla del mirador. Luego él me tomó algunas y terminamos haciéndonos varias selfies. Se las envié de inmediato mientras el encargado del elevador nos hacía descender.

Caminamos un rato más, hasta que el sol comenzó a esconderse entre los edificios. La tarde se tiñó de naranja y todo parecía perfecto. Subimos al auto, y durante el trayecto de regreso, sentí esa calma extraña que se tiene cuando algo bueno está a punto de pasar.

En el edificio, el elevador nos llevó hasta mi piso. Reímos, rozándonos las manos, y por un momento me olvidé de todo lo demás.
Cuando llegamos frente a mi departamento, lo invité a pasar.

Los nervios me recorrieron de pies a cabeza. Estar cerca de Arturo era como jugar con fuego… y aún así, quería quemarme.
Me dolían los pies, así que tomé su mano y lo guié hasta el sillón largo de la sala. Pero bastó con sentarnos para que él se inclinara hacia mí, hundiendo su rostro en mi cuello. Su respiración tibia rozó mi piel, y cerré los ojos, perdiéndome en la sensación de sus labios.

Mi corazón se aceleró cuando me atrajo de la cintura, con esa fuerza suave que me hacía sentir protegida y al mismo tiempo vulnerable. En un movimiento, me alzó hasta dejarme sobre su regazo, frente a él. Nuestras miradas se encontraron, y supe lo que vendría.

Por un instante dudé, pero la duda duró menos que un suspiro. Lo deseaba tanto como él a mí.
Acerqué mi rostro y lo besé. 

—Ana…

Su voz salió ronca.

—Si me quedo un minuto más besándote aquí… voy a terminar olvidándome de que estamos en la sala.

Sentí que el calor me subía hasta las mejillas.

Sonreí.

—Mi habitación está al fondo…

Él me observó unos segundos.

—¿Estás segura?

Asentí despacio.

—Nunca he estado tan segura de algo.

Sus brazos me rodearon con facilidad y me levantó del sofá. Solté una risa nerviosa mientras, por instinto, rodeaba su cintura con las piernas y me aferraba a su cuello.

No había prisa en sus movimientos. Caminaba despacio, mirándome como si todavía quisiera asegurarse de que aquello no era un sueño.

Mi habitación estaba a pocos metros, pero el trayecto se sintió eterno.

Mi corazón latía con tanta fuerza que estaba convencida de que él podía escucharlo.

Comprendí que ya no quería seguir huyendo.

Si la vida me había regalado una segunda oportunidad para amar, esta vez pensaba abrazarla con las dos manos.

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